jueves, 22 de diciembre de 2016

Pasa las Navidades en Fontenebra

Sí, ha llegado otra vez esa época tan empalagosa del año. Pero no desesperéis, esta vez es distinto, porque ahora existe La Fuente de las Tinieblas.

¿Qué mejor regalo para el sectario o sectaria ansioso de zambullirse en el horror cósmico, de leer historias de muerte y locura con las que compensar la sobredosis de buenas intenciones propia de las celebraciones navideñas?

¡Y si lo recomienda el Cthulhu de peluche, tiene que ser bueno!

Saludos tentaculares y feliz Navidad .

La fuente de las tinieblas, Aitor Solar.
Edge Entertainment, 2016. 315 págs, 19.95€.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Piratas de Ultramar

El otro día me enteré por casualidad de algo que ignoraba (sí, otra cosa más).

Resulta que hace unos cuantos años traté de hacerme con unos libros de la Editorial Ultramar (las sagas que habían publicado de Jack Vance, por más señas) para una persona muy especial. Conseguí algunos, y al compararlos con mis antiguos ejemplares me sorprendió observar que, pese a tener el mismo número de páginas, los tomos eran bastante más gruesos. Asimismo, las portadas eran más lisas y menos flexibles que las de antes. «Les irá mal y estarán ahorrando costes», pensé. Y efectivamente al poco supe que la editorial había cerrado, una noticia triste pero corriente en el mundo editorial. Fin del capítulo.

Pasan los años, llegamos a la actualidad y leo en un grupo de Facebook que lo que pasó fue otra cosa. En aquel momento (cuando yo compré los libros por segunda vez) la editorial ya había cerrado. Lo que sucedía es que «alguien» había afanado las planchas de los tomos y los había reeditado ilegalmente, con papel y cartón de peor calidad, para distribuirlos luego por ahí (y embolsarse un dinero, claro). ¿Cómo os quedáis?

Es fácil saber si una edición de Ultramar es pirata si podéis compararla con la original, pero de lo contrario no resulta tan sencillo. La portada rígida es una señal delatora, pero otros son muy similares a los originales, y sólo se diferencian por ser algo más gruesos y los colores de la portada más vívidos. Por supuesto, ISBN, logos y demás son idénticos. Os he puesto un par de fotos hechas con mi porquería de móvil, por si aclaran la situación.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Menciones

Hoy toca un pequeño artículo recogiendo menciones variadas que he encontrado estos días a algunas de mis obras. Que luego todo se pierde en la procelosa red y da pena.

En el blog de El mundo de Yarhel ha aparecido un halagador comentario sobre Atractor extraño, el relato de mi autoría que apareció en la antología Visiones 2015:

«La idea contenida en el cuento "Atractor extraño", de Aitor Solar Azcona (Visiones 2015) es muy curiosa y explota un cierto tipo de estructura topológica denominada con el título: atractor extraño. En la narración, el deambuleo aleatorio por una ciudad acaba atrayendo a los caminantes siempre hacia un cierto punto singular: el atractor extraño, que no deja de ser un concepto actualmente bastante habitual en topología y, concretamente, en la teoría del caos. El autor ha querido situar en dicho atractor un local regentado por un individuo especial y ha dejado que interactúe con el protagonista. Ni que decir tiene que la idea me ha parecido enormemente original y es una aplicación muy curiosa de la teoría del caos a la ciencia ficción».

En ese mismo blog ya hubo una breve mención a Sabemos lo que te gusta (aparecido en el Visiones 2014): «Finalmente, en “Sabemos lo que te gusta” de Aitor Solar Azcona, nos encontramos cara a cara con algunas de las consecuencias que puede reportar el auge de las compras por internet y la cada vez menos cortapisas que tienen las grandes empresas que mueven montañas de información privada sobre sus clientes y que utilizan a discreción y de las nefastas consecuencias sobre la vida privada que pueden llegar a representar para todos nosotros».

Es muy poco habitual encontrar comentarios sobre relatos de antologías colectivas, así que muchas gracias, Yarhel .

Y cambiando de tercio, en el podcast de noviembre de la Librería Hermética hablan, y en términos muy elogiosos, de La Fuente de las Tinieblas (aproximadamente del minuto 58 en adelante). «Había leído un crítica muy buena de él y creo que se queda corta», «Aitor no le da la vuelta, los estruja, los exprime, les da veinte vueltas y te hace (hay) relatos muy buenos, excepcionales y que todo el mundo debería leer»… Oídlo, oídlo, que merece la pena.

Cosas así le alegran a uno el día (y de paso hacen llegar el libro a más público, algo muy complicado en un entorno tan competitivo como este), así que muchas gracias también a la Librería Hermética.

El libro, por cierto, sigue estando disponible en librerías y tiendas especializadas; la siguiente foto está tomada ayer en el FNAC de Callao, donde tenían un buen surtido en la sección de Horror, como corresponde. Yo no digo nada, pero qué mejor regalo navideño para los aficionados a los Mitos de Cthulhu…

Y ya sabéis, queridos lectores, si os encontráis más comentarios sobre lo que escribo, comunicádmelo y contaréis con mi eterna gratitud.

martes, 29 de noviembre de 2016

Corregir, corregir, corregir

Últimamente resulta habitual encontrar quejas de lectores sobre la deficiente corrección de los libros: erratas, pobreza léxica e incluso faltas de ortografía que pasan todos los filtros y acaban sobre el papel (o la pantalla). Y me da la impresión de que esto ya no se restringe a libros autoeditados o de editoriales modestas (si es que eso se podría considerar excusa), sino que las grandes también caen en la dejadez y en las prisas por publicar sin pulir antes el texto. Pero por criticable que sea, el problema viene de antes: del autor.

Sí, damas y caballeros amantes del teclado, por muchas manos por que pase luego la obra, la responsabilidad última de las palabras que contiene es vuestra. Aunque la labor de un buen corrector es a menudo insustituible, el autor debe mentalizarse de que debe corregir su obra; no se puede entregar un texto sin corregir y confiar en el buen hacer del editor, aunque sólo sea por amor propio, que es lo que distingue a los aficionados de los profesionales (aun cuando no haya dinero por medio).

La corrección automática que ofrecen los procesadores de texto no es despreciable (siempre puede encontrar algo que se nos pase), pero tampoco podemos depender exclusivamente de ella, por la cantidad de aspectos que no controla, desde palabras erróneas en su contexto pero correctas en castellano (o el idioma que sea) a frases directamente absurdas. Asumidlo: nada más terminar el texto, debemos darle un repaso completo en caliente, cuando aún tenemos todo en la cabeza, y corregir cuanto sea necesario para que el texto fluya. No sólo la ortografía sino también los demás aspectos de la narración: diálogos, descripciones, ritmo…

Por desgracia, a veces ese es todo el repaso que podremos aplicarle al texto si tenemos un plazo de entrega a la vuelta de la esquina (clásico ejemplo, los concursos literarios). Pero si hay margen, lo ideal es dejar pasar un tiempo sin volver a tocarlo antes de darle otro repaso final. El motivo es muy simple: cuando tenemos la historia en la cabeza, puede ocurrir que creamos que hemos dicho algo que realmente no aparece en el texto en ningún momento y no nos demos ni cuenta. Sí, pasa a menudo. Por eso conviene dejarlo descansar un par de semanas como mínimo, tener otras cosas en la mente y retomarlo en un estado más parecido al de un lector que no sepa lo que pretendemos contarle.

Si os podéis permitir este repaso en frío, mi consejo es que le deis tres pasadas. Lo sé, lo sé, da pereza. Pero cuando se corrige se tiene la mente sintonizada en un «modo de trabajo» determinado, y conviene asentar la historia en capas de lectura bien definidas, empezando por lo fundamental.

