viernes, 26 de mayo de 2017

Bajo mi cama (microrrelato)

El anterior micro que subí al blog (aquí) tuvo una acogida bastante buena, así que he decidido poner este otro que escribí el año pasado. En su momento lo mandé a un concurso de microrrelatos de terror, debo reconocer que con ciertas esperanzas (y por supuesto en vano, no fue ni finalista).

Con Bajo mi cama pretendía darle una vuelta de tuerca a una típica situación de las historias de terror. Vosotros juzgaréis si lo logré. Son 433 palabras, título incluido.

Bajo mi cama

—Cariño, vamos a salir ya, ¿te estás vistiendo?

No respondí, no pensaba ir con ellos se pusieran como se pusieran. Estaba harto de tener que acompañarles siempre a esas aburridas visitas familiares. ¿Por qué no me podía quedar en casa? No era cierto que fuera todavía demasiado pequeño, y se lo iba a demostrar.

Sí, estaba decidido. Esta vez ni mamá ni papá me harían cambiar de opinión. Me habían dejado la ropa encima de la cama para que tardara lo menos posible, pero no iba a vestirme, seguía en pijama en actitud desafiante.

Mamá volvió a llamarme al pie de la escalera. No podía verme desde allí porque la puerta de mi cuarto estaba entornada, pero por si acaso venía decidí buscar ya un escondite. Seguro que debajo de la cama no me encontraría. Me metí rápidamente, encantado de mi ingenio.

Ya se la oía subir la escalera hacia mi cuarto, así que me quedé inmóvil para que no me descubriera.

—Cielo, te he llamado ya varias veces. ¿Estás listo o no?

Ahogué una risita para no delatarme. Esta vez sí que no me encontrarían, tendrían que irse sin mí.

De pronto oí una voz. Mi voz.

—Sí, mamá, enseguida voy.

Me tapé la boca instintivamente, pero comprendí que yo no había dicho nada. ¿Entonces quién había hablado?

En eso noté que el somier que tenía encima se hundía en varios lugares. ¿Había algo encima del colchón? ¡Pero si mi mamá no había llegado a entrar en el cuarto!

Me quedé aún más inmóvil y silencioso. Entonces, dos pies con calcetines descendieron delante de mis ojos, abiertos como platos, y unas manos de niño les pusieron mis zapatos con parsimonia. Luego las manos volvieron a desaparecer y el colchón crujió una vez más. Los pies se fueron convirtiendo en unas piernas que se pararon delante de la puerta, la abrieron y salieron.

—Estupendo, cariño —oí que decía mi madre al otro lado—, vámonos ya.

¿Es que no notaban nada? ¿No se daban cuenta de que ese no era yo? Estaba seguro de que volverían enseguida a buscarme, salí de debajo de la cama y bajé a esperarles delante de la puerta, pero pasaron horas y nada. Volví a mi cuarto a llorar. Al rato se abrió la puerta: era mi familia que regresaba, pero estaban charlando alegremente como si no hubiera pasado nada, y oí que alguien venía directo a mi habitación. Me asusté, y volví a esconderme antes de que eso me descubriera.

Desde entonces vivo aquí abajo, aterrado del monstruo que hay encima de mi cama.

viernes, 12 de mayo de 2017

El sello de Ponapé

Acaba de salir publicada Adoradores de Cthulhu, una antología coordinada por Rubén Serrano y editada por Edge Entertainment, que como podéis imaginar gira alrededor de nuestro Primigenio favorito. Y al igual que sucedía en la anterior, Ritos de Dunwch, participo con un relato de mi cosecha. En esta ocasión es El sello de Ponapé, título que hace un pequeño juego de palabras con una antigua historia de August Derleth, El sello de R'lyeh.

La trama guarda mucha relación con las Carolinas Españolas, una de las colonias menos conocidas de nuestra historia: un grupito disperso de islas situadas en medio del Pacífico, al este de Filipinas, y cuya dominación fue en su mayor parte meramente nominal, con llegadas puntuales de barcos que se espaciaban décadas.

Una de estas islas es Ponapé, la actual Pohnpei, lugar de capital importancia dentro del Culto a Cthulhu y con una historia propia muy curiosa, con ruinas precoloniales como las de Nan Madol y donde hubo graves conflictos con algunas tribus nativas. Para documentarme, además de los recursos habituales, fueron de extrema ayuda varios hilos con recopilación de datos sobre este archipiélago que encontré en el Foro de Historia Militar el Gran Capitán y en el Foro de Historia Naval Todo Avante. Mi agradecimiento.

Pero la narración en sí se sitúa en la actualidad (aproximadamente) y en Madrid, donde alguien trata de recomponer ciertos sucesos acaecidos poco antes de la rápida descolonización de las Carolinas (las islas fueron vendidas a Alemania en 1899, tras la pérdida de las Filipinas) y qué relación guardan con unos misteriosos sellos postales que quizá nunca existieron. ¿Suena bien o no? Con menos que esto se han hecho películas, señores .

Confieso que una de las satisfacciones personales que me dio escribir esta historia fue poder recrear los recuerdos que conservo de cuando acompañaba de niño a mi padre a los puestos de filatelia de la Plaza Mayor, que es uno de los principales escenarios del relato. Son las pequeñas recompensas que da la literatura (porque dinero ya os digo que no). Al final, ¿qué sentido tiene escribir, si no pones un poco de ti en lo que haces?

Por cierto, no creo que casi nadie recuerde el artículo que dediqué hace tiempo al llamado aspecto de Innsmouth, y cómo lo relacionaba en ese momento con la imagen de la modelo Jennifer Sullins. Pues bien, entonces estaba refiriéndome a este relato y a una de sus protagonistas. Y ya doy muchas pistas…

Así que ahí lo dejo. Espero que os guste El sello de Ponapé (y el resto de la antología, ya puestos), y que en el futuro podamos volver a encontrarnos en alguna otra historia.

Adoradores de Cthulhu, varios autores.
Edge Entertainment, 2017. 245 págs, 9€.

jueves, 4 de mayo de 2017

Premio Nosferatu por «Fiesta pagana»

Sorpresa primaveral: mi relato Fiesta pagana se ha llevado el premio Nosferatu de Calabazas en el Trastero, que otorgan los lectores de esta publicación de la editorial Saco de Huesos al mejor relato aparecido en cada número.

No me lo esperaba, y me ha hecho especial ilusión porque ya sabéis que Fiesta pagana es una historia con la que quedé muy satisfecho (y no es habitual que me pase eso). Además resulta muy apropiado, casi una señal, que haya sido premiada precisamente a primeros de mayo (y por qué digo esto lo comprenderéis si la leéis ). Espero que este número de Calabazas salga pronto en Lektu, ya que al ser el primer relato del libro aparecerá como adelanto gratuito y podréis disfrutarlo sin soltar pasta.

