viernes, 6 de julio de 2018

El tres, número sagrado

Permitidme hoy que me ponga esotérico (ommm 🧘‍♂️) y hable de uno de esos temas que a mí me encantan y al resto del mundo le parecen una chorrada. En este caso, la importancia del número tres en la narrativa occidental y por qué hay que tenerlo en cuenta al escribir. A ver si lo logro sin que me toméis por loco.

Lo que llamamos "civilización occidental" está formado principalmente por los descendientes de la expansión indoeuropea que, se cree, tuvo lugar a comienzos de la Edad de Bronce o finales de la del Cobre. Esto se ve con mayor claridad en los idiomas de raíz indoeuropea que se siguen usando en Eurasia (y en épocas modernas también en América). Dicho sea de paso, las reconstrucciones del idioma protoindoeuropeo son auténticamente fascinantes, echadles un vistazo si podéis. Pero evidentemente una cultura no es sólo su idioma, aunque sea este un aspecto importante. Hay una estructura social, una religión, una serie de valores asumidos por el común de sus integrantes.

Podemos pensar que estamos desconectados de nuestro pasado remoto, pero eso dista mucho de la realidad. Sin entrar en idas de olla jungianas o en conceptos de memoria racial, lo cierto es que todo el mundo hereda sin darse cuenta un importante bagaje moral y conductual de la cultura en la que se cría. Las historias que nos contamos, por ejemplo, no surgen de la nada, sino que siempre se basan o inspiran en ideas y conceptos previos, y siguen estructuras predeterminadas, aunque sólo sea porque es lo que estamos acostumbrados a disfrutar. En muchos sentidos, seguimos siendo descendientes de esos primeros pueblos ganaderos que salieron de las estepas del Volga a ver qué había por ahí.

Lo que todo este prólogo (tan somero y rudimentario) pretendía transmitir es que la esencia indoeuropea impregna aún hoy buena parte del mundo moderno, y por mímesis cultural dominante incluso a países o regiones cuyas poblaciones no son de origen indoeuropeo, pero que durante su desarrollo literario o político se han visto fuertemente influidas por otras que sí.

Ahora bien, y aquí llegamos al meollo del asunto, para los indoeuropeos el tres era un número muy importante. ¿Cuánto? Pues aquí sí hay teorías para todos los gustos. La hipótesis trifuncional le otorgaba un papel sagrado, derivado de la división social primitiva en tres castas (guerreros, sacerdotes y campesinos) pero ha caído en el descrédito. El problema de fondo es que el tres (como otros números bajos) puede ser hallado en casi todo si te empeñas, desde un triángulo a un mono de tres cabezas. Incluso puede que esa «trifilia» fuese incluso anterior a la expansión indoeuropea, que estuviera ya presente en la Europa Antigua y ellos simplemente la esparcieran por medio mundo.

Lo que sí es cierto es que estos pueblos antiguos sentían debilidad por el número tres, al que se consideraba perfecto. Podéis encontrar ejemplos en las abundantes tríadas de dioses (y sobre todo diosas), tanto en Europa como en la India, conceptos que luego permearon las nuevas religiones (trinidad, tres reyes magos, cielo / tierra / infierno, etc.), de un modo similar a lo que en las culturas orientales supone el número dos (ying / yang, los tipos de líneas del I Ching…). Si os fijáis, por poner un ejemplo, las religiones y herejías que llegaban a Occidente en la Edad Media eran casi siempre dualistas porque se originaban en Oriente o en contacto con sus ideas.

Pero no me voy a ir por ahí, que me viene grande. Lo importante aquí es que hemos crecido en un entorno en que se nos ha transmitido que «el tres mola», aunque nunca se plantee explícitamente. Desde la sabiduría popular (a la tercera va la vencida, no hay dos sin tres), los chistes (que son más antiguos de lo que pensáis y suelen tener tres personajes o estar separados en tres partes) a las trilogías que tan de moda están hoy día. O conceptos tan aparentemente básicos como dividir el tiempo en presente, pasado y futuro (que a su vez influye en las formas verbales) o la vida en joven, adulto y anciano (o tercera edad, qué nombre tan casual). ¿Pensáis que estoy zumbado? Pues sí, pero esto que digo es cierto. Probadlo si no me creéis: lo que se divida claramente en tres partes transmite mayor satisfacción. Es hasta mental, sonoro: un tic-tac no está acabado, viene otro detrás, pero un pin-pan-pun es un todo cerrado.

