miércoles, 15 de julio de 2015

Obras primerizas de Raymond Chandler

Leer a un gran escritor suele constituir una agradable experiencia, pero adentrarse en sus primeras obras resulta además enormemente instructivo. De un modo similar a lo que hice con la primera colección de relatos de Philip K. Dick, he abordado estas dos recopilaciones de Raymond Chandler, uno de los padres de la novela negra, con tantas ganas de disfrutar como de aprender.

Lo primero que he descubierto, prueba de lo poco que sabía sobre la figura de Chandler, es lo tarde que empezó a escribir. Hasta los cuarenta y cinco años no comenzó a enviar sus relatos a las revistas pulp, acuciado por problemas económicos derivados de la Gran Depresión y sus propias costumbres disolutas con el alcohol y las mujeres. Anima constatar que se puede alcanzar la gloria literaria con unos comienzos tan tardíos. Pero claro, es que Chandler era mucho Chandler (y todo hay que decirlo, el género literario que escogió dejaba aún margen para genialidades).

Cada uno de los volúmenes comienza con un ensayo. En el primero, titulado precisamente El simple arte de matar, el autor estadounidense repasa la separación, por entonces aún no completada, entre el relato tradicional de detectives (las clásicas novelas de misterio a lo Conan Doyle o Agatha Christie) y lo que él llama "hard boiled" y que ahora consideramos simplemente novela negra, y cómo esta última ganó entidad propia tras la irrupción de Dashiell Hammett. Es un ensayo interesante, cínico, del que se podrían sacar un montón de citas muy apropiadas para el mundo literario actual. Aun así, me pregunto qué pensaría Chandler de ver cómo, medio siglo después, ambas corrientes han vuelto a confluir hasta cierto punto.

En cuanto a los relatos, tienen de media unas cincuenta páginas (pongamos 15.000 palabras), aunque varía bastante. Si algo me ha llamado la atención de ellos, es precisamente que Chandler fue aproximándose al tópico. Es decir, que con sus primeros personajes busca variedad dentro del género, y son policías, policías infiltrados, detectives de hotel, exdetectives, incluso diletantes y aficionados, y es hacia el final cuando vira hacia el detective privado de toda la vida, con su despacho cutre y sus facturas sin pagar, y es ahí donde se encuentra a gusto y empieza a levantar el vuelo. Curioso. Igual esta manía de buscar siempre personajes originales es un error, y en los arquetipos está la esencia de la literatura.

La violencia es lo mío se inaugura con otro ensayo, más breve, donde Chandler relata lo que suponía escribir historias de detectives para los pulps, y cuenta cómo las propias revistas rechazaban la prosa de calidad y buscaban la repetición de fórmulas ya usadas mil veces, que sabían esperadas por el lector habitual, lo que hizo que la mayor parte de publicaciones del género fueran basura, con unas pocas salvedades.

Y lo cierto es que en los propios relatos de estas dos antologías Chandler recicla escenas y personajes de unos a otros, no sólo en la proverbial resistencia del detective a las palizas que se lleva y los litros de alcohol que trasiega día y noche sin que le reviente el hígado (matan a un amigo: lingotazo; intima con la chica: lingotazo; tiene resaca: lingotazo), sino incluso en las propias escenas cumbre. Cuando todo parece perdido, el detective se saca una pistola oculta o encuentra una tirada, o de pronto suelta la frase que demuestra a los malos que uno de ellos les está traicionando y se vuelven las tornas. Supongo que pensaría: «¿para qué voy a reinventar la rueda, si esto ya funciona?». Luego con Marlowe ya fue dándole a todo esto una formulación coherente que aquí a veces sigue chirriando.

Este segundo volumen es mucho más breve, sólo contiene cuatro relatos, con lo que parece un tanto descompensado respecto al primero, aunque en eso Debolsillo es fiel a las ediciones originales de The Simple Art of Murder (1950) y Trouble is My Business (1951). Son por otro lado obras más maduras, que recuerdan mucho al Chandler de sus novelas más conocidas a pesar de que el detective aún no se llame Marlowe. De hecho, en algunas ediciones inglesas han cambiado el nombre de éste por el de Marlowe, cosa que me parece bastante tramposa aun cuando pudiera argumentarse que el personaje viene a ser el mismo.

No todo va a ser análisis literario, por supuesto. Los relatos son razonablemente buenos, algunos incluso bastante, aunque no demasiado originales. Sin meditarlo demasiado, diría que mi favorito es Peces de colores, del segundo volumen, por la dimensión humana que tiene: esos crímenes del pasado que de pronto regresan para amargarle la vida a la gente aun cuando uno ya no sea la misma persona que antes, y lo pronto que todo el mundo deja de lado sus lealtades cuando hay dinero de por medio. Como detalle curioso, señalo que uno de los relatos del primer libro se titula El rey de amarillo, término que sonará a los aficionados de los Mitos, aunque en él sólo hay una referencia de pasada a la creación de Chambers (Chandler, Chambers, todo se parece ).

En definitiva, que si os gusta la novela negra clásica y la obra de Chandler en particular, mi recomendación es que le deis una oportunidad a estas dos antologías. No obstante, si no le habéis leído todavía, creo que sería mejor empezar por El sueño eterno, por ejemplo. Estos relatos son demasiado primerizos y os podríais llevar una mala impresión.

El simple arte de matar, Raymond Chandler.
Debolsillo, 2014. 446 págs, 13€.
La violencia es lo mío, Raymond Chandler.
Debolsillo, 2015. 302 págs, 10€.

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