miércoles, 26 de diciembre de 2018

Lecturas 2018 (y III)

Sólo cinco lecturas en esta última tanda y, ya es casualidad, cinco decepciones (unas más, otras menos). Al final por tanto han sido sólo veinticinco libros leídos este año, y eso que para el final he escogido varios relativamente cortos. Qué le vamos a hacer, las cosas han venido dadas así.

Debería haber preparado una estadística de número de páginas total, géneros y demás, pero me da un palo enorme ponerme ahora con eso, así que me voy a limitar a enumerar los libros y más adelante, si acaso, haremos los cálculos y los añadiré aquí mismo. Recuerdo que por ahí andan la primera parte y la segunda de las lecturas de este año.

Los Goonies [🎥]
James Kahn (1985)
Duomo, 2018. 260 págs.

Novelización de la famosa película de aventuras juiveniles de los años 80. Qué puedo decir, es mala. Se limita a transponer todo lo que vemos en pantalla y encima adopta el estilo de un chaval de doce años, sin tener en cuenta que lo que puede funcionar en una peli (si es rápida y espectacular) no se sostiene en una trama escrita. Por si fuera poco, la traducción mantiene los cambios tontos del doblaje de la peli (como que Rossana sea italiana en lugar de mexicana).

La literatura fantástica y la fantasía [🎓]
Susana Camps Perarnau
Questio, 1989. 108 págs.

Hacía mucho que no leía ensayo, y ha caído este porque me gusta aprender de narrativa. Por desgracia es muy superficial y a menudo cae en una especie de romantización de la mitología frente a la ciencia, por no mencionar que casi habla más de arte que de literatura. Puede servir para consultar referencias sobre elementos de fantasía, pero en conjunto era mucho mejor El jardín crepuscular de John Clute.

La mosca, relatos del antimundo [🎥]
George Langelaan (1962)
Planeta, 2001. 155 págs.

No sabía que La mosca era un relato corto, pero así es, y esta antología recoge cuentos de ciencia ficción obra de Langelaan entre los años 50 y primeros 60. Son originales, pero muy intelectuales y demasiado fríos, un poco como ocurría con los de Pedrolo en Trayecto final. Para colmo el relato más largo no es de género y encima aburre bastante.

Chéri [🎥]
Sidone-Gabrielle Colette (1920)
DeBolsillo, 2010. 175 págs.

Es lo primero que leo de Colette, una autora a la que tenía ganas. Y no sé, es probable que me pierda muchas sutilezas de los diálogos, pero no ha acabado de atraparme. Me cuesta empatizar con cualquiera de los personajes, salvo quizá con Edmée, que no deja de ser una secundaria. Para todos los demás, la vida es demasiado fácil y superficial. Puede que quizá vaya de eso la novela, pero aun así echo de menos algo de intensidad.

Tu nombre envenena mis sueños [🎥]
Joaquín Leguina (1992)
Plaza y Janés, 1996. 245 págs.

Empieza bien, pero acaba resultando un tanto decepcionante. Literariamente no es gran cosa y como narración tampoco funciona, se dispersa mucho en aspectos que poco tienen que ver con la trama principal, la investigación de los crímenes, que apenas se explora durante la novela. La época en la que se desarrolla (posguerra inmediata al final de la guerra civil) es interesante, pero en ese mismo entorno creo que era mejor El embrujo de Shanghai de Marsé.

lunes, 3 de diciembre de 2018

Antes de romper las reglas

No soy yo muy de frasecitas motivacionales. Y menos, como en este caso, cuando provienen de una campaña publicitaria (de un reloj de lujo, si no recuerdo mal). Pero es que por una vez es cierta, y a muchos se les olvida.

En la disciplina que sea, hay que gatear antes de andar. Y hay que dominar con soltura lo establecido antes de proponer innovaciones que quizá sean innecesarias o no lleven a ninguna parte.

Y en literatura también. ¿Quieres romper las reglas y quebrar la narrativa? Estupendo, pero que sea cuando ya hayas demostrado tu maestría siguiendo las guías establecidas durante siglos. Porque si no, lo más probable no es que seas un genio que no reconoce ataduras, como tú crees, sino un mindundi que no sabe manejar las herramientas de su oficio y se busca una excusa que suene bien para disimular.

Hale, ya lo he soltado y me he quedado tranquilo.

lunes, 19 de noviembre de 2018

Finalista del Domingo Santos con «Que inventen ellos»

El sábado pasado se concedió en la Hispacon, como cada año, el premio Domingo Santos (precisamente apenas unas semanas después del fallecimiento del propio Domingo Santos, D.E.P), y resulta que mi relato Que inventen ellos ha quedado entre los cinco finalistas 😀.

Esta vez no ha podido ser como en 2013, cuando me llevé el premio, y la victoria ha sido para José Manuel Fernández Aguilera (¡felicidades!). Pero estoy igualmente orgulloso. Y como me apetece extenderme un poco más sobre el particular y de todos modos esto no lo lee casi nadie, os voy a contar lo que fue crear este relato de ciencia ficción «cercana».


