martes, 17 de septiembre de 2019

Con Lovecraft en la Complutense III

Pues apenas seis meses después de la segunda jornada, vamos a repetir nuestra cita con el cine lovecraftiano en la Complutense, e intentar que esta propuesta se consolide y se convierta en una referencia bianual (que no bienal) para todos los amantes de los Mitos de Cthulhu. Como siempre, todo esto no sería posible sin el denodado esfuerzo de Pablo González, profesor de la facultad de Derecho de la propia UCM.

Así pues, el viernes 20 de septiembre a partir de las 18:00, estáis invitados a la facultad de Ciencias de la Información de la Complutense para disfrutar de un clásico del terror como es In the Mouth of Madness (que se tradujo aquí como En la boca del miedo), dirigida por John Carpenter en 1994 y que gira alrededor de la enigmática producción literaria de Sutter Cane.

Como sabéis, contamos con las excelentes instalaciones de la famosa Sala Azul, con espacio de sobra para todos los asistentes, y habrá un coloquio posterior donde viviseccionaremos lo más sustancioso de la película, que es abundante.

Aquí tenéis los detalles:

Programa

  • 18:00 Presentación
  • 18:10 Proyección de – In the Mouth of Madness
    Año: 1994. Duración: 1h 35m. Dirección: John Carpenter. Guión: Michael de Luca. Reparto principal: Sam Niel, Jürgen Prochnow, Julie Carmen. Música: John Carpenter y Jim Lang.
  • 19:50 Coloquio a cargo de José Miguel Nieto y Raúl Gorbea.
  • 20:50 Clausura.

La proyección tendrán lugar en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid (Metro - línea 6, parada Ciudad Universitaria. Autobuses - 82, 132, G, U) , en la sala azul (sótano segundo) con capacidad para 140 personas.

Os esperamos.

martes, 30 de julio de 2019

Tres novelizaciones de los años 80

Volvamos con mi vieja costumbre de hacer artículos sobre tríos (tríos de libros, malpensados). Como en su momento fueron, por ejemplo, Tres novelas que definieron los años 20, Tres novelas extrañas o Tres novelas cortas cinematográficas, vamos hoy con tres novelizaciones de famosas películas de los años 80.

En los últimos meses he leído varias adaptaciones de este tipo, aunque no es un género que en principio me atraiga. Ya en su momento hablé por aquí de la novelización de Dentro del laberinto, que en líneas generales resultaba decepcionante para el aficionado, y ese parece ser el sino de este género. ¿Cómo va a estar una adaptación a la altura de una gran película? Pero, evidentemente, algunas quedan más cerca y otras se precipitan antes.


Podemos empezar con la de Los Goonies, la famosa película de 1985 dirigida por Richard Donner sobre un relato del mismísimo Steven Spielberg y donde un grupo de adolescentes viven una aventura al viejo estilo, con tesoros, piratas, mafiosos y trampas difíciles de creer. El encargado de pasar el guión a un libro propiamente dicho fue James Kahn, conocido por encargarse también de la novelización de El retorno del jedi entre otras.

Voy a suponer que todo el mundo conoce la película, y la historia del libro es fiel a ella. Demasiado fiel, quizá, incluso en la traducción (si recordáis, en la versión original un personaje de origen hispano pasaba a hablar en italiano en la doblada, y aquí ocurre lo mismo). Por otro lado, se incluyen casi todas las escenas eliminadas de la película, cosa que no está mal (aunque a mí eso de que las chicas se exciten a calambrazos me sigue sonando raro).

Pero lo peor, y esto sí es cosa de Kahn, es el narrador escogido. La historia la cuenta Mikey (y Gordi su parte cuando se separa de los demás), y resulta demasiado simplista e infantil para una trama ya de por sí liosa. Parece que las cosas ocurran porque sí, y eso es aceptable en la vorágine de una película de aventuras, pero en un libro queda muy pobre.

Los Goonies
James Kahn. Duomo, 2018. 260 págs, 14€.

Y por seguir con otro peliculón, está El club de los poetas muertos (1989), una de las actuaciones que catapultaron a la fama a Robin Williams. El excelente guión de Tom Schulman era semiautobiográfico (¿se pueden juntar tantos prefijos?) y de la novelización se encargó Nancy H. Kleinbaum, otra experta en el oficio que trabajó muchos años para Hollywood.

Aunque me gusta, reconozcamos que la película era un tanto tramposa (demasiado idealizado todo). En la novelización, además, la acción va demasiado rápida como para establecer unos fundamentos sólidos para los personajes (por ejemplo a la hora de diferenciar bien a unos chicos de otros, sin la ayuda de los distintos actores en pantalla resulta confuso). Para cuando te quieres dar cuenta, estás ya en la obra de teatro del Sueño de una noche de verano y se desencadena el fatal desenlace que todos conocemos. Y es que 170 páginas no dan para mucho.

Por lo demás, la verdad es que está bien resumido todo, es como volver a ver la película. Ah, y también aquí hay una escena erótica que a saber de dónde ha salido, en la que Keating obliga a los muchachos a hacer un examen mientras proyecta fotos de chicas en paños menores. Cosas veredes.