El primer repaso (y el único, si no hay más remedio) debe centrarse en la narración. Por encima de cualquier otra consideración, una historia ha de resultar entretenida y emocionante, el lector debe disfrutarla. Hay que quitar paja, descripciones aburridas, diálogos farragosos y demás, y comprobar que se aprovechan como es debido las escenas cumbre. Si hay que aplicar el bisturí, se aplica sin temor.

Hay un truco a la hora de repasar la coherencia, y se trata de hacerlo en sentido inverso, empezando por el último capítulo y retrocediendo. No es tan raro como suena, y su razón de ser es que normalmente se juega al despiste con el lector, planteando situaciones misteriosas que luego (en teoría) se desvelan. Repasando al revés, primero lees las explicaciones y luego ves si encajan con las pistas que has estado dejando. Probadlo, funciona.

Luego, debemos repasar la coherencia. ¿Es lógica la trama? ¿Tiene sentido lo que hacen los personajes? Atentos también a los cabos sueltos, posibles deus ex machina, «macguffins» que desaparecen bruscamente cuando ya se necesitan, etc. Aunque encontréis fallos, tranquilos porque por lo general se pueden corregir con pequeñas explicaciones o ajustes a los diálogos que no afecten a lo esencial de la historia.

Y finalmente se hace la corrección de estilo, que es normalmente la que aplica también la editorial. A estas alturas ya no deberían quedar faltas de ortografía, pero también hay que pulir aspectos como palabras duplicadas, abuso de ciertos términos, frases liosas (a veces tendemos a usar un estilo demasiado historiado), cacofonías involuntarias, etc.

Por supuesto todo esto sólo es un modo de hacerlo; se puede enfocar el proceso de repaso de otras formas, pero esta es bastante completa y al terminar nos tendría que quedar un texto bien corregido. Espero que este pequeño artículo os haya sido útil y que cuando corrijáis penséis en mí y me odiéis un poquito más .

Nota: La imagen que acompaña el texto está tomada del recomendable artículo de UnosTiposDuros Los signos de corrección tipográfica, donde se analizan los distintos tipos de marcas que usan (o usaban, más bien) los correctores profesionales.

martes, 15 de noviembre de 2016

Tres novelas que definieron los años 20

Hace un tiempo recomendamos en este blog un par de libros de historia para documentarse sobre los años 20 en los Estados Unidos, esa época fascinante, teatro de tantos relatos y películas. Pero por muy útil que sea la información histórica no podemos perder de vista lo que nos ha traído aquí, la literatura, así que me atrevo a destacar tres novelas que han acabado demostrando ser fieles reflejos de la década, sus miedos y sus sueños (repito, de los EE.UU., si hablásemos de Europa la lista sería muy distinta). Como siempre, menciono las ediciones que he leído yo, seguro que podéis encontrar muchas otras de la misma calidad.

Adiós a las armas (1929)

Ya, ya, esta novela de Ernest Hemingway se publicó casi al final de la década que nos ocupa. Pero creo conveniente ponerla la primera en este artículo porque la trama se centra en la Gran Guerra (la Primera Guerra Mundial, 1914-1918), un suceso que marcaría a toda aquella «generación perdida» de escritores veteranos de las trincheras. Seguramente hacía falta tiempo para digerir una experiencia así y ponerla por escrito, porque el equivalente literario europeo, Sin novedad en el frente, también se publicó por las mismas fechas.

Adiós a las armas cuenta la vida de un conductor de ambulancias estadounidense en el frente italiano (contra los austriacos) y su relación con una enfermera británica, en un entorno brutal y por momentos surrealista en el que ambos se sienten inadaptados y distanciados de la realidad, una noción extensible a toda esta generación literaria. Es una historia dura (no esperéis finales felices aquí), pero se lee con gran rapidez gracias a ese estilo enormemente parco y desprovisto de reflexiones, basado principalmente en los diálogos, que haría famoso a Hemingway y que muchos críticos consideran respuesta a los ideales culturales destruidos precisamente por esta guerra.

Adiós a las armas, Ernest Hemingway.
Debolsillo, 2013. 374 págs, 10€.

Manhattan Transfer (1925)

Publicada justo en mitad de la década, esta extensa obra de John Dos Passos toma a la ciudad de Nueva York como un escenario por el que los personajes pasan en rápida sucesión, con sus ilusiones y miserias a cuestas, dibujando un cuadro que huye de las típicas idealizaciones cuando se habla de esa urbe en la que se juntan lo mejor y lo peor del american dream.

Novela coral, compleja y de una profunda carga social (Dos Passos fue de hecho simpatizante del comunismo, hasta que sus experiencias en la Guerra Civil española lo empujaron hacia posturas conservadoras), Manhattan Transfer cubre no sólo los primeros años 20 sino toda la evolución económica, social y moral de los Estados Unidos desde finales del siglo XIX. Aviso que es fácil perderse debido a su estructura de escenas breves sin solución de continuidad, con personajes que muchas veces no vuelven a aparecer, y también por la total ausencia de fechas (aunque la mención de hechos históricos puntuales permite ubicarse), por lo que no la recomiendo a lectores «comodones». Pero si os sentís capaces de superar ese escollo, Dos Passos ofrece una reflexión social desmitificadora de gran calidad literaria.

Manhattan Transfer, John Dos Passos.
Edhasa, 2007. 561 págs, 10€.

El gran Gastby (1925)

Parece mentira que ya en 1925 Francis Scott Fitzgerald certificara la defunción de los «locos años 20» y expusiera el vacío sobre el que se sustentaban sus oropeles, cuando aún quedaba casi un lustro para que el crack del 29 quebrara la ilusión de una prosperidad sin límites.

Adelantada por tanto a su tiempo, no es de extrañar que esta breve novela no lograra el éxito en la época y se considerara una de las obras menores de su autor, que había alcanzado el estrellato a comienzos de la década gracias a obras como A este lado del paraíso y Los hermosos y malditos, y no menos por su tumultuosa y disipada vida junto a su esposa Zelda. No fue hasta los años 40, tras la muerte del escritor, que empezó a ser valorada y redescubierta por el gran público.

El gran Gastby es un texto de lectura ágil, engañosamente sencillo. Gira alrededor de la enigmática figura de Jay Gatsby y el mundo superficial que le rodea, que en última instancia se revela efímero y hueco, pero los sucesos que marcan su ascenso y caída no tienen en realidad demasiada importancia porque todo ese entramado iba a venirse abajo irremediablemente, y tal vez sea por ello que las adaptaciones de esta novela al cine (un medio que depende tanto de escenas con hechos significativos) han resultado un tanto decepcionantes. Así que, aunque hayáis visto las películas, el libro sin duda merece la pena.

El gran Gastby, Francis Scott Fitzgerald.
Debolsillo, 2012. 192 págs, 9€.

Relaciones

Los tres autores que nos incumben hoy fueron incluidos en la «generación perdida» (término acuñado por Gertrude Stein y popularizado por el propio Hemingway) y mantuvieron relación entre sí. Scott Fizgerald y Hemingway fueron muy amigos durante los años 20 como jóvenes expatriados en Francia en busca del éxito literario, un ambiente fascinante del que participaron muchos otros artistas e intelectuales. Por su parte, Dos Passos vivió la Primera Guerra Mundial (fue precisamente conductor de ambulancias, como el protagonista de Adiós a las armas) y allí conoció a Hemingway. Ambos colaboraron luego en España durante la Guerra Civil, en 1937, en favor del bando republicano, aunque el asesinato de José Robles (precisamente el traductor de Manhattan Transfer) supuso la ruptura de esa amistad. Y si bien es un dato menos publicitado, también Dos Passos conoció a los Fitzgerald hacia 1922. A pesar de que sus respectivos modos de vida hicieron imposible el entendimiento mutuo (Dos Passos encarnaba al escritor comprometido, mientras que Scott Fitzgerald era el epítome de los «locos años 20»), ambos se respetaban y mantuvieron correspondencia hasta la muerte de este último en 1940.

