jueves, 25 de julio de 2013

Elegir un título

Lo primero que verá un lector de una obra (antes incluso que el dibujo de portada, que en cualquier caso es mudable), será su título. A menudo el nombre que deberá llevar nuestra creación nos será tan evidente que no cabrá duda alguna, pero en el resto de ocasiones merce la pena dedicarle cierta atención.

Aquí, como en todo, imperan diversas modas que vienen y van, pero me atrevería a decir que para las novelas se estilan títulos largos y/o chocantes, mientras que para los relatos cortos, que es lo que a mí más me interesa en este momento, lo tradicional es usar un título corto y descriptivo de la trama que vamos a plantear, por supuesto sin desvelar su secreto. Un personaje principal, un lugar, un sentimiento que permea la historia…

Remitiéndonos a los clásicos (una actitud siempre encomiable), vemos que Chejov usaba titulos casi telegráficos: «Un drama», «Beso», «Enemigos», «Una apuesta»… Con tal parquedad, «La dama del perrito» hasta suena poético. No es de extrañar que la gente diga: «qué bueno era aquel cuento de Chejov que se titulaba… err… bueno, ese cuento». Y sin embargo debo reconocer que aquí se englobarían la mayor parte de mis títulos, con algunas honrosas excepciones.

Maupaussant era igual de breve pero más enigmático (también en sus escasas novelas): «Bola de sebo», «La casa Tellier», «Mi tío Jules», «Una vendetta»… Son en mi opinión títulos que invitan a su lectura por la curiosidad que despiertan, aunque no siempre resultan fáciles de recordar. Por ejemplo, hace poco quise hacer un comentario sobre uno de ellos, que tiene como protagonista a un juez que rememora un momento terrible de su vida, y anda que no estuve hojeando relatos hasta que descrubrí que se titulaba «La confesión» (cuento, dicho sea de paso, tan maravilloso como aterrador).

Por su parte, Wilde, fiel a su estilo, aportaba ya un toque de cinismo desde el título. Ahí tenemos «El fantasma de Canterville» o «El crimen de Lord Arthur Savile», en los que ni fantasma ni crimen son como uno se los espera en un principio. Algunas de las mejores historias cortas de autoras norteamericanas, como «La lotería» de Shirley Jackson o «Es difícil encontrar un buen hombre» de Flannery O'Connor muestran también en sus títulos esa ironía engañosa que hará que el lector enarque las cejas al comprobar de qué estábamos hablando realmente. Un gran sistema, si se usa con pericia.

En el género del terror, Poe era aficionado a títulos no demasiado largos pero mucho más grandilocuentes. «La máscara de la muerte roja», «La verdad sobre el caso del señor Valdemar» o «El corazón delator» son buena muestra de ello, junto a otros más tradicionales como «El gato negro» o «El pozo y el péndulo». Mención aparte merecen los que sólo consisten en un nombre propio nada común, como «Ligeia», «Morella» o «Berenice», una estrategia arriesgada que lo mismo puede desembocar en una genialidad, como era su caso, que en el ridículo.

¿Y los títulos que usaba Lovecraft? Pues la verdad, muy weird, como era de esperar. «La llamada de Cthulhu», «El color de más allá del espacio», «La sombra sobre Innsmouth»… Hoy día resulta difícil que nombres en esta tónica despierten ecos positivos en el lector, salvo que pretendamos vender un pastiche, que todo puede ser, o nos dirijamos a un público muy específico. Un poco lo mismo se aplica a R.E. Howard y el resto de escritores pulp. Incluso si se trata de un relato que se ambiente en ese género, creo recomendable optar por un estilo menos florido, y en particular evitar el uso de nombres propios «raros» (Primigenios y demás ralea) en el título, si queremos que el lector se lo tome en serio.

Más evocadores son, si me lo permiten, los que elegía Ambrose Bierce para sus obras. ¿Quién no querría leer «El puente sobre el Río del Búho», «Un habitante de Carcosa», «Un jinete en el cielo» o (saliéndonos por la tangente) «El diccionario del diablo»? Claro está, por muy buenos que sean los títulos nadie los recordaría si luego la historia no estuviera a la altura. El título sólo es, en el mejor de los casos, un empujoncito inicial que habremos de consolidar con el propio relato.

lunes, 1 de julio de 2013

Al otro lado de la valla: formar parte de un jurado

Al final han sido 84 los relatos presentados a Calabazas en el Trastero: Especial Mitos de Cthulhu, un número más que digno pero alejado de las cotas de convocatorias previas de Calabazas. Por supuesto cantidad no equivale a calidad, pero a nadie se le escapa que existe una relación indirecta entre ambos conceptos: cuanta mayor sea la cantidad, por lo general más fácil será hallar calidad.