Otro de mis cuentos ya ganó este premio en el Calabazas: Conspiraciones, y el póster que se entrega es siempre el mismo (salvo por el texto, claro), así que no sé muy bien dónde ponerlo, que a este paso mi casa va a parecer un templo vampírico…

Calabazas en el Trastero 20: Máscaras, varios autores.
Saco de Huesos, 2016. 158 págs, 7€.

viernes, 28 de abril de 2017

Pobreza en el círculo de Lovecraft

Desde hace un tiempo vienen preocupándome las desigualdades socioeconómicas (un tema que, curiosamente, no interesa demasiado en ciertos ambientes literarios supuestamente concienciados) y, ya yendo a la temática de este blog, la influencia de estos asuntos en la creación literaria. No es casualidad que casi todos los escritores del s.XIX y anteriores provinieran de buena familia; escribir ha sido, a lo largo de la historia, un lujo, y sólo a partir del establecimiento de una amplia clase media con acceso a la educación y cierta seguridad económica, así como un mercado editorial sólido, ha podido la literatura abandonar los círculos elitistas. Y viendo que esas desigualdades regresan y son cada vez mayores, me temo que esa época toca ya a su fin.

No os extrañará, dadas mis aficiones, que me haya fijado especialmente en diversos autores de lo que ahora llamamos horror cósmico o lovecraftiano, alrededor de los que se ha creado un halo de éxito que poco tiene que ver con la realidad. La fama que ahora les rodea contrasta cruelmente con lo que fue su vida, casi siempre al borde de la pobreza.

El caso principal y más sangrante, por supuesto, es el del propio Howard Phillips Lovecraft. La cruel ironía de que sus obras muevan ahora millones de dólares y se publiquen en multitud de idiomas (por no hablar de la infinidad de licencias y productos derivados), cuando su creador vivió siempre al borde de la miseria, consumiendo los últimos restos de la fortuna familiar y malvendiendo sus labores de corrector y ghostwriter (negro literario) por cuatro perras, después de asumir que sus propios relatos no tenían el menor valor, le hacen a uno considerar la injusticia inherente al mercado editorial. Pero esta situación no se limitó al ahora considerado maestro de Providence, sino que afectó a casi todos los miembros de pleno derecho de ese círculo, con las posibles excepciones de August Derleth y Robert Bloch, que sí gozaron de cierto éxito en vida.

Por ejemplo Frank Belknap Long, conocido entre los aficionados al horror cósmico principalmente como creador de los terribles perros de Tíndalos y que sobrevivió a la mayoría de sus contemporáneos hasta alcanzar los 92 años, pasó la última etapa de su vida sumido en una extrema pobreza junto a su esposa Lyda, a pesar de haber recibido premios tan prestigiosos como el World Fantasy Award y el Bram Stoker, sin haber alcanzado nunca el éxito económico tras una carrera literaria de casi siete décadas. Si no recuerdo mal, era Darrell Schweitzer el que narraba con tristeza cómo, durante una entrevista que hizo a la pareja en 1990, estos buscaban ansiosos cualquier medio de cobrar algún dinero por la misma o malvendiendo los pocos manuscritos originales que conservaban. Cuando falleció en 1994, Long fue enterrado en una fosa común para indigentes.

Por su parte, la infancia de Robert E. Howard fue una sucesión de casas solitarias y humildes en Texas, a pesar de que su padre era médico, una profesión en principio respetable (se dice que Isaac Mordecai Howard no congeniaba con sus vecinos lo suficiente como para establecerse de manera definitiva, y también que malgastaba el dinero invirtiendo en planes descabellados). Y la situación no mejoró con los años. Aunque la biografía de Sprague de Camp es poco precisa, creo que refleja con acierto la impresión de llegar, incluso décadas más tarde y con mejores medios de transporte, a esa casa perdida de Cross Plains donde R.E. Howard murió.

Si bien es cierto que para cuando R.E.H. se suicidó en 1936, había logrado estabilizar unos ingresos anuales bastante respetables para provenir sólo de publicaciones en revistas pulp, el dinero se le iba continuamente en el tratamiento para la tuberculosis terminal de su madre, y estimaba que sus perspectivas editoriales se aproximaban a un callejón sin salida, en particular por los crecientes retrasos en el pago de Weird Tales. Es otro caso que hace pensar, viendo el éxito mundial que alcanzaron posteriormente sus historias y personajes, Conan el Bárbaro entre ellos, y el género de espada y brujería que él prácticamente fundó.

Un ejemplo extremo podría ser el de Clark Ashton Smith, como se puede leer en la excelente introducción de Luis Gámez a El libro de Hiperbórea, editado por Cátedra. Smith, seguramente el más dotado artísticamente de todo ese grupo de autores, gozó con sus primeras publicaciones de un prometedor éxito entre los más selectos círculos poéticos de su época y la crítica especializada, y lo mismo se aplicó un tiempo después a sus exposiciones de pintura.

Sin embargo aquello no duró ni le trajo rédito económico alguno. Viviendo durante décadas de trabajos esporádicos, siempre al borde de la pobreza, siguió cuidando de sus padres en la vieja cabaña familiar del norte de California hasta que estos murieron. Aquejado por diversos achaques que en último extremo él mismo vinculaba a sus perennes dificultades pecuniarias, C.A.S. no se casó hasta cumplidos los 60 años. En adelante subsistió haciendo pequeños trabajos de jardinería, hasta que llegó su hora en 1961. Triste destino para quien fuera considerado un niño prodigio, un lamento por lo que pudo ser y no fue que a menudo se deja ver en sus obras más personales.

Y me gustaría terminar con la reveladora historia de Margaret Brundage. Brundage no pertenecía al círculo lovecraftiano, pues era ilustradora, pero a su mano corresponden muchas de las famosas portadas de la época dorada de la revista Weird Tales. Casada con un hombre alcohólico que apenas se pasaba por casa, Brundage (nacida Margaret Hedda Johnson) logró mantener a su hijo y a su madre vendiendo sus ilustraciones a las revistas pulp del momento. Sus obras, firmadas con un aséptico «M. Brundage», eran apreciadas por el público por su sexualidad implícita y sus heroínas desvalidas.

A mediados de los años 30 fueron creciendo las quejas puritanas sobre la naturaleza de esas portadas, y el editor no tuvo mejor idea que revelar que la autora era una mujer. Las críticas aminoraron, pero Brundage no logró trabajo con otras editoriales «decentes». Y tampoco con la propia Weird Tales cuando esta se trasladó a Nueva York en 1938 y hubo de cumplir las normas morales municipales para vender en los quioscos de la Gran Manzana. Brundage pasó los últimos años de su vida en relativa pobreza y murió en 1976, cuatro años después de su hijo. Sus originales (muchos de los cuales fueron robados en convenciones) alcanzan ahora precios de varias decenas de miles de dólares.

Prefiero dejarlo aquí, antes de deprimirme más. Por supuesto, esto podría extenderse a numerosos géneros literarios y otros campos de la cultura; el éxito económico y la calidad rara vez van de la mano. Pero una sociedad que permita al menos que sus creadores no se mueran de hambre, no digamos ya que reciban una justa retribución por sus obras, siempre me parecerá más deseable.