¿Y todo esto para llegar adónde? Pues a la narrativa, por supuesto. Las historias son una parte fundamental del legado cultural común, no sólo en lo que cuentan sino, sobre todo, en la forma en que lo hacen; de hecho es más sencillo cambiar lo primero que lo segundo. Crear una historia que subvierta lo aceptado hasta entonces es difícil, pero inventarse una estructura narrativa nueva que satisfaga al lector… Prácticamente imposible.

Si uno busca las manifestaciones más antiguas y puras de la narrativa, conviene irse a lo que llamamos «cuentos de hadas», que son restos de historias populares arcaicas que no eran en absoluto para niños y que, hasta tiempos muy recientes, fueron adaptadas y transmitidas al margen de la «literatura culta» de gestas y sagas. Y por favor, no me hagáis deciros en cuántos cuentos de hadas se presentan las criaturas en tríos o los sucesos por triplicado, porque me pasaría aquí el día. Dejémoslo en que es un aspecto fundamental e incluso obvio.

Pero en principio nosotros no vamos a escribir cuentos de hadas, ¿verdad? De acuerdo, vamos entonces a los fundamentos subyacentes. Desde tiempos de Aristóteles (que básicamente se dedicó a recopilar y refinar los conocimientos que se tenían en su época) el arco narrativo se divide en planteamiento, nudo y desenlace. Oh, tres partes, ¿de qué me suena ese número? Aparte de que es una estructura razonable, es la que estamos acostumbrados a buscar, nos transmite sensación de completitud. Cierto que el teatro clásico solía dividirse en cinco actos, pero el primero era el que presentaba la situación (planteamiento), los tres siguientes la desarrollaban (nudo) y el último contenía el clímax (desenlace). Funcionalmente son tres actos y punto.

Lo que digo con todo esto es que os olvidéis de reinventar la rueda. Si la división en tres partes era lo bastante buena para los griegos, ¡por Zeus que ha de serlo para nosotros! Y que cuando os pongáis a trazar el esquema de una narración, ya sea un relato corto o una n-logía de tropecientas mil páginas, estructuradlo con esas tres secciones bien definidas (aunque luego en el texto se diluya la transición de una a otra). Es más, si cada parte es demasiado extensa de por sí, probad a subdividirla a su vez en tres partes, para que el cerebro del lector encuentre un armazón reconocible al que pueda agarrarse al hacerse su composición de lugar.

Resulta muy tentador prescindir del nudo, que parece lo secundario y casi hasta irrelevante, pero aunque podáis escribir algo así (y sí que se puede), va a cojear y muchas veces costará identificar por qué. Simplemente se nota que algo falla, que no hay un ritmo sólido en la narración o que todo sucede muy bruscamente, sin que llegue a calar al lector. Otro enfoque, típico de algunas novelas de ciencia-ficción, es diluir el planteamiento. Como no te explican nada del mundo y la sociedad en que ocurre todo, para cuando más o menos te haces una idea ya estás en el nudo. Y así se corre el riesgo de que al lector le dé igual todo por no haber conectado con la historia en el momento adecuado (a mí me pasa, por eso es un género que ya apenas visito).

Pero (y todo esto no deja de ser mi opinión personal, pero al fin y al cabo este blog es mío) no sólo conviene tener en cuenta la «regla de tres» en la estructura narrativa, sino en general al plantear la historia. ¿Cuántos intentos necesita el héroe para triunfar? Tres es una buena cantidad, ni tan pocos que parezca fácil ni tantos que resulte repetitivo. ¿Cuántos bandos hay en liza? Pueden ser dos, pero es demasiado simple, ¿qué tal añadir otro y que no se sepa bien hacia dónde cae su lealtad? Y si entre los dos amantes no se opusiera una tercera fuerza, ¿qué mérito tendría su romance? Incluso en situaciones que son claramente cosa de dos, como por ejemplo un diálogo, he descubierto que está muy bien estructurarlo en tres partes, con sus planteamientos iniciales, su desarrollo y unas conclusiones finales, para que no resulte un parloteo sin sentido.

Podría poner muchas más situaciones para convenceros, pero creo que la idea ya ha quedado lo bastante clara y el artículo demasiado extenso. Recordad, hacer las cosas con el tres en mente cuenta con el favor de los dioses; vuestros ancestros lo sabían bien, así que no os paséis de listos .

jueves, 14 de junio de 2018

Hueco (microcuento)

Estaba buscando otra cosa entre mis documentos y ha aparecido este micro que perpetré hace un tiempo y que casi ya no recordaba. Suele pasarme. Me ha gustado al releerlo; faltaba pulirlo un poco (y quizá aún le sobre alguna cosilla) pero tenía sustancia. O vacío, quién sabe.