En cualquier caso tengo confianza en que el resultado final merezca la pena. La impresión que me han dado los participantes es que dominan el terreno que pisan y que conocen bien los Mitos, sus virtudes y defectos. Ahora me corresponde formar parte del jurado, una experiencia totalmente nueva para mí y que en cierto modo me ilusiona (a ver si digo lo mismo cuando haya terminado).

Viene a ser, como digo en el título de esta entrada, pasarse al otro lado de la valla, adentrarse en ese ente oscuro y misterioso llamado jurado literario, al que tantas veces denostamos cuando no salimos elegidos. Voy a tener que dejar de lado durante un tiempo mi propia producción para centrarme en lo que han escrito los demás, pero espero que sea una labor fructífera que, a malas, me haga ganar en sabiduría :-D.

Como uno no puede dejar de lado sus gustos (ni creo que deba hacerlo), mi principal prioridad es ser imparcial y dar una oportunidad a todo el mundo. Y en ese sentido viene bien que no se hayan presentado relatos por centenas, porque así podré leerlos todos e incluso releerlos si es menester. Aun así, estoy seguro de que la elección final será complicada y me quedaré con dudas sobre cuáles son realmente mejores. Pero como decía Bretch "Loada sea la duda".

lunes, 24 de junio de 2013

El contexto en el relato de terror

Pocas novedades. Esta semana se cierra la convocatoria para Calabazas en el Trastero: Especial Mitos de Cthulhu y me temo que la participación no va a ser tan alta como yo esperaba, pero eso ya lo comentaremos la semana que viene.

Estoy últimamente dándole vueltas al tema del contexto, de las espectativas que tenga el lector al leer una obra. Siempre son importantes, por supuesto, pero en el caso de la literatura de terror pueden ser fundamentales. No es lo mismo que te esperes leer una obra de fantasmas o que los aspectos sobrenaturales te pillen totalmente por sorpresa. No me atrevo a decir cuál de los dos casos es mejor para apreciar el relato, porque dependerá de cada uno, pero sin duda ese simple factor puede marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso. Y es algo que, por desgracia, suele quedar fuera del control del autor. Tú decides lo que cuentas, pero dónde aparece...

Por poner un ejemplo práctico, estaba pensando específicamente en Falling Angel, la novela de William Hjortsberg que luego fue película con Mickey Rourke, etc. Voy a intentar no hacer spoilers, pero básicamente digamos que la experiencia de la lectura varía un mundo si te esperas elementos sobrenaturales o si crees que se trata de una novela de detectives al uso. En efecto, los relatos que jueguen a la mezcla poco habitual de géneros son los que más van a sufrir en función del contexto en que se los encuentre el lector. Por irnos a tiempos más recientes, eso se veía claramente en la última antología de los Mitos que sacó Edge, Las mil caras de Nyarlathotep. Relatos que por sí mismos podían quedar muy bien perdían fuelle porque claro, al estar en esa antología, el lector sabía que por narices iba a salir Nyarlathotep y esa revelación no suponía una gran sorpresa. Extraigo de ello la conclusión de que, cuanto menos específica sea la temática de una antología, mejor.

¿Se puede, no obstante, aprovechar esas espectativas para jugar al despiste? Vamos con un ejemplo facilón: Scooby-Doo. En estos dibujos animados todo el mundo espera que, al final, se descubra que el monstruo es un tipo disfrazado. Cuando en ocasiones resulta que detrás de todo sí que hay un elemento sobrenatural (como en Scooby Doo y el fantasma de la bruja), la reacción del público suele ser positiva. Ahora bien, ¿y si el espectador contase con que hay elementos sobrenaturales, porque así se lo ha hecho creer tanto el contexto como la primera parte de la obra, y luego todo tuviera una explicación racional? ¿Sería una sorpresa agradable o un completo anticlímax? Me da que, hoy por hoy, es muy arriesgado tomar ese camino. Me viene a la cabeza Pandora en el congo, la novela de Sánchez Piñol que sucedió a La piel fría. Aquí sí que me va a costar no spoilear a nadie, y os podéis imaginar cómo es la cosa por lo que estoy comentando, pero dejémoslo en que jugarse la sorpresa narrativa a una sola carta e intentar ser original conllevó, para bastantes lectores, un resultado insatisfactorio.

Tantas dudas y tan pocas respuestas...