Nota: El «Cthulhu mendigo» que abre el artículo corresponde a la ilustración Beggar, de Andrey Surnov.

martes, 18 de abril de 2017

Verba Dicendi

Ya habréis observado que soy un lector muy pejiguero, me molestan cosas como el abuso de la cursiva enfática o la pobreza lingüística del texto. Pero hay otro fallo que me suele poner de muy mal humor cuando me lo encuentro en un libro, y para mi desgracia aparece muy a menudo, incluso en editoriales prestigiosas que supuestamente cuentan con correctores profesionales: me refiero al tema de las mayúsculas/minúsculas en los incisos de los diálogos.

La mayor parte de los escritores y traductores dominan las reglas básicas de la puntuación en los diálogos (igual no tantos, pero no me voy a poner ahora a explicarlas, que son un rollo), y saben que los apuntes explicativos dentro de una frase van en minúsculas, ¿cierto? Por ejemplo:

—Hola —dijo el chico—. ¿Sabes quién soy?

Bien, pues resulta que no siempre es así. Es como lo de los años bisiestos, que casi todo el mundo cree que son cada cuatro años, y no es exactamente eso. De la misma forma, no siempre el inciso va en minúscula; a veces va en mayúscula (con un punto delante, por supuesto). Estudiad la siguiente frase:

—¡Tú! —se puso en pie—. ¿Qué haces aquí?

El inciso «se puso en pie» debería empezar en mayúsculas, porque no está modificando el diálogo previo, son conceptos independientes (y que no os líen los signos de admiración, no influyen). Por lo tanto, será:

—¡Tú! —Se puso en pie—. ¿Qué haces aquí?

En realidad en estos casos sólo van en minúsculas los llamados «verbos declarativos», «verbos de habla» o, si queréis dároslas de latinistas, verba dicendi. La definición habitual es que son verbos que designan acciones comunicativas, y encontraréis un buen resumen en Wikilengua.

Yo, que soy de ciencias y no entiendo de estas cosas, veo esta clasificación muy confusa. La lista en cuestión, además de extensa, no se aplica siempre tal cual, ya que según el contexto un mismo verbo puede actuar como declarativo o no, como es el caso de «señalar» y otros:

—No es tal como lo cuentas —señaló ella.

—No es ahí. —Señaló más lejos—. Pasó en aquella casa.

Por eso veo mucho más conveniente fijarse simplemente en si el inciso se refiere de forma directa a lo que se está diciendo, o si por el contrario introduce una acción diferente, ya sea simultánea o intercalada. Como regla general, si podéis pasar el inciso a otra línea y sigue teniendo sentido, es que es independiente:

—No es ahí.
Señaló más lejos.
—Pasó en aquella casa.

Seguro que hay ejemplos ambiguos donde ambos enfoques podrían ser correctos, pero desde luego muchos casos no lo son, y estoy harto de encontrármelos continuamente mal puntuados en libros por los que he pagado una pasta. No debería suceder algo así.

Y si me molesta que dejen esos incisos en minúscula no es por capricho o por cumplir normas abstrusas, es que queda mal, son construcciones que al leerlas suenan erróneas en la cabeza (probadlo, es inmediato), porque dan a entender que la explicación se refiere al texto adyacente previo, y sin embargo no es así. No cuesta nada tomárselo en serio y hacer un buen trabajo.

miércoles, 5 de abril de 2017

En el país de los ciegos (microrrelato)

Llevo muchísimo sin subir un microrrelato, así que he pensado: ¿por qué no? Este lo escribí hace un tiempo, del tirón; cuando ves con claridad una idea y es sencilla, se escribe sola.

Son 272 palabras, título incluido. Que lo disfrutéis.

En el país de los ciegos

En el país de los ciegos, el tuerto era el rey. No era un mal rey; siempre se preocupaba por las necesidades de sus súbditos y, puesto que veía (aunque fuera con un solo ojo), para ellos era una gran ayuda. Podía decirles cómo resolver situaciones donde el tacto y el oído no bastaban, cosa que en un reino, aunque fuera pequeño, sucedía a menudo. Lo nombraron rey al poco de llegar a aquellas tierras y no se habían arrepentido.

En efecto, el rey del país de los ciegos no había nacido allí, sino que provenía del país de los que ven, y podría regresar a él si quisiera. Pues, si bien los ciegos solían encontrar muchos obstáculos para vivir en ese otro reino, él se las apañaba bastante bien con su ojo bueno. Pero no pensaba volver allí. Porque claro, en el país de los que ven, el no sería rey, ni siquiera un ciudadano corriente, sería sólo un tuerto. Y allí era rey.

Pero no era mal rey, de veras. Era generoso y bien dispuesto. Por ejemplo, cada vez que sus súbditos tenían un hijo, el rey se acercaba a preocuparse por la salud de la madre y bendecir la llegada del recién nacido con una moneda de oro. Y si ocurría que el bebé tenía los ojos normales, él era el único que podía verlo, y se encargaba de inmediato de dejarlo ciego antes de que sus padres se dieran cuenta de que no era como los demás.

En el país de los ciegos, el tuerto era el rey. Y pensaba seguir siéndolo.

Sí, tiene bastante mala leche. Siempre me entran dudas antes de subir algún relatillo al blog, por si podría usarlo para otra cosa, pero no creo que este encontrase lugar en ningún certamen (y de todos modos, los concursos de micros se me dan fatal). Así que ahí se queda.

martes, 21 de marzo de 2017

Así fue la presentación de La Fuente de las Tinieblas

El pasado sábado 18 de marzo tuvo lugar la presentación de La Fuente de las Tinieblas, mi antología de relatos de los Mitos de Cthulhu, en el Centro de Arte de Alcobendas, dentro de las actividades del IV Día de Lovecraft organizado por La Mano Festival (y que justo este año coincidía con el 80º aniversario de la muerte de HPL).

Dejadme deciros antes de nada que fue un gran día. Seguramente si leéis esto sólo os interese informaros sobre la presentación en sí, pero toda la jornada fue para mí estupenda, charlando y jugando en grata compañía; antiguos y nuevos amigos como Whagan (& Son), Phlegm, Yurch, Gorgo, Sr.Perro, Brián & Wife… Una retahíla de pseudónimos que igual no tienen sentido para nosotros, pero cuya presencia fue muy importante para Misne y para mí.

De hecho, estuvimos tan a gusto que apenas pude preparar nada para la tarde. Y es que tenía muchas ideas en la cabeza sobre cosas que quería comentar durante la presentación, pero nada concreto apuntado. Lo sé, soy un desastre. Así que me presenté en la estupenda sala de conferencias del Centro de Arte nervioso y lleno de dudas. Y encima Óscar Mariscal que no venía; me veía ya en la tesitura de presentar solo el libro, así que le pedí a Carlos García que subiera conmigo al estrado, y él, gran amigo, ni lo dudó. Estábamos ya por empezar cuando, justo en el último instante, llegó Óscar, casi a la carrera desde la estación de cercanías. Así que cogimos otra silla y nos lanzamos los tres a hablar de Fontenebra.