Si el otro día comentaba que Partida inconclusa había surgido prácticamente a la primera, en el caso de Que inventen ellos la gestación fue, por el contrario, muy tortuosa. Para que os hagáis una idea, la primera vez que escribí esta historia me encontraba todavía en la universidad (buf). Era un relato extenso ambientado en una fiesta de adolescentes en un futuro indefinido donde pasaban muchas cosas y, aunque la idea de fondo era la misma, a la vez resultaba bastante confusa. Imagino que en ese momento tenía dentro demasiadas cosas que contar y me faltaba criterio para priorizar las importantes. Me parece que esa versión ya se ha perdido en la nada, por cierto; sólo quedaba una copia impresa que a saber ahora dónde para.

«La Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror -AEFCT- comunica que las obras que optan como finalistas al XXVII Premio de Relato 'Domingo Santos' 2018 son:

'La nota desafinada', presentado con el seudónimo Giuseppe Guarneri.

'La vieja mansión', presentado con el seudónimo Sergio Ñueto.

'Que inventen ellos', presentado con el seudónimo Loris.

'Somos empresa', presentado con el seudónimo Maquinista 7.

'Vacío', presentado con el seudónimo Natalia Smirnova».

Pasan los años (muchos, no preguntéis) y llegamos a principios de 2015, cuando releo la versión original y veo que no acaba de funcionar. Pero el caso es que como concepto me sigue gustando y creo que merece la pena volver a intentarlo. Así que reescribo el relato de cero, conservando a su protagonista pero trasladándolo a un instituto de educación secundaria (del futuro también, eso no cambia) para centrarme en la temática principal: el conocimiento científico y su rechazo por parte de la sociedad, y pongo como su contrapartida a una profesora. Es de esas historias que escribo a veces en las que la acción se basa en un intercambio de información entre dos personajes mediante diálogos, un poco como pasaba también en La voz de la razón y algunas otras más que no he publicado.

Este tipo de tramas resultan delicadas porque hay que reemplazar la acción y el movimiento con revelaciones y argumentaciones. Es complicado tanto para el autor como para los lectores, acostumbrados por lo general a narraciones más movidas y evidentes. Hay un punto en particular que suele presentarse, la revelación o anagnórisis, donde el protagonista comprende por fin la verdad que se ocultaba, y si eso no resulta creíble se derrumba toda la trama. Y a esta versión le pasaba eso: narrativamente podía valer, pero de repente y sin que se entendiera por qué en ese momento y no en otro, el chico hacía una deducción que explicaba todo el misterio. Es de esas cosas que en la vida real nos pasan de vez en cuando (que de pronto conectamos un par de hechos aparentemente aislados y todo cobra sentido) pero que en ficción no son admisibles por inverosímiles. De aquí viene eso de «la realidad siempre supera a la ficción», que se debe simplemente a que la realidad no necesita ser verosímil. Así que también aparqué esta segunda versión, no sin antes apuntar un par de ideas a vuelapluma de cómo se podría solventar el problema.

En este punto hacemos otro fast-forward y llegamos a finales de septiembre de 2018. Estaba aburrido una tarde y debí de pensar algo del tipo «pues este año estaría bien presentarse al Domingo Santos». No tenía ni idea de cuándo acababa el plazo, así que lo miré y, ups, faltaban como cuatro días. Imposible escribir un relato nuevo en ese plazo, así que eché un ojo a mi fondo de armario y me fijé en este por dos motivos: primero, la ambientación encajaba bien con la cifi clásica que suele valorarse en estos certámenes, y además esta vez la Hispacon se celebraba en Salamanca y el título del relato está tomado precisamente de una famosa cita de Unamuno, que fue rector de la Universidad de Salamanca. Era como una señal.

Repasé mis apuntes, lo vi claro y me puse a ello. Tuve que reescribir como un tercio del relato, quizá algo más, para meter sucesos que justificaran mucho mejor esa anagnórisis (¡la aparición de una tabla periódica es clave!) y la situación final de cada personaje. También lo corregí entero y depuré palabras repetidas, lo de siempre. Y el resultado me convenció, no era grandioso pero por fin aprovechaba bien la idea de partida y la explicaba adecuadamente. Mi lectora cero dio su visto bueno y la envié unos minutos antes de que concluyera el plazo.

Y ya veis, se coló entre los cinco finalistas. Es una pena que no haya ganado, aunque seguro que el vencedor lo merecía, no tanto por el premio en sí (que también) como porque difícilmente voy a poder publicar un relato así. Sólo le veo hueco en una antología de cifi tradicional, y eso actualmente está muy complicado. Pero bueno, se trata de ir sumando y quizá algún día tenga una propuesta sólida para buscar editor por mi cuenta.