domingo, 27 de abril de 2014

Tres novelas extrañas

Lo de "tres novelas extrañas" iba a ser sólo un título de trabajo, pero al final me parece que resume perfectamente el espíritu de esta entrada. Voy a hablaros (si os apetece) de tres novelas cortas escritas en la primera mitad del siglo XX pero que escapan a convencionalismos y mezclan de forma extravagante clasicismo y modernidad. Coinciden además por poseer una fuerte carga sexual subyacente que no llega a eclosionar. Voy a comentarlas en mi orden de lectura, puramente accidental.


Relato Soñado (Arthur Schnitzler, 1925). Es quizá el más famoso de los tres por haber servido de inspiración a Eyes Wide Shut, la última película que dirigió Stanley Kubrick. De hecho me sorprendió descubrir que el film seguía, más o menos, los hechos narrados en el libro, aunque obviamente aquí se presentan de forma mucho menos explícita. Pese a todo, es un texto osado para su época, que incide en un análisis psicológico de la pulsión sexual en la mejor tradición freudiana (cualquier biografía sobre Schnitzler que leáis os mencionará su amistad con Freud).

Por si no habéis visto la peli, la trama sigue las frustrantes experiencias de un acomodado médico que descubre, para su propio asombro, los excesos y pasiones que se esconden bajo la aparente decencia de la sociedad vienesa de principios de siglo, orgías de enmascarados incluidas. Todo ello en un tono más psicológico que carnal, no creáis: baste que os diga que el protagonista no llega a "mojar" en toda la novela.

Es un libro intrigante, que no narra una trama al uso sino que realmente gira alrededor de los problemas de un matrimonio cuyos miembros se quieren, pero se sienten constreñidos por la necesidad de ser fieles al otro. En torno a ese eje aparecen las famosas escenas inconexas de depravación extrema pero puntual, que no llegan a influir realmente en sus vidas ni en su carácter. Pese a su relativa fama, esta breve novela es difícil de encontrar en castellano; yo tengo la edición de El Acantilado de 1999, editorial que ha publicado más obras del mismo autor.


Valérie y la semana de los prodigios (Vítêzslav Nezval, 1945). Que la fecha no os llame a engaño, esta breve novela, publicada en castellano en 2012 por El olivo azul, es la más arcaizante de todas las que os traigo. De hecho su creador la consideraba una novela gótica, y no sin buenos motivos, aunque más preciso resultaría decir gótico mezclado con surrealismo. También sirvió de base a una película, en este caso checoslovaca como su autor, conocida normalmente por estos lares como Valerie y la semana de los milagros.

Valerie, la protagonista, es una muchacha al borde de la pubertad que vive con su abuela en el caserón de un pueblo. Descubre entonces las incursiones nocturnas de un repulsivo anciano y su joven y apuesto criado. A partir de ese momento su vida y la propia realidad se verán inevitablemente alteradas. Y no os imagináis hasta qué punto.

Valérie es una narración absurda que resulta demasiado mutable para una mente clásica como la del que escribe estas palabras. De un capítulo al siguiente, los personajes malos se vuelven buenos, los buenos malos y las motivaciones que se nos habían dado para cada uno de ellos se revelan una farsa. Para, por supuesto, volver a cambiar al siguiente capítulo, y así hasta el retruécano final. El comienzo es prometedor y la escritura ágil, pero tantas mutaciones irreales hacen que no me importe lo que se haga de los personajes, porque de todos modos en unas pocas páginas volverá a modificarse.

Como decía, para ser una obra de finales de la 2ªGM y planteada ya desde los años 30, parece extremadamente timorata. O quizá esté siendo injusto, porque situaciones sexuales escandalosas hay muchas, pero todas parecen tan irreales como el resto del libro, como si ni siquiera sus protagonistas se las tomasen en serio. En cualquier caso, si os gusta el surrealismo y las obras fuertemente simbólicas, puedo recomendárosla sin excesivo remordimiento.


Mine-Haha (Frank Wedekind, 1903). La última novela corta de la que hablaremos hoy no ha sido siquiera traducida al castellano (que yo sepa), así que he tenido que leerla en la edición inglesa de Hesperus Press de 2003, que se precia de ser además la primera en esa lengua. Sin embargo, la obra ha inspirado al menos dos películas: The Fine Art of Love (2005) e Innocence (2004), ninguna de las cuales logra captar el espíritu de la obra porque, francamente, es muy rara.