Normalmente en cuanto te pones a hablar los nervios y la timidez se evaporan, especialmente si se trata de un tema que dominas y te gusta, y en este caso ambas condiciones se cumplían con creces. Pero claro, como no lo llevaba apuntado hubo temas importantes que habría pasado por alto de no ser por las convenientes intervenciones de Óscar y Carlos, reconduciendo la charla hacia aspectos esenciales como la necesaria reconversión de los arquetipos lovecraftianos o la carga de dilema moral que poseen muchos de los relatos de la antología.

También el público (¡muchas gracias por venir!) estuvo muy atinado con sus preguntas, indagando por ejemplo sobre hasta qué punto recogían los relatos una mentalidad social moderna (que está ahí y mucho, por supuesto, aunque sin llegar a lo panfletario), o cómo había influido en el el proyecto una extensión tan larga (el libro tiene más de 100.000 palabras). En el vídeo podéis disfrutar de toda la presentación, que a mi juicio resultó amena e interesante.

Cuando terminamos llegó el turno de las firmas (con ciertas prisas porque a las 19:15 comenzaba otra conferencia en la misma sala). Honestamente no esperaba tener que dedicar más que uno o dos libros (por cierto, llevamos seis ejemplares a las jornadas y se vendieron todos), así que fue una agradable sorpresa comprobar que se adelantaban varios lectores con su ejemplar de La Fuente de las Tinieblas, y que incluso habiéndolo leído ya querían que se lo firmara 😀. Siempre recomiendan prepararse dos o tres frases para firmar en las presentaciones, y ahí sí llegaba con los deberes hechos. Eso sí, espero que se entienda mi letra, me temo que siempre es así de mala.

Eso es todo, os dejo con la grabación del evento, realizada y postproducida por Misne. Reitero mi agradecimiento a Óscar Mariscal y Carlos García, y lo hago extensible a la organización de La Mano Fest, que se portó de maravilla y puso a nuestra disposición tanto las instalaciones como todo su esfuerzo para que un día tan importante saliera así de bien. Gracias también a todos aquellos que asistieron a la presentación; espero que lo disfrutaseis y, si aún no habéis leído La Fuente de las Tinieblas, que sea de vuestro agrado. Nos vemos.

domingo, 19 de marzo de 2017

A dos millas de Dunwich

Edge acaba de publicar Ritos de Dunwich, una nueva antología de los Mitos de Cthulhu coordinada por Rubén Serrano, centrada en este caso en la degenerada comunidad rural de Dunwich, Massachusetts, no muy lejos de Arkham. Si sois aficionados a la obra de Lovecraft no hace falta que os diga más, salvo que participo en este recopilatorio con un relato titulado A dos millas de Dunwich.

Es este un relato largo (más de doce mil palabras, el más extenso de la antología) y tuve que realizarlo con muy poco margen de tiempo. De hecho, confieso que mi primera intención fue rechazar el ofrecimiento de participar, pero me parecía feo después de haber insistido tanto en que Nocte se abriera a otros autores ajenos a la asociación para las antologías, y también porque una idea se estaba filtrando ya en mi inquieta mente.

Como digo a menudo, lo que me atrae de una criatura o lugar de ficción es el simbolismo que porta. Casi sin querer, me puse a pensar en Dunwich, la temática de la antología. ¿Qué simboliza Dunwich en la obra de Lovecraft? Puede que penséis en las hechicerías de los Whateley o en criaturas que aplastan graneros, pero para mí está claro que HPL estaba hablando en realidad de la endogamia y la locura que provoca el aislamiento de las pequeñas comunidades. Es, si queréis verlo así, la otra cara de la moneda de su habitual temor al mestizaje y la mezcla racial. Endogamia… Eso despertó en mí el recuerdo de algo que me contaron hace muchos años y que me impresionó bastante, una historia al parecer real sobre un soldado y la petición que le hizo un grupo religioso aislado… Y no puedo leer más de la tarjetita .

Necesitaba un lugar para emplazar la trama. No existe en teoría una base militar cerca de Dunwich o de Arkham, pero sí que está el puesto de los guardacostas en Kingsport (en la misma región), tal como lo recordaba del suplemento de rol Kingsport: la ciudad en las brumas (y que por lo visto se inventó Kevin Ross). Investigar y documentarme sobre el cuerpo de guardacostas de los Estados Unidos, y en particular respecto al periodo de adiestramiento de los nuevos reclutas hacia mitad del siglo XX, fue difícil pero muy interesante. Una consecuencia colateral de ambientar el relato en un entorno tan poco usual es que la parte de terror se toma su tiempo en arrancar, por la necesidad de crear primero un ambiente creíble, pero creo que merece la pena.

Una anécdota curiosa. Durante la trama hago mención de pasada a una valerosa acción de los cuardacostas de esa zona de Nueva Inglaterra en 1952, el rescate del Pendleton. Pues bien, descubro ahora que hace aproximadamente un año se estrenó una película sobre ese suceso, llamada La hora decisiva. No tenía ni idea, la verdad. Como ya sabéis, desde que se escribe un relato hasta que se publica pasa mucho tiempo, este en particular lo entregué en junio de 2015, cuando el film no estaba ni anunciado.

Una película que sí aparece en el texto es The Beast from 20,000 Fathoms (1953), un poco chorra pero donde se encargó de los «efectos especiales» un tal Ray Harryhausen. Eso y el protagonismo en la historia de un Plymouth Deluxe Convertible (un modelo aparecido incialmente en 1950) nos permite datar la narración a principios de esa década. Es una época poco habitual para las historias de los Mitos de Cthulhu, pero eso precisamente hacía que resultara mucho más fascinante. Espero que compartáis mi opinión y disfrutéis de esta «bonita» historia de amor…

Ritos de Dunwich, varios autores.
Edge Entertainment, 2017. 333 págs, 10€.

viernes, 3 de marzo de 2017

Presentación de La Fuente de las Tinieblas

¡Por fin! Hasta ahora La Fuente de las Tinieblas no había podido disfrutar, por diversas circunstancias, de una presentación como está mandado. Pero eso se acabó, habrá presentación y será en el mejor entorno posible, El IV Día de Lovecraft en Alcobendas (Madrid), el sábado 18 de Marzo a las 18:00.

Para los que no conozcáis el libro, será un modo estupendo de adentrarse en los misterios de Fontenebra. Y si ya lo habéis leído, contaré cosas sobre la gestación del proyecto y las relaciones ocultas entre los relatos, además de lo que queráis preguntar sobre esta, mi primera antología en solitario.

Y como no soy de los que les gusta hablar sólo de su libro, a mi lado estará el gran Óscar Mariscal, con el que charlaremos de las características del terror lovecraftiano ambientado en la actualidad (como el de La Fuente de las Tinieblas) frente al de la época clásica. Venid si podéis, lo pasaremos bien.

También firmaré ejemplares (si alguien quiere que se lo firme, claro), y luego podemos tomarnos algo mientras hacemos tiempo para disfrutar del resto de actividades, como por ejemplo la proyección de la película Dagón en el auditorio, que será un rato después de nuestra presentación.