Se divide en dos segmentos de unas 170 palabras cada uno, para un total de 345. Espero que os guste.

Hueco

Cuando ella le abandonó, dejó un hueco en su vida que nada pudo rellenar.

Al principio lo notaba en detalles sueltos: la huella de su cuerpo en el colchón, el olor de su perfume al entrar en el cuarto de baño, pequeños recuerdos de su presencia que se resistían a desaparecer. Si hubiese olvidado, si no la hubiera querido tanto, se habrían esfumado como ella. Pero no era así.

Fue entonces cuando comenzó a darse cuenta de que el hueco que ella había dejado en su vida había cobrado vida, existía por sí mismo. Le besaba antes de que se fuera al trabajo, le revolvía los papeles cuando él estaba ceñudo, le abrazaba en las tardes lluviosas de otoño, tomando calor de su cuerpo. Nada había podido rellenar ese vacío y ahora era un ente hecho de nada. Aprendió a reconocerlo: una leve sombra de día, un tenue resplandor a oscuras, un jadeo bajo las sábanas cuando hacían el amor. Nunca le habló, pues sabía que cuando se es feliz no conviene hacer preguntas.


Ella no encontraba su hueco. Desde que le había abandonado parecía estar de sobra en todas partes y no encajaba en su nueva vida. Si se hubiese ido poco a poco, como era su intención, nada de eso habría ocurrido. Dejar de prestarle atención, responder con monosílabos, permitir que su espíritu fuera el primero en alejarse de la relación para seguirlo después con su cuerpo. Pero lo quería demasiado para hacer eso, debía marcharse en un suspiro o nunca lograría dar el paso, y por eso había dejado tras de sí su hueco. El hueco que nada había rellenado.

Cuando por fin regresó no fue para verle a él, sino para encontrar su hueco. Allí estaba, como un negativo de sí misma hecho de nada. Cuando se tocaron, hubo un destello y en instante ambas se habían evaporado. No quedaba rastro de su pasada existencia, nadie las recordaba. Ni tan siquiera él, que se preguntaba por qué notaba que le faltaba algo, si no había ningún hueco en su vida.

Y eso es todo. Por cierto, otro microrrelato basado en tomar literalmente expresiones hechas era En el país de los ciegos, lo digo por si os apetece echarle un ojo (o los dos).

jueves, 24 de mayo de 2018

Lecturas 2018 (I)

Pues resulta que este año también he ido haciendo registro de mis lecturas (las del año pasado están divididas en los siguientes artículos: [1], [2] y [3]). Siguiendo la tradición, aquí recojo las diez primeras de 2018.

Por diversas circunstancias personales, este año el ritmo de lectura se ha visto reducido respecto al periodo anterior. Es una lástima pero seguramente sea una constante de aquí en adelante, es lo que hay. En cuanto a los libros en sí, por ahora ha habido un poco de todo, incluyendo varias decepciones en lo que consideraba de antemano caballos ganadores. Y como siempre ocurre, se me han colado unos cuantos que no tenía previstos y he tenido que dejar otros para más adelante. Vamos con todos ellos:

El corazón es un cazador solitario [📚]
Carson McCullers (1940)
Seix Barral, 2001. 380 págs.

Es una lástima, pero la primera y más famosa novela de McCullers, escrita con apenas 23 años, es lo que menos me ha convencido de lo que llevo leído de esta autora. Se trata de una novela coral que recuerda a Manhattan Transfer, con un estilo demasiado similar al resto de su obra. De hecho uno de los personajes principales, Mick, es tal cual el mismo de la protagonista de Frankie y la boda. Que entiendo que uno siempre escribe sobre sus experiencias, pero variar un poco no mata.

Quizá al haberme aproximado a la obra de McCullers en sentido cronológicamente inverso he degustado primero lo mejor de su creación. Decididamente mejoró con la edad.

Los relojes [📚 🎥]
Agatha Christie (1963)
Ed. Molino, 1979. 272 págs.

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que leí a Christie; el caso es que vi un fragmento de la adaptación al cine de esta novela y me picó la curiosidad. Pertenece a la etapa tardía de la autora inglesa y también queda muy lejos en calidad de su mejor época. Aun así es entretenida, porque Christie es incapaz de aburrir, pero se debería haber exigido mucho más. Abunda la paja, los personajes de diálogos inverosímiles y al final hay una triple casualidad de esas que no se cree uno ni borracho.