Hemingway habla de su relación con ambos escritores y muchos otros asuntos de la época en París era una fiesta (A Moveable Feast, publicada póstumamente en 1964), un libro muy disfrutable pero con el que hay que andarse con ojo, ya que el amigo Ernest era muy poco de fiar cuando se refería a sí mismo y a sus conocidos, con los que solía mostrarse cruel y despectivo (por ejemplo nunca tragó a Zelda, la esposa de Scott Fitzgerald, a la que calificaba de «loca», y acabó enemistado con Dos Passos por cuestiones ideológicas).

París era una fiesta, Ernest Hemingway.
Debolsillo, 2014. 280 págs, 10€.

lunes, 31 de octubre de 2016

El mal mujer

I met a lady in the meads,
Full beautiful, a fairy’s child;
Her hair was long, her foot was light,
And her eyes were wild.


—John Keats, La Belle Dame sans Merci (1819)

Me gusta analizar los arquetipos literarios y su simbolismo (cada uno tiene sus manías) y hoy pretendo hablar de un tema tan interesante y huidizo en la narrativa como el del mal hecho mujer. Ojo, no me refiero aquí a mujeres malas (de esas está llena la literatura, por motivos que resulta innecesario señalar), sino a mujeres que son el mal encarnado, que lo quieran o no traen la desgracia consigo, en especial a aquellos con la mala fortuna de amarlas o desearlas. En definitiva, de mujeres que son intrínsecamente el Mal, con mayúsculas.

Como figura narrativa es relativamente rara dentro de la literatura moderna, siendo su piedra angular el ya clásico relato de Arthur Machen El gran dios Pan (The Great God Pan, 1894). Presumo que todo aficionado al terror lo conoce (y de lo contrario, debería). Gira en torno a las andanzas de Helen, una misteriosa muchacha que provoca la muerte de cuantos hombres se cruzan en su vida, y que resulta ser la hija de una mujer sometida a un extraño experimento cerebral por parte de un doctor (varón, luego volveremos sobre esto). La maestría del relato está más en cómo lo cuenta Machen, de modo siempre tangencial y con veladas referencias, que en lo que cuenta (de hecho no se sabe qué es lo que les hace Helen a los hombres para que se suiciden, aunque se intuye que es de naturaleza sexual).

Si bien se pueden establecer numerosas correspondencias entre este relato y leyendas paganas o precristianas, lo que me interesa destacar ahora es que Helen «nace» de un experimento llevado a cabo por unos hombres. Esto lo conecta explícitamente con otra obra fundamental para el tema que nos ocupa: La mandrágora, de Hanns Heinz Ewers (Alraune, 1911), donde la joven que da título a la novela fue engendrada, esta vez de forma deliberada, por un grupo de hombres decididos a concebir un ser humano aberrante. La obra de Ewers se ubica dentro del expresionismo alemán (comparte no pocas influencias con la famosa novela de Gustav Meyrink El Gólem (Der Golem, 1914) y es un tanto irregular, pero la mortal fascinación que provoca Alraune en los hombres sin pretenderlo define con claridad el arquetipo que andamos buscando, y además ofrece, al contrario que en El gran dios Pan, una perspectiva sobre la mentalidad de nuestra protagonista, que no actúa por maldad ni interés, sino que «es así», incluso cuando no lo pretende.

Como podéis observar, estas mujeres guardan en su esencia poca relación con el mayor clásico literario sobre seres artificiales, Frankenstein de Mary Shelley (1818). Y no me refiero al aspecto físico (que en el caso de Frankenstein ha ido «monstruizándose» por las versiones cinematográficas), sino a que la criatura de Shelley no era malvada en su esencia, sino que decidía hacer el mal llevada por la soledad y el odio que sentían hacia ella los seres humanos. Sería de igual forma tentador (y seguramente hasta fundado) establecer paralelismos entre nuestro arquetipo y ciertos seres mitológicos femeninos, partiendo de la figura de Lilith hasta llegar a las vampiras, pasando por la medusa o las lamias, pero opino que no conviene hacerlo porque de esas leyendas han surgido otros modelos de personajes femeninos modernos (por ejemplo la femme fatale) y correríamos el riesgo de que nuestras Helens y Alraunes acabaran por no ser más que otra mujer sexy que manipula a los hombres por interés, perdiendo a mi entender esa esencia (maligna e incomprensible) que las hace especiales.

Pero sí que me gustaría trazar puntos en común con dos relatos cortos, también del siglo XIX, como son El hombre de arena de E.T.A. Hoffmann (Der Sandmann, 1816), donde el protagonista se enamora (y acaba por enloquecer a causa de este amor) de la «hija» mecánica de un extraño sabio, y La hija de Rapaccini de Nathaniel Hawthorne (Rappaccini's Daughter, 1844), muchacha esta criada entre las plantas exóticas de su padre, que le ha hecho adquirir el veneno de las mismas.

No es casual que todas estas obras surgieran en etapas de progresiva emancipación de la mujer, como tampoco lo es que siempre haya un hombre en su génesis, una metáfora quizá del miedo a que las «hijas», haciendo suyas las enseñanzas de libertad de sus propios progenitores, las lleven a la práctica y escapen al dominio paterno, no tanto como forma de rebeldía sino como consecuencia intrínseca de los nuevos tiempos.

¿Son por tanto estas dos características del arquetipo (resumo: ser creadas por un varón y ser involuntariamente malignas) inseparables, o podríamos tener la segunda, que para mí es la esencial, pero soslayar la primera sin que el simbolismo perdiera fuerza? En dos de las últimas apariciones reconocibles pero ya deformadas de este tropo, El ser en el umbral de H.P. Lovecraft (The Thing on the Doorstep, 1933) y El tiempo de la noche, de William Sloane (To Walk the Night, 1937), sigue habiendo un varón detrás de todo (en menor medida en esta última), pero el misterio se encuentra en mi opinión debilitado precisamente porque las motivaciones de nuestra «criatura» son en última instancia coherentes con sus intereses, y lo mismo sucede con su génesis, sobrenatural pero comprensible.

¿Es imposible por tanto que este elemento funcione en un entorno moderno, y sólo surgiera como fruto de una sociedad y época determinadas (grosso modo, el siglo XIX y principios del XX hasta la Primera Guerra Mundial)? Quizá sea así. Ciertamente resulta difícil encontrar en la literatura actual representantes modernos de estos conceptos (y cuando aparecen son subvirtiéndolos, como en Helen's Story, de Rosanne Rabinowitz (2013)).

Pero sin obviar la perspectiva sexista que permeaba esos textos, creo sinceramente que no conviene abandonar todavía arquetipos tan fascinantes como misteriosos. Aunque los tiempos hayan cambiado, no olvidemos la tarea del narrador siempre ha sido adaptar a su público las mismas historias que llevan miles de años con nosotros, hallando sus elementos constituyentes y presentándolos de forma que sigan teniendo vigencia. Por ejemplo, ¿ha llegado el momento en que tendría sentido una historia de «El mal hecho varón», o aún no?

lunes, 17 de octubre de 2016

El surrealismo de Kelly Link

Los que seguís este blog con regularidad sabéis ya que con la literatura no busco sólo disfrutar, sino también aprender. Por ello no suelo tratar en Disportancia libros y autores que simplemente me gusten, sino aquellos de los que además se pueda sacar una enseñanza (verbigracia, el artículo referido a El mundo de los ladrones).