El Día de Lovecraft se desarrolla en el Centro de Arte de Alcobendas (cómo llegar). Está bien comunicado; en transporte público, lo mejor es ir hasta la estación de Cercanías de Alcobendas - SS de los Reyes y luego caminar como unos diez minutos, y en coche pues acercarse hasta Alcobendas e intentar aparcar.

No lo olvidéis: El 18 a las 18, os esperamos en Alcobendas .

miércoles, 22 de febrero de 2017

Cuarteto de Los Ángeles

Estaba pensando yo el otro día que he hablado muy poco de novela negra en este blog, tan sólo aquella reseña de las primeras obras de Raymond Chandler. Toca remediarlo, y qué mejor para ello que tratar de la opus magna de James Ellroy, con la que renovó e insufló nuevas energías en el género a finales de los años 80 y primeros 90: el Cuarteto de Los Ángeles, formado por cuatro novelas escritas entre 1987 y 1992.

Todas ellas están ambientadas alrededor de los años 50 en el cuerpo de policía de Los Ángeles, California, el muy corrupto y muy violento LAPD en una época en la que este era la autoridad incontestable de la ciudad. Las conexiones entre las novelas son puntuales: personajes secundarios, sucesos a los que se hace referencia, etc. De hecho se pueden leer en cualquier orden, aunque siempre es recomendable empezar por el principio. Lo que más destaca (mucho más que los endebles argumentos) es el estilo y la prosa de Ellroy, que se adaptan como un guante al submundo que nos presenta.

Estas novelas han pasado por infinidad de editoriales y tiradas, yo las leí en una barata que sacó Ediciones B en su momento, pero si no las tenéis ya (y me sorprendería) no hay dificultad en encontrar versiones actuales.

La dalia negra

Este fue mi primer contacto con la prosa de Ellroy, y la sensación fue como recibir un derechazo en la mandíbula, analogía que no está fuera de lugar ya que toda la primera parte de The Black Dahlia (1987) gira alrededor de los combates de boxeo entre dos miembros del cuerpo de policía, que luego se unen para investigar un crimen. Aunque así dicho tiene demasiado sentido, así que borradlo de vuestras cabezas; la verdad es que en la historia pasan un montón de cosas y no me veo capaz de unirlas en una explicación coherente. Seguramente Ellroy tampoco. Pero es una lectura casi imposible de dejar a un lado, que ya muestra la «potencia» (por llamar de algún modo a esa cualidad) de su prosa cuando se siente cómodo.

La novela está inspirada (puntualmente) en un famoso asesinato real ocurrido en 1947 que quedó oficialmente sin esclarecer (aunque había un sospechoso muy prometedor), y en mi opinión bebe también de clásicos del género como El sueño eterno, cosa que no puede ser mala. Fue llevada al cine, aunque mucho después que L.A. Confidential, en una película de 2005 dirigida por Brian de Palma que, francamente, es bastante mala y tiene aún menos sentido que el libro.

La dalia negra, James Ellroy.
Ediciones B, 2004. 531 págs.

El gran desierto

Lo voy a decir sin ambages: para mí The Big Nowhere (1988) es la mejor entrega del ciclo y, seguramente, de la historia de la novela negra. Ellroy cambia la temática de fondo, prescinde parcialmente de los conflictos raciales que suelen destacar en su retrato de Los Ángeles y toma como telón el conflicto político en la época de la caza de brujas del macarthismo. Narrativamente decide también arriesgar y adopta una estructura de protagonista triple, con tres policías que investigan por libre casos que acaban confluyendo, un esquema que debió de convencerle porque también lo empleó en su siguiente novela.

Ellroy aprovecha magistralmente el hecho de que el lector conozca los datos de las tres investigaciones pero cada protagonista sólo la suya propia (porque, típico del autor, no se fían de los demás) para crear una gran tensión en la que dan ganas de gritarle al personaje: «¡ahí lo tienes, sigue esa pista y lo descubrirás todo!». Y, por supuesto, el autor no cede un ápice a los deseos del lector y conduce a sus personajes a finales desastrosos y malsanos. Chapeau.

El gran desierto, James Ellroy.
Ediciones B, 2005. 570 págs.

L.A. Confidential

Con diferencia la novela más famosa de la serie (y me parece que la primera que se publicó en castellano) gracias a la película de 1997 que hasta se nos ha colado en la portada del libro (una costumbre detestada por los puristas, que lo sepáis).

En L.A. Confidential (1990) el autor recupera hasta cierto punto el esquema de tres policías investigando cada uno por su cuenta que tan buenos resultados dio en la anterior novela, aquí de nuevo con la brutalidad policial y los disturbios raciales como desencadenantes del argumento, pero en esta ocasión los personajes están más trabajados y poseen un carácter bien definido, aunque por otro lado perdemos la tensión interrelacional de El gran desierto. De igual forma es una excelente novela.

Debe de ser de los pocos casos en que tanto el libro como la adaptación al cine merecen totalmente la pena, cada uno por sus propias virtudes. El film realiza una labor de poda y simplificación que le hace mucho bien a la trama (que resulta así más clara y comprensible), pero a la vez se pierden muchos detalles y ese nihilismo azaroso tan característico de Ellroy. Esta diferencia se observa perfectamente en el final, bastante diferente de la novela a la película.

L.A. Confidential, James Ellroy.
Ediciones B, 2004. 611 págs.

Jazz blanco

El final de la serie es un tanto decepcionante, por lo menos para mí. Con White Jazz (1992) Ellroy vuelve a un esquema más simple de narrador único, lo que de por sí no tiene nada de malo, y se centra en los trapos más sucios del LAPD (a los que como siempre el autor añade muchos otros temas, como en este caso la inquietante figura de Howard Hughes).

Pero si en los libros anteriores teníamos personajes que se movían por la fina línea que separa el bien del mal, aquí nuestro policía, el teniente Klein, se halla firmemente asentado en el lado oscuro (y no me refiero a Star Wars, no me seáis críos) sin sentir el menor remordimiento mientras comete sus crímenes, con lo que la simpatía que podamos experimentar por él pronto se esfuma. Y la coherencia de la trama no es más sólida que en ocasiones anteriores.

Como interés paralelo de la novela, asistimos a la conclusión de la lucha intestina del cuerpo de policía de Los Ángeles entre el corrupto Dudley Smith y el manipulador Ed Exley (uno de los protagonistas de L.A. Confidential), lo que al menos deja sensación de final de ciclo.

Jazz blanco, James Ellroy.
Ediciones B, 2006. 477 págs.

Clandestino

Pero si esto es un cuarteto, ¿qué pinta aquí un quinto libro? En realidad Clandestine fue publicada en 1982, años antes de que diera comienzo propiamente dicho el cuarteto de L.A. (es, de hecho, la segunda novela de Ellroy). Sin embargo, se ambienta en el mismo «universo compartido»; se desarrolla en el seno del LAPD en 1951 y aparecen personajes que luego regresarían en los libros principales, como Michael Breuning y el brutal teniente de policía Dudley Smith. Como era de esperar, se acabó publicando en castellano para aprovechar el tirón de las otras novelas.