La jungla de asfalto [🎥]
W.R. Burnett (1949)
RBA, 2012. 286 págs.

Regreso un tanto decepcionante a la novela negra clásica. Los personajes son demasiado blandos, poco creíbles para un entorno de los bajos fondos supuestamente despiadado. Cierto que a partir del «golpe» en sí la cosa se anima, y hacia el final hay varios capítulos rotundos, pero ya es demasiado tarde para arreglar el conjunto. Por una vez la película es mejor que el libro, pero es que con John Huston de director raro hubiese sido lo contrario.

El Señor de la Noche []
Tanith Lee (1978)
Martínez Roca, 1986. 211 págs.

Tengo pensado hablar de este libro en un futuro artículo dedicado a los Cuentos de la Tierra Plana, y lo único que puedo criticarle aquí es resultar un tanto repetitivo en determinados momentos. Aun así es una lectura magnífica incluso después de todos estos años, y una estupenda puerta de entrada a esta autora y su particular estilo dentro de la literatura fantástica.

Naomi
Junichirō Tanizaki (1924)
DeBolsillo, 2012. 264 págs.

Curiosa novela que narra de forma directa y sencilla la relación entre un joven ingeniero y una muchacha de extracción humilde, entre los que se establece una inesperada relación de erotismo y dominación.

Publicada originalmente por entregas, en su momento supuso un escándalo en Japón por su ruptura con las buenas costumbres. De hecho influyó en la aparición de las mobas (como flappers japonesas de los años 20), término del que esta misma novela fue fundadora. Os pongo el enlace a una portada muy curiosa.

Death's Master [🇬🇧]
Tanith Lee (1979)
DAW, 2016. 408 págs.

Más Tanith Lee, segundo libro de su saga de la Tierra Plana. Esta vez los cuentos hilados dejan paso a una estructura más formal, como una novela, lo que en mi opinión le perjudica; ofrece pasajes muy buenos pero no mantiene un interés sostenido en el tiempo. Los personajes parecen vagabundear sin un objetivo definido y eso, que en un relato es un problema menor, aquí se deja notar demasiado. Con todo, merece la pena llegar hasta el final y disfrutar de la riqueza de su imaginación.

Experimental Film
Gemma Files (2015)
Círculo de Lectores, 2017. 352 págs.

Novela difícil de valorar, una estructura de terror clásico con un envoltorio de literatura posmoderna, un híbrido que en algunas fases funciona y en otras chirría. La lectura ha sido amena pero es una historia demasiado consciente de sí misma, difícil de tomar en serio, y sus protagonistas resultan ciertamente insoportables. Yo hubiese disfrutado más sin la capa contemporánea, leyendo directamente la narración de la señora Whitcomb. Por cierto, a la traducción le hubiese venido bien un repaso a fondo.

Retorno a Brideshead [🎥]
Evelyn Waugh (1945)
Biblioteca de Carfax, 1983. 270 págs.

La novela que hizo surgir la moda por las mansiones de campo inglesas, y que fue llevada a la televisión con gran éxito a comienzos de los años 80. Gira alrededor de la fe y el catolicismo, pero con un marcado homoerotismo sibarita que me recuerda a Oscar Wilde. Lectura confusa al principio, va ganando fuerza hasta conformar un relato muy curioso de la época.

Agentes de Dreamland
Caitlín R. Kiernan (2017)
Alianza Runas, 2018. 128 págs.

Me gustan las novelas cortas, siempre que tengan un desarrollo propiamente dicho, y ya sabemos que Kiernan deja la trama de lado para concentrarse en la ambientación y las «sensaciones». La idea de fondo, puramente lovecraftiana, es muy buena pero el envoltorio en sí decididamente no es para mí. Quizá si la edición hubiese sido más honesta (menos lujosa y no tan cara) me hubiese convencido más.

Trayecto final
Manuel de Pedrolo (1974)
Hogar del Libro, 1984. 179 págs.

Traducción de la antrología original en catalán, siete relatos de ciencia ficción pero en su mayoría no futurista. Son historias interesantes pero muy deudoras de su época, tanto en planteamiento como sobre todo en el estilo, que me parece excesivamente frío e intelectual (a los personajes les suceden cosas terribles y ni se inmutan). Diría que los primeros relatos, más cortos, son los mejores.