Y sin duda Kelly Link pertenece a ese grupo. Autora principalmente de relatos y algunas novelas cortas, la obra de Link destaca sobre todo por su surrealismo y su imaginación desatada; seguramente se la podría englobar en el género del slipstream, si esa etiqueta no estuviera ya tan difuminada.

Tratar de resumir sus historias sería inútil: pasan cosas sorprendentes, y poco más puede decirse en sentido general. Por supuesto no sólo son eso, Link aúna a esos argumentos irreales una prosa elegante y creativa sin la que el entramado no funcionaría, y que llega a recordar a ciertas obras de Neil Gaiman (Coraline, por ejemplo) pero con un estilo propio.

¿Significan estos merecidos elogios que me gusta todo lo que escribe? Pues no, algunos relatos me parecen fascinantes y otros insufribles. Tengo la teoría de que cada persona posee un nivel máximo de surrealismo admisible, y el mío es bastante bajo . Cuando Link toma una situación cotidiana y le añade su imaginación, el resultado suele convencerme, pero si el punto de partida ya carece de lógica (por ejemplo un cuento de hadas o una convención de superhéroes), esa capa de irrealidad adicional ya me vence y me da todo igual porque nada importa ni tiene sentido (otra vez la vieja dicotomía maravilloso / fantástico). Pero en cualquier caso es de esas autoras a las que recomiendo cuando menos conocer (y ya en función del gusto de cada uno, seguir con ella o no).

Un aspecto que deseo mencionar, para que lo tengáis en cuenta, es lo que yo llamo las «trampas». En los relatos, Link plantea a menudo una situación deliciosamente imaginativa y absurda que hace que como lector te preguntes: ¿cómo logrará darle sentido a todo esto? La respuesta, acabas descubriendo, es que no piensa darle sentido. Como es evidente, no entraña la misma dificultad proponer una situación surrealista e intentar darle una explicación, aun cuando no sea natural (por ejemplo lo que se hace El país de las risas), que simplemente ir avanzando y cuando ya nada tenga lógica poner el punto final al relato. Pero ahí también hay una lección que extraer, y es hasta qué punto el lector espera que todo encaje o simplemente busca disfrutar con el texto, algo que sin duda Link sí ofrece.

Ahora bien, aun admitiendo que la falta de explicación sea virtud y no defecto, sigo teniendo la sensación de que en algunos de sus mejores relatos (por ejemplo en los primeros de cada antología, Magia para principiantes y Los del verano) parece como si Link se cansara de la historia que tiene entre manos y se dijera: «venga, a ventilarse esto que ya ha durado mucho». Y tal cual: en un par de páginas la trama da un giro total sin relación aparente con lo anterior y el relato se acaba de forma abrupta. O esa impresión me da a mí, al menos.

En cualquier caso es un buen momento para acercarse a su obra, porque Link ha sido finalista este mismo año del prestigioso premio Pulitzer en la categoría de ficción (aunque al final no lo haya ganado), y en castellano tiene dos antologías publicadas por Seix Barral que aún se pueden conseguir con facilidad.

Precisamente no sé muy bien cómo enfocar la labor de Seix Barral respecto a la obra de Kelly Link. Por un lado, alabo su decisión de traernos a esta autora, con lo poco popular que es aquí el relato corto frente a la omnipresente novela. Pero el formato «alargado» de su colección Biblioteca Furtiva no me gusta, la región de texto queda demasiado estirada en lo vertical (en una proporción de 2 a 1 respecto al ancho) y las líneas me resultan demasiado cortas. Ya, manías, pero incomoda.

Luego está el tema del precio. La primera antología empezó costando 19€ y, como no debió de vender mucho, se rebajó el año pasado a 5.65€, iniciativa que aplaudo. Pero ahora sale el segundo, con bastantes menos páginas y de nuevo en tapa blanda, por 18€. Pues señores editores, casi seguro que le pasará lo mismo que al primero. Yo me lo pillé porque tenía un descuento de Amazon, que si no…

Pero lo que de verdad no entiendo son esos cambios de la edición en castellano respecto al original. El primer libro, Magia para lectores, toma relatos que en inglés aparecían en las antologías Magic for Beginners, Pretty Monsters y Stranger Things Happen. ¿Por qué? Ni idea. Una especie de selección, imagino. El segundo, A mí no me engañas, sí es tal cual la antología Get in Trouble. Pero ¿a qué obedece ese cambio de título? Es más, ¿a qué esos cambios en ambas portadas, ninguna de las cuales tiene nada que ver con cualquiera de los relatos que incluye? (y que tampoco se pueden considerar bonitas). No sé, son decisiones editoriales que se me escapan.

Magia para lectores, Kelly Link.
Seix Barral, 2011. 440 págs, 19€/5.65€.
A mí no me engañas, Kelly Link.
Seix Barral, 2015. 348 págs, 18€.

jueves, 6 de octubre de 2016

Cursiva enfática, cuanto menos mejor

Con cursiva enfática, por si hiciera falta recordarlo, nos referimos al uso de letra cursiva para recalcar alguna palabra dentro de la frase, aun cuando mantenga su significado habitual. Por ejemplo: «No ha sido siempre el hombre señor de la tierra… Pero ¿lo es ahora?» (Robert E. Howard, La piedra negra).

Por cierto, a la cursiva también se la conoce como bastardilla, y la letra «normal» se llama redonda. Que lo sepáis.

Bien, aunque pueda parecer lo contrario el uso de la cursiva no está regulado en piedra, ya que no forma parte de la ortografía sino de las normas de estilo (y lo mismo se puede decir de las comillas), y lo que se le pide a un texto ante todo es coherencia a la hora de usar una y otras. La RAE recomienda la cursiva para indicar palabras en otro idioma, vulgarismos y en general palabras usadas como metalenguaje (incluyendo títulos de obras), pero sí que suele admitir, así como quien no quiere la cosa, el uso de la cursiva para dar énfasis a una palabra o parte de la misma, sin más aclaraciones. Por otra parte, si pilláis manuales de estilo os dirán por lo general que la cursiva enfática es anatema, que ni se os ocurra usarla. ¡Vade retro!

Yo no soy tan categórico, porque la cursiva enfática cumple una función a la hora de transmitir información al lector, como cualquier otro signo, y por tanto debemos considerarla, pero sí que recomiendo encarecidamente usarla lo menos posible, reservándola sólo para casos de verdadera necesidad. Primero, porque es un recurso que pretende transmitir fuerza, y de mucho usarse pierde su efecto durante la lectura, y segundo porque casi siempre queda mal y se tiende a abusar de ella sin criterio.

No es algo que deba extrañarnos. La cursiva enfática es muy usada en la literatura anglosajona, y dentro de ella aún más en los relatos y novelas de terror, para intentar conseguir un efecto impactante durante la narración. Y como vivimos en una sociedad enormemente influida por esa cultura, donde muchos de los libros que leemos son traducciones del inglés, se nos está contagiando el vicio.

Por eso os pido, amigos traductores, que por favor no caigáis en el error de dejar la cursiva enfática tal cual estaba en el original. No queda bien, muchas veces es innecesaria y molesta la lectura, y lo que es peor, inducís a jóvenes e impresionables escritores a seguir tan nefanda costumbre. Si entendemos que no se traduce palabra a palabra, ¿por qué se iba a trasladar el tipo de letra tal cual? Así como el castellano usa menos el gerundio que el inglés, lo mismo usa menos la cursiva enfática, y muchas veces quitándola se capta perfectamente el sentido de la frase (o, si hace falta, se añade algún apoyo para alcanzar ese mismo énfasis con naturalidad).