No sé si se le nota demasiado que en esas fechas Ellroy aún no había depurado del todo su estilo, o que yo ya estaba un poco cansado después de cuatro libros sobre temas similares, pero el caso es que Clandestino me resultó una novela más agotadora que satisfactoria. Tiene aspectos interesantes, entre otras cosas porque Ellroy hace aquí un ejercicio de autoficción, metiendo elementos del asesinato de su propia madre en 1958 como parte de la investigación policial del protagonista, y también porque se inclina más por el plano sentimental que en obras posteriores, pero en general no lo recomendaría como toma de contacto con el autor o con la serie de Los Ángeles en su conjunto. No obstante, si os han gustado los otros y queréis seguir con Ellroy, puede ser una buena opción.

Clandestino, James Ellroy.
Ediciones B, 2013. 477 págs.

jueves, 16 de febrero de 2017

Las estrellas estuvieron en posición

El otro día, navegando por DeviantArt, descubrí la preciosa ilustración The Old Astronomer, obra de Charlie Bowater, que inmediatamente me recordó a Las estrellas están en posición, el primer relato que logré publicar, hace ahora poco más de cuatro años. Una historia ambientada en los años 20 con una muchacha y las estrellas como protagonistas.

La primera vez siempre es especial (esto se aplica a muchas facetas de la vida ), pero con el tiempo te das cuenta de que sólo es especial para uno mismo. En la brutal avalancha continua de libros, relatos, novelas y cualquier cosa que imaginemos relacionada con la literatura, tu creación es apenas una estrella más en el firmamento, un grano de arena que pronto pasará al olvido (si es que llegó a salir de él), sumergido por la marea.

Afortunadamente aquel libro en particular (Calabazas en el Trastero 12: Horror Cósmico) sigue a la venta después de todo este tiempo, porque Saco de Huesos es una editorial pequeña pero mantiene vivas sus publicaciones (y tampoco es que se agoten normalmente las ediciones, para qué nos vamos a engañar), pero otros relatos de los que publiqué por esa época son ya ilocalizables. Es normal, es inevitable y en el fondo a nadie le preocupa. No, en muchos casos ni a los propios autores: sólo importa el futuro, dicen, hay que generar más contenido, publicar nuevos textos, mantenerse en la cresta de la ola.

¿Os habéis fijado, por ejemplo, en la cantidad de novelas y antologías que se publican cada mes, y las poquísimas reediciones que salen? O que casi nunca haya recopilaciones de relatos antiguos, todo ha de ser inédito (hasta lo exigen en las bases de los concursos, como si los hipotéticos lectores fuesen a conocer ya esas ignoradas historias). Todo nuevo, efímero, condenado al olvido. ¿Creaste algo bueno hace años? No sirve, está gastado, consumido, «hay que mirar hacia delante». El ayer no existe. Yo que que pensaba que lo bonito de la literatura era precisamente la intemporalidad de lo escrito, su permanencia a lo largo de siglos, y ya ves.

Pues a mí me gusta mirar hacia atrás, reencontrarme con viejas historias, volver a aprender lo que sabía en ese momento y he olvidado desde entonces. Recuperar incluso, cuando merece la pena, antiguos textos que no han perdido su valor, y darles una nueva oportunidad. Ya digo, un auténtico inadaptado.

miércoles, 8 de febrero de 2017

A la hora de escribir un relato

Parece que fue ayer cuando aparecía por primera vez en un libro una de mis historias, y a lo tonto ya llevo como treinta relatos publicados. Quieras que no, eso te va dando experiencia (aunque sea a golpes); ciertamente tengo las cosas más claras que al principio, aunque es bien sabido que la práctica nunca sustituye al talento.

No estoy en situación de dar lecciones a nadie, ni ganas, pero me consta que algunos seres (pocos, pero algunos y quizá humanos) leen los artículos que subo, por lo que he pensado que una breve guía puede serles de utilidad si por algún azar del destino desean meterse en este mundillo que tan pocas alegrías da.

Ya sabéis que odio con toda mi alma esas listas de «X cosas que debes hacer para escribir bien», porque para cada norma que dan hay alguna obra maestra de la literatura que se la salta a la torera, así que esto son meros consejos nacidos de mi experiencia, que quizá le resulten de utilidad a alguien. En el fondo todos son de mero sentido común, como suele ocurrir.

Apúntalo todo

Cuando lo veas en tu cabeza, apúntalo de inmediato; es muy fácil que pierdas la inspiración o te olvides de aspectos importantes. Sé que parece imposible, lo tienes tan claro que no se te va a ir… Pues pasará. Escenas, argumentos, motivaciones… Aunque sólo sea una descripción aislada que te seduce, ponla ya en negro sobre blanco. No hay excusa para no llevar siempre encima un cuadernillo de notas y un boli: son baratos y muy útiles.

Y aunque luego te acuerdes de la idea, sigue siendo mejor apuntarlo en caliente. Aunque no lo parezca, un texto fresco queda mucho mejor que cuando hay que tirar de memoria, en especial los diálogos, donde una pequeña diferencia en las palabras puede hacer que pierdan toda la fuerza.

Parte de un esquema

Hay quien puede ponerse a escribir por el comienzo y tira millas hasta llegar al final, bravo por ellos. Yo no soy así, y de hecho tengo serias dudas de que ese sistema funcione para algo mínimamente extenso o complejo. Para mí, el esquema es mi mejor amigo: divido el argumento en partes bien diferenciadas y apunto qué pasa en cada una y qué extensión aproximada tendrá. Si el esquema está bien hecho (y esto es más complicado de lo que parece), se comprueba de un vistazo si la historia funciona y merece la pena.

Lo ideal es que cada sección comprenda aproximadamente una escena, y que estén más o menos equilibradas. De hecho, he aprendido en mis carnes que no basta con apuntar de antemano lo que pasa, sino también por qué: tener clara la conexión causal entre episodios o secciones es muy importante. Trabajar a partir del esquema permite además copiar en su sección correspondiente todo lo que hemos anotado en nuestro cuadernillo de ideas, de forma que las secciones crezcan a partir de esas semillas, lo que sirve para superar el típico bloqueo inicial ante el papel en blanco.

Reduce personajes

Los personajes son como las pelotas de los malabaristas: hay que mantenerlos en movimiento todo el rato y no deben chocar entre sí. Y como sabréis si lo habéis intentado alguna vez, la dificultad crece exponencialmente con cada elemento adicional (inciso ameno: récord del mundo de malabares con siete bolas de forma sostenida). Con un alto número de personajes, lo más probable es que algunos estén poco desarrollados, poco aprovechados o despisten al lector. Repasa la lista de personajes y comprueba si son necesarios. Si puedes eliminar alguno, hazlo. Si puedes fusionar dos en uno, mejor aún.

Y diferencia bien los que queden, en personalidad, aspecto físico y hasta modo de expresarse. Idealmente uno debería saber qué personaje está interviniendo sólo con leer sus palabras, sin necesidad del «dijo Fulanito», aunque ya sé que no siempre es fácil conseguirlo. Un truco que suelo usar es no dar nombre a los personajes, así te tienes que asegurar por narices de que se diferencian bien por su función en la historia.