El club de los poetas muertos
N.H. Kleinbaum. Círculo de Lectores, 1991. 172 págs.

Y para terminar, nada menos de Lady Halcón, película también de 1985 coprotagonizada por el recientemente fallecido Rutger Hauer y que se desarrolla en una ficticia comarca medieval (seguramente por la actual Francia, si hemos de basarnos en los nombres de los personajes), con ciertos elementos de fantasía que se agradecen dentro de un entorno razonablemente histórico.

En este caso fue Joan D. Vinge, prestigiosa autora de ciencia-ficción ganadora del premio Hugo en 1981, la que se encargó de la novelización, y en verdad es con diferencia la mejor de las tres (o de las cuatro si incluimos la de Dentro del laberinto, bastante sosa), no tanto por la historia en sí, que es fiel a lo visto en la gran pantalla, sino por el modo de contarlo, tan literario. Por supuesto, la labor del traductor Francisco Martín ha ayudado mucho a conservar todo ese lenguaje lleno de términos medievales que le da realismo.

Si dejamos eso de lado, la novela lógicamente no aporta mucho a la trama salvo algunas escenas sueltas aquí y allá. Ninguna erótica, que yo recuerde, aunque sí que existe cierta tensión entre Gastón e Isabeau (como era lógico) y la aparición final de una muchacha campesina pensada para que el Ratón no se quede solo. Un tanto innecesario.

Lady Halcón
Joan D. Vinge. Planeta, 1985. 187 págs.

lunes, 10 de junio de 2019

Cerrojos medievales

Con este artículo concluye la breve serie dedicada a cierres medievales, que empezó con los candados y prosiguió con las cerraduras propiamente dichas. En esta ocasión vamos a hablar de los cerrojos, la pieza que mantenía bloqueadas esas pesadas puertas y que estaba pensada para soportar una cantidad importante de fuerza, a diferencia de los frágiles pestillos.

Antes de nada recordad que los grandes portones no tenían ni uno ni otro, sino trancas (de madera) o alamudes (de hierro) de lado a lado, sobre anclajes en la puerta o encastrados en los mechinales de la pared (fig. a) que los atrancaban, como su propio nombre indica. Sólo se podían abrir desde dentro o por las bravas con un ariete o similar.

Y esto nos lleva a otro aspecto que no debemos pasar por alto. De forma análoga a los castillos, muchos hogares tenían cerrojo pero no cerradura. El motivo es simple: se trataba de proteger a los moradores de la casa, no sus pertenencias (que solían ser muy humildes). Cuando la familia se recogía por la noche, normalmente junto a sus animales, corrían el cerrojo para guardarse de merodeadores, y lo descorrían por la mañana cuando salían a trabajar y los animales a pacer. De día la casa permanecía abierta, bien estuviera vacía o con alguna mujer cocinando (lo que ayudaba de paso a evacuar el humo). Hasta hace bien poco esta era la práctica habitual en los pueblos. En las casas de burgueses y comerciantes, el negocio y la vivienda formaban un todo y prácticamente nunca quedaban vacías.

De ser necesario abrir por fuera, el mecanismo más simple era el cerrojo de palanca (fig. b). Un palo introducido desde el exterior permite empujar la palanca hacia arriba y liberar el acceso. Existen diversas variantes que alejan el orificio del cerrojo para exigir el uso de la pieza de apertura adecuada, pero conceptualmente son todos similares y ya imaginaréis el grado de seguridad de este sistema.

Si el cerrojo tenía llave, a menudo estaba situado por el exterior, como solía ocurrir en iglesias y edificios comunales. Esto simplificaba la labor al embutir la cerradura en la puerta pero sin atravesarla. Las gachetas adosadas al cerrojo se enganchaban al cuerpo de la cerradura cuando el cerrojo estaba corrido. La llave permitía liberar las gachetas para descorrer a continuación a mano el cerrojo (fig. c), o bien se usaba un candado para mantener el cerrojo en su sitio.

¿Y qué pasa con las ventanas, tenían cerrojo? Normalmente no. Las ventanas de las casas humildes solían ser estrechas y no había nada que las cubriera. En lugares acomodados podían tener postigos de madera, además de enrejados o celosías, pero normalmente estos sistemas de protección se restringían a la planta baja, por lo que el método preferido por los ladrones para colarse en un edificio era a través de una ventana diáfana. El uso de cristal en ventanas, aunque factible desde la época romana, era extremadamente caro e inusual, e incluso en esos casos se trataba de vidrios curvados, muy gruesos y más traslúcidos que transparentes.

Con esto cubrimos la mayor parte de cierres que van a encontrar nuestros personajes medievales. A comienzos del Renacimiento (es difícil precisar la fecha), con las mejoras de forja, nacen las fallebas. Son barras alargadas con extremos en gancho y dispuestas verticalmente en la hoja, de modo que al girar el manubrio (por dentro o mediante la cerradura) se enganchan en armellas de la pared, reforzando considerablemente la seguridad de la puerta o del postigo de la ventana. Son mecanismos ingeniosos, pero seguramente usarlos en este periodo constituya anacronismo.