Veamos algunas muestras de cursiva enfática tomadas de El otro modelo de Pickman, de Caitlín R. Kiernan. En el libro aparecen todas en menos de una página de distancia (sin duda excesivo):

—¿A quién? ¿Cómo conocí a quién? (…)
—¿Importa mucho? Eso ocurrió hace mucho tiempo, Hace muchos, muchos años. Él está muerto. (…)
—El hombre está muerto —dijo con voz inexpresiva—. Y si por alguna casualidad no lo está, bueno (…)
—Y usted es un tipo obstinado.

Mínimo minomorum, sobran ahí la segunda y la cuarta cursivas. ¿Qué importancia tienen «años» y «es» que no se capte ya con las palabras en redonda? Y la tercera queda poco natural al leerla en castellano (probad a hacerlo en voz alta, enfatizando sólo el «no», ¿a que suena raro? Otra que yo quitaría, sólo la primera tiene un pase.

Repito que eso no significa que no uséis nunca este recurso, sino sólo cuando tiene sentido y ayuda a la narración. La cursiva enfática, con mesura y criterio, puede ser muy útil en momentos puntuales de la narración, de lo contrario acaba pareciendo un truco barato para compensar una prosa deficiente.

jueves, 29 de septiembre de 2016

Narraciones que no volverán

Hoy, si me lo permitís, me gustaría hablaros de Narraciones Extraordinarias (y otras no tanto), el último libro de Pedro López Manzano. Y digo último en sentido estricto, puesto que Pedro falleció el pasado mes de agosto.

Colega en esto de intentar abrirse paso en la literatura de género y compañero de diversas antologías (encontraréis varios comentarios suyos en este mismo blog, el suyo fue Cree lo que quieras), Pedro publicó (autopublicó, si eso supone algún menoscabo) Narraciones Extraordinarias (y otras no tanto) en Amazon a mediados de julio, cuando sin duda ya sentía que su tiempo se acababa, y contiene una amplia selección de sus escritos a lo largo de más de una década de esfuerzo literario.

Los relatos oscilan entre el terror y la ciencia ficción humanista, y lo mismo hacen en su longitud, alternando microrrelatos entre otros de extensión más convencional, una sabia decisión que aligera la lectura. Esta antología incluye varios de los textos aparecidos ya en miNatura, Calabazas en el Trastero o Visiones (aunque observo que otros se han quedado fuera) pero la mayoría son inéditos, entre ellos el relato que fue finalista del premio Domingo Santos el año pasado o la novela corta de ciencia ficción que pone fin al libro, Los Carceleros.

Aunque al principio destaca un horror muy visual (repulsivo incluso), pronto se va dejando notar ese sentido del humor tan característico de las obras de Pedro, así como un profundo optimismo vital que se impone pese a la crudeza de algunos de los temas tratados. No me atrevo a resumir en pocas palabras más de cuatrocientas páginas de historias tan diferentes, pero Narraciones Extraordinarias (y otras no tanto) supone buena muestra de esa actitud comprometida con el arte narrativo que tanto he alabado, laboriosa y desprovista de soberbia, aspecto que se comprueba en el propio título del volumen.

El libro también está disponible en e-book para Kindle, pero he preferido adquirirlo en formato físico (me da más sensación de perdurabilidad). Esta ha sido mi primera experiencia con el sistema de print-on-demand de Amazon, que como sabéis funciona bajo la denominación de CreateSpace Independent Publishing Platform. La calidad global de mi ejemplar es buena, aunque la encuadernación en tapa blanda queda un poco frágil para tantas páginas.

En ese sentido, la maquetación del texto juega en su contra y se podría haber cuidado más, tanto en el tamaño de letra (de haber sido un poco más pequeño se ahorrarían páginas sin perder legibilidad) como en los márgenes y las sangrías de diálogo. Ya imagino que Pedro no tuvo tiempo de pulir estos detalles que, de todas formas, no afectan a su calidad conjunta, beneficiada también por una excelente portada futurista obra de Manuel Velázquez Pérez.

Hasta siempre, Pedro, te echaremos de menos.

Narraciones Extraordinarias (y otras no tanto)
Pedro López Manzano.
CreateSpace IPP (Amazon), 2016. 440 págs, 15€.

lunes, 19 de septiembre de 2016

En busca del título

Al entregar el manuscrito definitivo (que no sé por qué se les sigue llamando manuscritos si son siempre archivos digitales, pero bueno) de lo que luego sería La Fuente de las Tinieblas, allá por noviembre de 2014, le faltaba todavía algo. Un detallito de nada. No tenía título.

No es tan raro como parece. Conforme la gente de Edge y yo íbamos intercambiando correos y llamadas hasta concretar el proyecto (un proceso de años, y no exagero), el concepto que cuajó era «relatos suburbanos de los Mitos de Cthulhu», y siempre nos referíamos a él de esa forma. Pero claro, una vez entregada y aceptada la versión final, parecía evidente que no resultaba un título apropiado, era demasiado descriptivo y muy poco evocador, y se decidió que pasaría a ser el subtítulo. ¿Cuál sería entonces el título propiamente dicho?

En un principio no estaba demasiado preocupado, al contrario. Recuerdo que cuando hacía mis pinitos literarios de chaval tenía siempre a punto un título muy majo, y hasta me inventaba portadas y maquetaba el texto, pero luego nunca terminaba lo que escribía (y cuando lo hacía era un desastre). Culminar toda una antología con sus cien mil palabras sin tener aún un título para ella me parecía señal de madurez, de estar centrado en lo importante y no en lo accesorio. Pero claro, llegaba el momento de dar ese paso, y no era sencillo.

Había que pensárselo bien. Ya hablé hace tiempo (en los inicios de este blog) de la importancia del título, pero entonces me refería casi exclusivamente a las historias cortas. Y es que los títulos de los relatos son más fáciles, suelen surgir de forma natural mientras escribes, normalmente de un aspecto fundamental de la trama o por una frase definitoria que aparezca en el texto. Yo suelo tirar por títulos cortos, de una palabra o concepto pretendidamente impactante: «Arúspice», «Bookcrossing», «Litopedion», «Neotenia», «Atractor extraño», «Linea nigra», «factor campo»… Otras veces me inclino por algo más largo que suene inquietante: «Sabemos lo que te gusta», «El cuclillo de los pájaros daltónicos», «Hasta que no ocurre una desgracia», «Las estrellas están en posición»… ¿Podía estar por ahí la clave? No acababa de verlo.

Probamos primero con varias alteraciones del subtítulo, por ejemplo «Mitos Suburbanos: Relatos de los Mitos de Cthulhu en el extrarradio» y otros similares, pero quedaba bastante (muy) pobre. Buscando un elemento en común de las historias, aparte de su ambientación suburbana, surgió evidentemente el de Fontenebra, la ciudad ficticia donde se emplazan, y ese fue por un tiempo el título provisional. Pero claro, como bien me señalaron desde Edge: ¿qué es «Fontenebra», con qué puede vincularlo el lector que se tope con la portada? Con nada, claro. No servía.

Fue entonces cuando descubrí que «La Fuente de las Tinieblas», un término que se revela importante en la antología y sobre el que no profundizaré ahora por no spoilearos nada, es realmente un concepto que aparece mencionado en los manuscritos del Mar Muerto:

De la fuente de la certidumbre proceden las generaciones de la verdad,
y de la fuente de las tinieblas las generaciones de la iniquidad.