Mantén el nivel de detalle

Igual esto es algo que sólo me pasa a mí, pero yo lo comento por si acaso. Cuando uno realiza una (encomiable) labor previa de documentación o ambientación histórica puede ocurrir que, llevado por el entusiasmo, incorpore muchos detalles en la primera parte del texto y luego se vaya «olvidando» conforme avanza la trama.

Hasta cierto punto es normal, porque es al principio cuando tenemos que meter al lector en el entorno de la narración, y que luego sea el interés de la historia el que le haga seguir leyendo, pero un desequilibrio excesivo da sensación de pobreza. Conviene ir repartiendo homogéneamente los detalles, las palabras de época, las descripciones de elementos extraños, etc. Por suerte, esta es de esas cosas que normalmente se pueden arreglar durante la corrección. Y hablando de corregir…

No sutures hasta el final

Otra analogía cogida por los pelos: escribir es como operar. Si suturas la incisión con destreza, la piel quedará lisa, pero si luego hay que reabrir, al final aparecerá una fea cicatriz. Es mejor hacerlo todo mientras la herida está aún abierta.

Con esto quiero decir que no vayas puliendo el texto por partes, porque es muy probable que algún aspecto del resto de la narración te obligue a tocar lo que ya has dado por bueno (situación típica: decides al final que un personaje o elemento debe aparecer antes de lo previsto, para que quede más natural). Y modificar un texto que ya has corregido y pulido es mucho, muchísimo peor, créeme. Aunque vaya quedando todo «cogido con pinzas», no pasa nada, ya habrá tiempo de embellecerlo. Lo importante es que esté ahí todo lo que tiene que pasar en la historia. La fase de corrección sólo debe hacerse cuando todo el texto esté terminado.

Y ahí me paro. ¿De qué os van a servir estas cuatro o cinco pinceladas? ¡Absolutamente de nada! ¿No es maravilloso?

domingo, 29 de enero de 2017

En busca del rey, Gore Vidal

No suelo subir artículos dedicados a un libro en particular para que nadie se piense que esto es un blog de reseñas (más que nada porque no lo es, no me veo escribiendo reseñas de forma regular). Pero hago excepciones con algunos libros muy particulares que merecen su propia entrada. Es decididamente el caso de En busca del rey (A Search for the King, 1950), una breve novela de Gore Vidal que ha pasado en general desapercibida dentro de su larga carrera literaria, pero que me impresionó mucho tanto en su momento (a mediados de los años 80) como al releerla ahora.

En esta novela seguimos los pasos de Blondel, trovador de la corte de Ricardo Corazón de León, en la búsqueda de su señor, retenido por el Duque Leopoldo de Austria al regreso de la Tercera Cruzada. Blondel (apelativo que significa «rubio») es una figura más o menos histórica, cuyas melodías se cree que aparecen incluso en Carmina Burana, pero a partir de ahí la relación con los sucesos de la trama es pura ficción, que Vidal basa en una leyenda de mediados del siglo XIII, Récits d'un Ménestrel de Reims, separada por lo tanto más de sesenta años de los hechos narrados.

Se trata pues de una novela histórica (dentro de la historicidad que permite una época tan proclive a lo legendario, claro), pero donde hallan hueco algunos elementos fantásticos de los que no sé bien qué pensar. No se lo puede calificar propiamente de realismo mágico, porque aquí lo fantástico no forma parte de lo cotidiano, pero sí que su aparición puntual lleva al lector a no poder confiar del todo en que lo que se nos presenta tenga una explicación racional. Es una convivencia difícil: casi todo el libro discurre por un realismo relativamente descarnado, y de pronto aparece un dragón (literalmente). De hecho, el dragón es lo único a lo que no le encuentro una posible interpretación terrenal, porque los hombres-lobo son bandidos que se esconden en el bosque y del gigante ya se explica que es simplemente un hombre muy alto, y la vampiresa (hija de Drácula, nada menos) y el unicornio entran dentro de lo discutible. El cameo final de Robin Hood no sé si meterlo en el saco de lo realista o lo fantasioso .

Pero más allá de esa intromisión de lo imposible, la historia es completamente mundana. El trasfondo de la búsqueda regia, que no tiene demasiada enjundia en sí misma, se convierte en una excusa para hilar una serie de episodios (un tanto inconexos, punto en contra) que giran sobre la intromisión de un individuo más o menos libre (Blondel, un viajero que llega de lejanas tierras y parte hacia donde quiere) en pequeñas sociedades rurales de la Europa medieval, donde lo más probable es que uno nazca y muera sin haber visto más allá del pueblo de al lado.

Así, el trovador se relaciona con personajes frustrados, tristes y perdidos en el mundo, entre los que para mí se lleva la palma la campesina Amelia, instintivamente sabia pero anclada en una comunidad que no le ofrece la menor posibilidad de superación. Por su parte, Blondel se pregunta si su supuesto privilegio al poder vagabundear ganándose la vida con sus cantos, siempre solitario y sin pensar en el provenir, merece realmente tal apelativo. Esta duda se ve reforzada por el difuso anticlímax de la novela, ya que Blondel no rescata a Ricardo (aunque le encuentra finalmente en un castillo alemán), el rey inglés no corre peligro en ningún momento porque nadie se atrevería a asesinar a un monarca, y de todos modos la participación del trovador en toda esa trama diplomática y cortesana es irrelevante.

Con esta novela, que es la quinta de su carrera pese a que contaba sólo veinticuatro años cuando terminó de escribirla (impresionante, ¿verdad?), Gore Vidal no alcanzó el éxito, que sólo le llegaría años después gracias a Juliano el Apóstata (1964) y la heptalogía «Narratives of Empire» sobre la historia de los Estados Unidos. Su obra anterior, The City and the Pillar (1946), había generado una amplica polémica al plantear situaciones explícitamente homosexuales (Gore Vidal era gay, aunque él afirmaba, creo que con tino, que todos somos básicamente bisexuales); sin embargo no sucede lo mismo en En busca del rey, y eso que es un entorno y ambiente que se prestan a ello. Seguramente, como menciona en el prólogo, Vidal trató de preservar la amistad como eje central de la historia, dado lo poco habitual que es algo así en la narrativa tradicional.

Dicho sea de paso, y aunque se trate de un aspecto secundario, la extensión de esta novela entra dentro de mis preferencias, unas 250 páginas. De hecho, quitando el prólogo y las páginas en blanco entre capítulos, quedarán alrededor de 215, y aún así suceden cosas más que suficientes para conformar una historia completa. ¿Para qué más? Se lee rápido, no hay infinidad de personajes y cuando llegas al final sigues acordándote de todo lo que ha pasado.

Por todo ello, y sin que llegue a considerarla una obra maestra de la literatura, sí creo que En busca del rey posee suficientes virtudes como para rescatarla del olvido parcial en que se halla sumida, especialmente si os gusta el territorio intermedio entre la literatura de fantasía y la histórica. Y, como interés adicional, porque son escasos los personajes trovadores y juglares en la literatura sobre el medievo, dominada por guerreros, sacerdotes y magos. Sólo me viene ahora a la mente el bardo Fflewddur Fflam, de las Crónicas de Prydain.