La narradora, ya mayor, nos relata su infancia, transcurrida en un enigmático internado para niñas en mitad de un bosque, del que no era posible salir y donde sólo se les enseñaba danza y música (el subtítulo de la obra es "sobre la educación corporal de las chicas"). Más adelante descubriremos que esta institución se financia gracias a la representación de obras teatrales donde las muchachas interpretaban situaciones subidas de tono que enardecían al público, pero que ellas mismas no comprendían.

Leído esto estaréis esperando un trama de abusos o pasión prohibida, pero buscaréis en vano. Si algo caracteriza la trama es la falta de rebelión y de curiosidad por parte de las "alumnas" de ese internado forzoso (se supone que hay otro para varones). No saben qué hay fuera, ni si tienen familia, ni qué será de ellas cuando alcancen la pubertad y sean expulsadas, pero a ninguna le preocupa. Y eso precisamente me resultó mucho más inquietante que cualquier plan maléfico que tratara de explicar ese misterioso lugar por medios más convencionales. En cualquier caso, un relato para tomárselo con calma pese a su brevedad.


Y eso es todo por hoy. Diría que, de los tres, mi preferido es Relato soñado porque en el fondo lo que cuenta tiene sentido (aunque no tanto las reacciones de sus protagonistas), pero cualquiera de los tres ofrece una lectura muy alejada de lo habitual, lo que siempre es positivo

lunes, 7 de abril de 2014

La literatura infantil y el terror

No, no voy a hablar aquí de las obras de terror destinadas al público infantil, que ya han hecho correr ríos de tinta, sino de algo bien distinto: la literatura infantil como mecanismo dentro de la trama de una obra de terror.

Así dicho de sopetón puede sonar absurdo, pero es un elemento brutalmente bueno cuando se usa con inteligencia. La idea suele consistir en que la obra de un famoso autor de género infantil oculta en realidad tenebrosos secretos o mensajes ocultos. Vamos, algo así como descubrir que si lees al revés los poemas de Gloria Fuertes aparecen mensajes satánicos .

El contraste entre la literatura infantil, que por lo general evoca conceptos positivos como inocencia o bondad, y el elemento subyacente de terror me resulta fascinante y ya ha dado buenos resultados. El ejemplo más famoso seguramente sea El país de las risas (The Land of Laughs, 1980), la primera novela de Jonathan Carroll, publicada en castellano por Ultramar hace la tira de años y que, por algún misterio insondable, nunca ha sido reeditada en nuestro idioma.

En ella (ojo, spoiler), un biógrafo del fallecido Marshall France, mundialmente famoso autor de libros para niños, descubre que su admirado ídolo adquirió el poder de dar vida a lo que escribía, y ha dejado sellado hasta el último detalle del destino de su pueblo natal y sus habitantes. La cosa, os lo digo ya, no puede acabar bien, pero la novela es impresionantemente buena. Hay otras similares (como Zod Wallop) pero que yo sepa no se han traducido todavía.

Hallamos otra muestra más reciente en Mysterius el Increíble (Mysterius the Unfathomable, 2010) un cómic de Jeff Parker y Tom Fowler editado aquí por Norma. Allí se revela que el Dr. Gaust, otro autor de libros infantiles enormemente famoso y en teoría ya fallecido, ocultó ritmos cabalísticos dentro de las rimas sin sentido de sus cuentos, de modo que millones de niños y adultos, al repetirlas, le otorgan un enorme poder que le permite seguir viviendo en su propio mundo paralelo, donde gobierna como un tirano omnipotente.

En este caso la influencia de ese factor sobre la trama no cobra tanto peso como en El país de las risas, pero al ser un cómic cuenta con la ventaja del elemento visual: contemplar a todas esas "criaturas de fantasía", de formas imposibles (y que en el fondo siempre nos han dado un poco de miedo, como los payasos) convertidas en depredadores sanguinarios que no dejan de hablar en verso resulta enigmáticamente satisfactorio. Como una reivindicación de nuestros temores infantiles.

Me gustaría poder añadir un relato propio a esta tradición, es una idea que me atrae desde hace tiempo. La dificultad principal está en caminar por esa delgada línea que separa lo chocante de lo ridículo, abrazar el componente surrealista que ha de tener una narración de este tipo pero manteniendo siempre la lógica subyacente, sin caer en el recurso fácil de plasmar escenas absurdas sin motivo. Porque esa es la clave que hace que estas historias funcionen: que en el fondo todo lo que cuentan tiene perfecto sentido. Un sentido retorcido, siniestro y macabro, eso por descontado, pero sentido al fin y al cabo.