Ideal. Ya teníamos título, con unas connotaciones siniestras aun cuando no supieras nada de los relatos. Y hasta una cita inicial para justificarlo sin que el lector sospechara demasiado . A partir de ese momento no hubo apenas dudas. El subtítulo y el logo de «Mitos de Cthulhu», común a toda la línea, permitirían al lector saber que lo que tenía delante era una antología lovecraftiana y el título y la portada se encargarían de darle personalidad propia.

Visto en retrospectiva, creo que fue una buena decisión.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Feynman, ese curioso personaje

He aquí una entrada atípica en Disportancia (aunque ya habréis observado que aquí lo atípico es típico). Pero para contaros toda la historia he de retroceder al pasado remoto: en mis tiempos de universitario, ya cansado de tantas ecuaciones y teorías, saqué de la biblioteca de la facultad de Ciencias Físicas un par de libros muy curiosos: ¿Está usted de broma, Sr. Feynman? y ¿Qué te importa lo que piensen los demás? Aparte de poseer un título entre interrogaciones, ambos tienen en común que forman una especie de autobiografía de Richard Feynman, uno de los físicos más conocidos y peculiares del siglo XX, y su lectura me resultó fascinante.

Los libros regresaron a la biblioteca universitaria, evidentemente, y sólo conservaba de ellos un buen recuerdo. Pero hace poco me regalaron el primero y, tras releerlo, he tenido que hacerme también con el otro. Como he dicho, no son exactamente biografías ni memorias, sino que surgen de las grabaciones de las charlas que mantuvo Feynman con Ralph Leighton, hijo de uno de sus colegas; se podría decir que forman una especie de recopilación de anécdotas de la vida de Feynman y, creedme, tuvo muchas. No esperéis un rollo sobre física, porque no va de eso (aunque evidentemente su vida giró alrededor de la ciencia), ya que Feynman fue también músico, pintor, trabajó en el proyecto Manhattan (el de la bomba atómica), se pasó un par de años en Brasil donde acabó tocando en una banda de samba, se dedicaba a abrir cajas fuertes, ganó el premio Nobel, fue declarado deficiente mental por el ejército, y participó en la comisión de investigación del desastre del transbordador espacial Challenger, entre otras muchas cosas. Seguramente ya hayáis oído hablar de estos libros y no me siento capaz de resumir todo lo que aparece en ellos; sin duda los recomiendo y, además, la edición de Alianza es muy correcta y por una vez no tiene un precio disparatado.

Como digo, estos tomos siguen constituyendo una lectura fascinante y una ventana abierta a ese curioso personaje que fue Feynman («aventuras de un curioso personaje» viene a ser precisamente del subtítulo de ambos libros). Dicho eso, prefiero centrarme aquí en las impresiones que he extraído al reencontrarme con los textos y las discrepancias con lo que recordaba, señal seguramente de mi propia evolución personal (ya que los textos son los mismos que entonces ).

El primer aspecto a tener en cuenta (y que no consideré de joven) es que esta «biografía» no es necesariamente fiable ni exhaustiva; al fin y al cabo son historias que Feynman le contaba a un amigo mucho más joven que él, quizá para impresionarle, y que fueron pasadas luego a libro. No dudo que lo que se cuenta en ellos sea más o menos real (porque Feynman, aparte de inteligente, era extraordinariamente perseverante, por lo que a lo largo de los años llegó a ser muy hábil en muchas cosas), pero sí que es todo muy feynmancéntrico, como si siempre fuese él el centro de atención. El gran Murray Gell-Mann, padre de la teoría de los quarks y compañero de Feynman en Caltech (y diana a menudo de las ironías de este), dijo en cierta ocasión de Feynman: «era muy buen científico, pero dedicaba demasiado esfuerzo a generar anécdotas sobre sí mismo».

Este egocentrismo se observa bien en ¿Está usted de broma, Sr. Feynman? Por ejemplo, a partir de cierto momento se pasa a hablar del premio Nobel, que Feynman recibió en 1965 por sus avances en electrodinámica cuántica: cómo le despertaron los periodistas de madrugada para darle la noticia cuando lo único que él quería era seguir durmiendo, los planes que hizo luego para saltarse el protocolo delante de los reyes suecos, etc. Pero a lo largo de todos esos capítulos no se menciona en ningún momento que ese premio Nobel que obtuvo lo compartía con Julian Schwinger y Sin-Itiro Tomonaga, un dato nada trivial. Ni siquiera se les menciona; sólo aparece Feynman quejándose de lo rollo que fue recibir el premio Nobel.

Otra de las cosas que más me ha sorprendido en esta relectura es lo mujeriego que fue Feynman a lo largo de toda su vida. Diría que más de la mitad de sus anécdotas tienen que ver con chicas, generalmente jóvenes, rubias y escasas de ropa. Es cierto que la primera vez que leí estos libros tendría unos veinte años e iba más salido que el pico de una mesa, por lo que seguramente me resultara de lo más natural que Feynman también. Y no tengo nada en contra de ello, por supuesto, pero me pregunto si alguna de esas aventuras se solapó con sus tres matrimonios (no es fácil asegurarlo porque el texto no es estrictamente cronológico). De hecho, Feynman fue igual de perseverante en la búsqueda de parejas sexuales que en otros aspectos de su vida, frecuentaba bares de alterne y top-less incluso siendo ya bastante mayor (leed, leed), y sus elaboradas estrategias para ligar y los comentarios que hace sobre las chicas llegan a ser inquietantemente insensibles. Hay que tener en cuenta que Feynman era, a la vez, inteligente, sociable y poco empático, lo que constituye la receta de un magnífico manipulador. Muestra de ello es, por ejemplo, cuando en los años 40 se inventaba complicados modos de dejar la propina para que las pobres camareras acabaran empapadas intentando coger una monedita, y que hoy día parecen decididamente crueles.

Pero si os quedáis con esa sensación, os recomiendo que sigáis la lectura con ¿Qué te importa lo que piensen los demás?, el segundo tomo de estas pseudomemorias. No resulta tan interesante como el primero, principalmente porque casi la mitad está dedicada a la investigación sobre el accidente del Challenger, cuando Feynman ya estaba mayor y enfermo (murió un par de años después y ya le fallaba su proverbial entusiasmo), pero el libro incluye también la única etapa en la que se le nota verdadero afecto. Corresponde a su noviazgo y efímero matrimonio con Arline (en otras fuentes aparece como Arlene), su primer amor, que estuvo enferma durante muchos años de tuberculosis linfática y falleció cuando él trabajaba en Los Álamos. Es una historia triste pero muy emotiva, aunque como siempre Feynman nunca se permite caer en lo melodramático (también podéis leer la carta que le escribió a Arline dos años después de perderla). Por eso digo que quizá el resto de anécdotas tampoco nos estén revelando al verdadero individuo, sólo la imagen que le gustaba mostrar.

No son estos los únicos tomos interesantes sobre Feynman, y de hecho en la facultad debí de leer algún otro, porque recuerdo con claridad varias historias de su trato con Gell-Mann (por ejemplo esa gran anécdota sobre la pronunciación de Montreal) que no aparecen en estos dos. Y luego está su vertiente como profesor, por la que también alcanzó gran fama y que ha sido recogida en diversas publicaciones de sus cursos y conferencias (sus Lectures on Physics siguen siendo un clásico obligado). Pero sin duda estos dos libros son el punto de contacto más adecuado con este curioso, curiosísimo personaje y su época.