Mi ejemplar de la novela es el publicado por Edhasa en 1984, con el dibujo de sobrecubierta en verde. Hay unas cuantas ediciones posteriores, una de ellas con la misma imagen pero en rojo, y otra más moderna con el escudo de armas del rey Ricardo (los tres leones). La más reciente, en bolsillo, es de la que doy los datos, y corresponde a esta última portada, que tenéis a la izquierda:

En busca del Rey, Gore Vidal.
Edhasa Pocket, 2006. 288 págs, 8€.

jueves, 12 de enero de 2017

Replicantes

El otro día volví a ver Blade Runner, ese clásico de culto del que pronto habrá una continuación, y me dio por reflexionar sobre la discusión que surge siempre entre sus aficionados y que lleva décadas coleando, ¿es Deckard, el protagonista, un ser humano o un replicante?

No voy a extenderme sobre los distintos argumentos que suelen aportarse a este debate, enturbiado además por las múltiples versiones que existen de la película. Es indudable que Ridley Scott pretendía que Deckard fuese un replicante, y que lo ha hecho más obvio en cada uno de los sucesivos montajes, sobre todo con la escena del unicornio. También es evidente que, por mucho que sea el director, Scott no es la única autoridad sobre la historia: guionistas y actores no comparten su punto de vista, y hay explicaciones válidas para todas las escenas tanto en uno como en otro sentido*.

Pero no pretendo aportar pruebas a favor o en contra de la humanidad de Deckard. Creo, por el contrario, que el error está en sacar una conclusión en base a los sucesos de la trama, y no a su fundamento narrativo. Como he intentado transmitir varias veces desde este blog, lo que ocurre en una historia es fácilmente modificable (ya lo veis aquí, quitáis o ponéis un par de escenas y las conclusiones son totalmente distintas). Pero lo que es casi imposible de modificar es el leit-motiv de la historia; la moraleja, si queréis llamarlo así. Y en mi opinión, cualquier persona que pretenda crear historias debería supeditar siempre lo que pasa a lo que quiere transmitir. De lo contrario quedan narraciones sin alma.

La idea de la película (y del libro de Philip K. Dick en que se basa, dicho sea de paso) es plantear una reflexión sobre la humanidad: ¿quién es más humano, un ser artificial que sufre las mismas inquietudes que cualquier persona, o un auténtico ser humano que sin embargo actúa sin piedad al cazarlos? Este mensaje se va al garete si Deckard es un replicante, porque la disyuntiva principal (¿quién de los protagonistas es más humano?) tiene una respuesta trivial: ninguno.

Por supuesto, Deckard como replicante también supone una premisa interesante que nos llevaría a nuevos planteamientos muy válidos, pero estos no están desarrollados en la película y por tanto en ese sentido sería una historia fallida. Es decir, si Deckard es un replicante, la película empeora, porque buena parte de su mensaje se pierde (y de paso haría redundante el personaje de Rachel, en su función de replicante que no sabe que lo es), y por el contrario las nuevas perspectivas que abre no se aprovechan en ningún sitio. Sí, Deckard puede ser un replicante, pero en ese caso estamos ante una película mediocre.

Y como digo, el problema no está en que sea o no sea, sino en la gente que se empeña en sacar conclusiones basándose en la parte más volátil de la historia. Los árboles no les dejan ver el bosque. Confiemos en que no les dé por escribir…

Blade Runner, dirigida por Ridley Scott.
Warner Bros Pictures, 1982. 112 minutos.

* Mi favorita para el sueño del unicornio: Deckard sueña con él porque forma parte de los recuerdos de Rachel, que tanto él como Gaff han visto, y por tanto el origami final significa simplemente «sé que la chica está aquí».

sábado, 7 de enero de 2017

Audioteatro de La Voz de la Razón

Ayer me desperté con un estupendo regalo sorpresa de Reyes: la buena gente de Tenebroso Sonoro ha preparado un audioteatro de mi relato La Voz de la Razón, con una gran calidad. Os animo a escucharlo en cuanto podáis.

Como sabéis, este relato es el que abre La Fuente de las Tinieblas, y apareció originalmente en Visiones 2012. De hecho, lo podéis leer gratis si os descargáis el Visiones de Lektu (dadle a la etiqueta de «pago social»).

Además del placer propio de la audición, es muy interesante comprobar qué cambios han sido necesarios para que la historia fuera comprensible prescindiendo de una voz de narrador que hubiese entorpecido mucho el desarrollo: se da más peso a los diálogos y por supuesto la gran ayuda de los efectos de sonido. Un gran trabajo que agradezco y aplaudo a partes iguales.

jueves, 5 de enero de 2017

Reflexiones de un nuevo año

2016 queda atrás. La noche de Reyes, que prácticamente pone fin a las festividades navideñas, parece un buen momento para echar la vista atrás y reflexionar. En el fondo ha sido un año más, con sus buenos momentos y sus desastres, pero para mí siempre será el año en que publiqué La Fuente de las Tinieblas, mi primer libro en solitario.

Lo considero un logro. Quizá no sea gran cosa, pero ha costado, de verdad. Cuatro años y medio desde que el proyecto empezó a gestarse hasta que, por fin, vio la luz en julio. Ahora me asombra que no se malograra en ningún momento, aunque hubo largos periodos en que la cosa no avanzaba ni para delante ni para atrás. Y yo no tenía ni idea de dónde me estaba metiendo (para que os hagáis una idea, cuando empecé a preparar la antología no tenía nada publicado; ahora llevo unas treinta obras aparecidas con mayor o menor fortuna).

El caso es que cuando iba publicando relatos en antologías colectivas lo asumía simplemente como un paso más (no sé hacia dónde, pero en alguna dirección), y pensé que me ocurriría lo mismo con mi primer libro. Pero no, lo siento realmente un logro, un «check» en el carné vital. Una experiencia satisfactoria en último término, pero por la que ahora no siento deseos de volver a pasar. Hito superado, gracias.

No sé qué pasará en 2017, la vida da muchas vueltas y he tenido suerte de disponer durante unos años de la estabilidad necesaria para llegar hasta este punto, pero eso no puede durar eternamente. Como las cosas editoriales van muy despacio, en los próximos meses está previsto que aparezcan un par de relatos míos en antologías colectivas de Edge. A ver si hay suerte y asoma alguno más que está por ahí pululando, pero poco más va a haber. Sobre todo por falta de energía e ímpetu: hace tiempo que me siento… cansado, pero no en un sentido meramente físico. Ya me entendéis.

Tal vez pueda ocuparme un poco más de mi web de los Mitos, Leyenda.net, que la tengo bastante abandonada y en manos de unos impresentables (no, en serio, me han apoyado mucho con el libro). O probar de recuperar viejos proyectos que tuve que dejar de lado en su momento y duermen el sueño de los justos, eso estaría bien. Pero sin prisas.

Ya se verá.