domingo, 4 de septiembre de 2022

El comerciante y el ladrón

Entre las muchas leyendas populares que se cuentan sobre Vlad el Empalador, hay una que seguro que os suena. Existen diversas variantes, pero viene a ser así:

Un comerciante extranjero (húngaro en la mayoría de versiones) llega hasta Valaquia y pernocta en una posada. Cuando despierta, descubre le han robado el saquillo donde llevaba su oro. Va a quejarse al propio Vlad Tepes, conocido por su mano de hierro. Indignado porque un extranjero haya de exigirle justicia en sus propios dominios, le asegura que hallará al culpable.

Al día siguiente convocan al comerciante a palacio, donde el príncipe le recibe y le muestra su saquillo. Rechazando los agradecimientos del mercader, Vlad le pide que compruebe si está todo lo que le robaron. El comerciante vuelca las monedas, las cuenta y ve que hay tres más que las que él tenía. Extrañado, las aparta a un lado.

—Mi señor, yo no llevaba tando dinero; estas monedas me pertenecen.

Vlad se sonríe malicioso y le dice:

—Tu honradez te ha salvado, comerciante, pues de haber tratado de quedarte con las monedas que no te correspondían, estarías ahora empalado junto al ladrón que te robó.

Narrativamente, es un relato interesante que, pese a su brevedad, resulta muy efectivo. Vamos a analizarlo, si os parece.

Por un lado, contiene la estructura tradicional de tres actos: planteamiento (el robo y la petición de justicia), nudo (regreso y devolución de la bolsa) y desenlace (reconocer que las monedas no son suyas y respuesta de Vlad). Esto hace que resulte agradable de escuchar y nos transmita una sensación de completitud.

Pero, por supuesto, eso de por sí no basta. Se trata de un relato muy potente precisamente por su carga emocional, intensa y muy variable pese a su brevedad. Empieza con una injusticia relativamente leve (el robo). Ante ella, el protagonista decide usar su derecho a reclamar al señor del lugar, que no es otro que el infame Vlad, un hombre conocido por ser cruel y taimado (si el cuento dijera «fue a denunciarlo al alguacil», la reacción del oyente sería muy distinta). La intensidad narrativa ha subido, porque ahí podía haber ocurrido algo malo, como que Vlad se ofendiera y mandase apresar al mercader, pero el relato cambia de rumbo y hace que el comerciante regrese sano y salvo a la posada, y que al día siguiente descubra que su dinero ha sido recuperado. Hemos rebajado la intensidad y parece que ya nos dirigimos directamente al final feliz. Pero queda otro ingenioso giro: al contar el dinero, el comerciante ve que sobran tres monedas. Casi cualquier persona se habría callado en una situación así, pero el protagonista decide ser escrupulosamente honrado, y ahí descubrimos (nueva subida de intensidad) que acaba de superar sin saberlo una prueba donde se jugaba la vida.

Como muchos relatos tradicionales, contiene una enseñanza moral (hay que ser siempre honrado), pero de un modo muy bien planteado. Porque el lector, al identificarse con el protagonista, se pregunta si él habría devuelto las monedas o si, por el contrario, habría acabado horriblemente ejecutado. Como veis, se huye de una moraleja «telegrafiada» y se la convierte en parte integrante de la propia historia, ya que nos creemos perfectamente que el bueno de Vlad le hubiese mandado empalar y, además, tendría una justificación para ello (puesto que el ladrón ha de ser castigado, ¿por qué no él, si también roba?).

Esta combinación de buena estructura narrativa y buena estructura emocional es lo que consigue que estas historias sean populares durante siglos o incluso milenios (no me extrañaría que se basase en otros cuentos similares más antiguos, la verdad). Si os apetece, en futuras ocasiones podemos analizar relatos tradicionales similares, que tienen mucho que ofrecer si os interesa la narrativa.

Y después de hablar tanto de ladrones y empalamientos, distraigámonos con algo de música ligera: Vladislav - Baby don't hurt me. ¡Hasta la vista!

martes, 19 de abril de 2022

Ella iba cargada de papeles (micro)

No sé muy bien qué me llevó a escribir este microrrelato. Supongo que pretendía reflexionar sobre una sociedad que parece empeñada en controlar las relaciones naturales entre personas, y esta idea se me pasó por la cabeza.

Resultó sencillo de escribir, al fin y al cabo sólo son 271 palabras, y una cosa que me gusta de él es que tiene planteamiento, nudo y desenlace perfectamente definidos, algo que se suele dejar de lado en los micros pero que también en ellos es importante para transmitir bien la historia.

Ella iba cargada de papeles, muy pegada a la pared, cuando por la esquina apareció el chico. Caminaba rápido y el choque fue inevitable. Todas las carpetas se desparramaron por el suelo.

—Ostras, perdona, ¿te he hecho daño?

—No, no —repuso ella, aún confusa por el golpe. Miró a su alrededor, desalentada al ver sus papeles desperdigados.

—Ya me ocupo yo —dijo el chico, apresurándose a recogerlos.

—No te molestes.

—No es ninguna molestia —repuso él sin detenerse—, si ha sido culpa mía. Oye, llevabas un buen montón de cosas, ¿ibas a reprografía?

—Sí, bueno… voy a sacar unas copias.

—Pues mejor te echo una mano, así evitamos nuevos accidentes.

Acabó de formar una pila ordenada que tomó en sus brazos y la acompañó a la sala, donde lo dejó todo encima del mostrador con cuidado. Ella fue a sostener los papeles para que no volvieran a esparcirse y sus manos se rozaron un instante. Él apartó la suya al darse cuenta y esbozó una sonrisa incómoda que la chica encontró encantadora.

—Muchas gracias, de verdad —dijo ella, sonriendo a su vez.

—Qué va, olvídalo, y perdona, ¿eh?

Se alejó por su lado del pasillo, pero antes de que dejaran de verse se dirigieron una última mirada.

«Qué chico tan majo», pensó ella, «me pregunto si esto no será una señal del destino y de aquí podría salir por fin algo bonito».

«Uff, qué susto», se dijo él. «Espero que no se le ocurra denunciarme por contacto no consentido, con la nueva política de la universidad me podría meter en un buen lío. Mejor no volver a acercarme a ella».

lunes, 11 de abril de 2022

«Que inventen ellos» en la Delirio 34

Como ya comenté en su momento, a finales de 2018 fui finalista del premio Domingo Santos con un relato titulado «Que inventen ellos» (podéis encontrar detalles en la entrada a la que conduce el anterior enlace).

Pues bien, después de mucho tiempo he tenido la fortuna y el honor de que aparezca publicado en el número 34 de la afamada revista Delirio, que es justo donde se publicó también años atrás el relato con el que gané ese mismo premio en 2013, Artículo 45.1. Así que podría decirse que es un poco como cerrar el círculo.

Agradezco de corazón a Francisco Arellano, editor de La Biblioteca del Laberinto, que aceptara leerse el relato y luego decidiera incluirlo en su revista. Eso debe de significar que le ha gustado 😂. No, en serio, ha sido una alegría que una historia como esta, de cifi más o menos clásica (aunque gire alrededor de los temas que me preocupan y que, creo yo, son intemporales), aparezca en una revista con tanta solera, por donde han pasado grandes autores con sus mejores historias. Y máxime cuando ya daba por imposible que Que inventen ellos viera la luz de forma profesional. Espero que la disfrutéis.

Delirio 34
Varios autores.
La Biblioteca del Laberinto, 2022.
154 págs, 15€.