¿Está usted de broma, Sr. Feynman?
Richard Feynman y Ralph Leighton.
Alianza, 1987 (3ª ed. 2016). 524 págs, 14.20€.
¿Qué te importa lo que piensen los demás?
Richard Feynman y Ralph Leighton.
Alianza, 1990 (3ª ed. 2016). 333 págs, 13.20€.

martes, 23 de agosto de 2016

«Sacrificio» en Hierro y Huesos

Dejo de lado por un momento La Fuente de las Tinieblas (aunque volveré con ella, tranquilos) para hablar de otro de mis relatos, titulado Sacrificio, que acaba de aparecer en el primer número de la revista electrónica Hierro y Huesos.

Como el resto de la revista, Sacrificio es un relato de espada y brujería, de hecho el primero que publico dentro de este género. Pero el caso es que también tiene mucho de lovecraftiano (ya se sabe que la cabra tira al monte), y en realidad podría considerarse de "espada y horror cósmico", si se me permite la osadía.

No es algo inaudito, por supuesto; nihil novum sub sole. Robert E. Howard, al que podríamos considerar padre del género, formó parte a su vez del círculo original de escritores de los Mitos de Cthulhu, y Fritz Leiber añadió toques lovecraftianos a varias de sus historias de Fafhrd y el Ratonero Gris (y si no hubo más fue porque el propio Lovecraft, del que el joven Leiber era corresponsal, así se lo aconsejó). Y por supuesto, muchos de los relatos decadentistas de Clark Ashton Smith estaban a caballo entre un reino y el otro. Esas son mis principales inspiraciones, junto a la mítica saga de la Tierra Moribunda de Jack vance (que a su vez debe mucho a la obra seminal de Smith). Sentía que merecía la pena avanzar en esa suma de conceptos que, a mi entender, puede funcionar muy bien y aportar cosas nuevas a ambos géneros.

Como os podéis imaginar, no se trata de coger el típico mundo de fantasía, «ponerle tentáculos» y ya está (eso, como se ha demostrado numerosas veces, no funciona). Para conservar la sensación de terror ignoto en un entorno de fantasía hace falta cuidar el tono (necesariamente oscuro), las situaciones y los personajes para que no se nos vayan de las manos, y definir cuidadosamente el tipo de magia que va a existir, ya que donde todo es posible nada da miedo (puesto que siempre se podrá superar de alguna forma).

Escribí este relato hace tiempo, aunque por diversas vicisitudes hasta ahora no ha podido ver la luz, y la verdad es que tengo muchas ideas para seguir por ese camino. Demasiadas, de hecho, y me cuesta ordenarlas y sacar de ellas algo coherente, aunque puede que aproveche la aparición de este para intentarlo. ¿Habrá interés por parte del público? Eso nunca se sabe, pero os invito desde ya a leer Hierro y Huesos (que por si no lo he dicho ya, es gratuita ) y disfrutar tanto de mi historia como del resto de la revista.

Hierro y Huesos, Tomo I, varios autores.
Saco de Huesos, 2016. 132 págs, 0€ (y la voluntad).

sábado, 6 de agosto de 2016

El mundo de los ladrones: un experimento literario

A menudo las obras literarias resultan más interesantes por el concepto que plantean que por su resultado final. Este es el caso de Thieves' World, El mundo de los ladrones, un proyecto colectivo nacido en 1978 de la mente del ya fallecido Robert Lynn Asprin y que llegó a cosechar un considerable éxito, con más de una docena de antologías publicadas y varias novelas desde ese año hasta finales de los 80, amén de adaptaciones a juegos de rol, cómics, etc.

La idea de partida era que diversos autores compartieran un mismo mundo de fantasía, con su trasfondo y sus personajes, de forma que no necesitaran crear de cero un nuevo universo para sus relatos y estos se enriquecieran mediante la interacción con los de otros escritores. Nada revolucionario, como veis. Podríamos decir, por ejemplo, que los Mitos de Cthulhu creados por Lovecraft y ampliados por su círculo de corresponsales y posteriores admiradores vienen a formar un concepto similar, y no mucho después de Thieves' World aparecieron ambientaciones compartidas dentro de su mismo género de fantasía medieval, como Dragonlance o Forgotten Realms (ambas derivadas de D&D).

No obstante, en El mundo de los ladrones se planteaba esta contribución colectiva de forma deliberada y más orquestada, con una lista de localizaciones y personajes secundarios disponibles para ser usados en los relatos, deidades y religiones, normas concernientes a los personajes principales de otros autores (por ejemplo, no matarlos sin permiso de su creador) y, como entorno principal, una ciudad fronteriza sin ley, Santuario, bien definida y cartografiada. Pero el principal rasgo diferencial era la existencia de un coordinador que orientaba e informaba a los diversos participantes e imponía su criterio sobre lo que se aceptaba y lo que no (tarea de la que se encargaba el propio Robert L. Asprin y posteriormente la que entonces era su esposa, Lynn Abbey).

Pero por buenos que sean los mimbres, el meollo siempre estará en los relatos, y me temo que estos por lo general son mediocres. Y eso que para los primeros volúmenes de la saga se buscó a autores de renombre, pero (a mi juicio al menos) la cosa no acaba de cuajar, y me atrevería a decir que en el caso de Poul Anderson o Marion Zimmer Bradley, por citar un par de los que firman la primera antología, alcanzan el nivel de vergüenza ajena (¡y no hablamos precisamente de unos donnadies!).

¿Cuál puede ser la razón? Tal vez que los textos están forzosamente centrados en el personaje estelar de cada autor y por ello resultan poco vivaces, o que nadie se atrevía a arriesgarse demasiado por no incomodar a sus compañeros, no lo sé. Cuenta Asprin que su preocupación estaba en evitar en la medida de lo posible las incoherencias argumentales entre unos relatos y otros (personajes que mueren en una historia y aparecen vivos en otra, y cosas así), algo que me parece irrelevante, mientras que son las marcadas diferencias de estilo entre un relato y otro las que hacen difícil «meterse» en la sociedad que nos propone.

Fantasía sucia

Pero lo que me interesa principalmente de El mundo de los ladrones, aparte del concepto colaborativo, es su estilo de fantasía oscura (o más bien «sucia»), en un entorno de poca magia y una ciudad llena de corrupción y bajos instintos, donde las buenas intenciones son rápidamente aplastadas por la cruda realidad. Un estilo que, lo confieso, me recuerda al mío cuando me pongo a escribir cosas de espada y brujería. Quizá por ese motivo varios de estos relatos han perseverado en mi memoria a lo largo de los años pese a su discutible calidad.

Englobado dentro de las corrientes literarias de finales de los 70 y primeros 80, este tono tan alejado de la «alta fantasía» de J.R.R. Tolkien, Ursula K. LeGuin o Lloyd Alexander encaja bien en su tiempo. Hablamos de los años de Stephen R. Donaldson (con sus Crónicas de Thomas Covenant el Incrédulo), Elizabeth A. Lynn, Tanith Lee (autoras insuficientemente traducidas al castellano), Michael Moorcock (vale, este ponía más magia en sus historias) o Roger Zelazny (que estuvo a punto de participar en Thieves' World). Y evidentemente Santuario debe mucho al Lankhmar de Fritz Leiber, cuya saga de Fafhrd y el Ratonero Gris seguía vigente y había alcanzado su punto álgido sólo unos años antes.

Ahora bien, ¿qué tal ha resistido el paso del tiempo ese estilo sucio lleno de personajes ambiguos? En Santuario abundan la prostitución, la esclavitud, las drogas, el crimen, la tortura… Lo que llamaríamos temas «maduros». Pero a menudo esos recursos no funcionan como se pretendía, producen un efecto contrario que casi resulta hilarante. Salvo por algunas honrosas excepciones, recuerdan a un adolescente que trata en vano de impresionar haciéndose el duro y soltando tacos. Y eso me preocupa, porque hace que me plantee si mis propias historias, donde aparecen a veces esos elementos narrativos, podrían adolecer de los mismos defectos.

¿Cuál es la raíz del problema? Esto supone adentarse ya en el reino de las opiniones intransferibles, pero me gustaría sugerir dos posibles explicaciones. Una, que en algunos relatos las tramas no dependen realmente de esos aspectos siniestros, y por lo tanto la aparición de estos se diría un capricho del autor. Y dos, también suele ocurrir que el tono global de estas historias no encaja con asuntos tan crueles; después de tanta depravación resultan al final casi ingenuas en sus planteamientos, y en este sentido hubiese sido aconsejable inclinarse más hacia la vertiente de terror de la fantasía oscura. Son aspectos, en cualquier caso, que pienso tener en cuenta cuando me desempeñe en este género.

Puede que recordéis que la editorial Ultramar publicó en su momento los dos primeros volúmenes de El mundo de los ladrones en castellano, dentro de su colección de literatura fantástica (que en su breve recorrido nos ofreció maravillas como El país de las risas o los primeros tomos de la saga de Xanth de Piers Anthony). Desafortunadamente, la editorial estaba ya dando sus últimos coletazos y esta colección tuvo mucho menos recorrido que la de ciencia ficción. Desde entonces nadie se ha atrevido a seguir editando en nuestro idioma esta serie (ni la de Xanth, ahora que lo pienso).

El mundo de los ladrones, varios autores.
Ultramar, 1989. 285 págs.
Historias del Vulgar Unicornio, varios autores.
Ultramar, 1989. 303 págs.

miércoles, 13 de julio de 2016

El aspecto de las tinieblas

Nos guste o no, lo cierto es que la portada de un libro es fundamental para atraer al lector y, por lo tanto, para su difusión. Os podría contar anécdotas de antologías que se han quedado acumulando polvo sin pena ni gloria; de pronto la editorial reedita una de ellas con una nueva portada, más atractiva, siendo el libro idéntico en lo demás: la nueva edición se agota en dos semanas. Quizá no sea justo juzgar un libro por su portada, pero lo hacemos continuamente y es un aspecto que debe cuidarse al máximo.

Por suerte, al publicar con Edge sabía que se iban a esmerar en eso, porque su mercado principal (los juegos de mesa) también depende mucho de que el producto resulte visualmente atractivo. No obstante, quería tratar el tema con atención. Las antologías previas de los Mitos que habían sacado tenían unas portadas muy bonitas y tentaculares (ejemplo), pero no era ese exactamente el estilo que yo consideraba que le convenía a mi libro: son ilustraciones, por decirlo de algún modo, demasiado «nítidas», demasiado claras para lo que yo tenía en mente.

Para La Fuente de las Tinieblas quería algo más difuso: la realidad cotidiana se funde con el terror arcaico, sin que sea fácil determinar dónde termina una y empieza el otro. Y me inclinaba por un paleta de colores más azulada, tirando a negro, como el anochecer y las sombras que se apoderan del mundo. Y debo decir que según se lo contaba a J.M. Rey (el boss de Edge), me respondía que ya había pensado todo eso, y era cierto.

El primer boceto de Antonio Máinez que me llegó, y que tenéis al principio del artículo, ya iba muy bien encaminado. Un remanso de luz en un mar de sombras, revelando lo que no debe mostrarse, y con frugalidad de trazos. De ahí a la imagen final de portada y contraportada, que podéis ver junto a estas líneas, todo fue rodado (vale, ajustar los textos de la contraportada no fue sencillo, como veis aún sufrieron cambios desde entonces a la versión definitiva).

Me gusta que la imagen se extienda por detrás del libro (con su árbol y su pájaro siniestro). No sé si se apreciarán bien a este tamaño otros aspectos que emanan de los relatos y que decidimos incluir para alcanzar la atmósfera adecuada, como la fábrica, los grafitis de la pared o esas irregularidades del suelo, pero creedme, están ahí.

Interior

La gente de Edge también quiso darle más interés visual al interior del libro (yo creo que se asustaron al ver párrafos tan largos como los que escribo ), así que cada relato viene precedido de una ilustración en blanco y negro a doble cara.

La gracia es que entre todas ellas forman una escena bastante macabra y lovecraftiana, aunque tengo la duda de si se apreciará bien en el volumen físico. La he montado en un pequeño GIF animado para que podáis disfrutarla sin arrancar páginas del libro (al final estas ilustraciones interiores no llevan el título del relato, el GIF está hecho a partir de una versión previa de los dibujos).

En mi opinión, el resultado conjunto es muy bueno. Se trata de un libro visualmente atractivo y que además ofrece una imagen fiel de su contenido (cuántas portadas atractivas hay que no tienen nada que ver con el texto). Ahora sólo falta que el contenido también os guste, claro .

Cómo conseguirlo

La fuente de las tinieblas está a la venta desde el 8 de julio. Se puede conseguir en grandes librerías (FNAC, Casa del Libro), tiendas especializadas y en librerías online, y estos son algunos enlaces que os ayudarán a localizarlo:

Dentro de las tiendas online, está en Amazon, en Edge Entertainment o en Cyberdark.

Si preferís comprar en tiendas «de verdad», estos son los puntos de venta de la distribuidora, SD Distribuciones. Normalmente las tiendas que lleven juegos de Edge o de los Mitos lo tendrán.

Si os movéis por grandes superficies, también está disponible en el FNAC y en la Casa del Libro.

Y para adquirirlo desde el extranjero, la mejor opción parece ser Book Depository; sale un poco más caro pero no hay gastos de envío y, por experiencias de lectores, funciona bien.

La fuente de las tinieblas, Aitor Solar.
Edge Entertainment, 2016. 315 págs, 19.95€.

jueves, 7 de julio de 2016

Unboxing de La Fuente de las Tinieblas

Oh, Edge Entertainment nos ha enviado una caja, ¿qué contendrá?

¡Bien, son chuches!

Vaya, parece que para acabar de llenar la caja también han metido algunos libros

Umm, La Fuente de las Tinieblas de Aitor Solar. ¿De qué me sonará eso?

Ah, pues tienen buena pinta. Tapa dura, portada a color…

¡Con introducción y todo, como los profesionales!

Hala, esto está lleno de letras.

Ah, bien, también trae algunas ilustraciones.

Y visto por detrás también mola.

Este ha sido, en clave humorística, nuestro unboxing de las copias de autor de La Fuente de las Tinieblas (aquí más información sobre esta antología), que llega mañana día 8 de julio a las librerías.

Por si no se ve en las fotos, la encuadernación es cosida y encolada; el libro no pesa mucho, es cómodo de llevar. La letra es pequeña pero no diminuta como en otras antología previas, se lee bien. Como veis, la calidad física es muy alta y ahora sólo falta que os gusten los contenidos .

Cómo conseguirlo

La fuente de las tinieblas está a la venta desde el 8 de julio. Se puede conseguir en grandes librerías (FNAC, Casa del Libro), tiendas especializadas y en librerías online, y estos son algunos enlaces que os ayudarán a localizarlo:

Dentro de las tiendas online, está en Amazon, en Edge Entertainment o en Cyberdark.

Si preferís comprar en tiendas «de verdad», estos son los puntos de venta de la distribuidora, SD Distribuciones. Normalmente las tiendas que lleven juegos de Edge o de los Mitos lo tendrán.

Si os movéis por grandes superficies, también está disponible en el FNAC y en la Casa del Libro.

Y para adquirirlo desde el extranjero, la mejor opción parece ser Book Depository; sale un poco más caro pero no hay gastos de envío y, por experiencias de lectores, funciona bien.

La fuente de las tinieblas, Aitor Solar.
Edge Entertainment, 2016. 315 págs, 19.95€.