miércoles, 8 de julio de 2026

Hábitos de lectura

Me ha dado por sumar los libros que llevo ya registrados en las entradas que hago de «lecturas de cada año» y, aunque son menos de los que me gustaría, ya han superado el centenar. Así que he pensado que dan para sacar unas cuantas estadísticas y buscar tendencias, ni que sea por autocuriosidad.

Lo he dejado sencillito. Por ejemplo, no he separado las obras por géneros literarios, porque me surgirían mil dudas y no estoy para dedicarle mucho tiempo. Lo primero ha sido calcular el número medio de páginas por volumen, a ver si es verdad que prefiero los libros cortos. Y bueno, es bastante variable pero sí, ha ido tendiendo a menos de trescientas páginas por tomo. A continuación tenéis la tabla:

AñoLibrosPág/libro%X·%Y
201726330,8546,1546,15
201825278,1652,0048,00
201910211,4050,0040,00
20208295,6312,5087,50
202115240,7326,6773,33
20226275,1766,6733,33
202310178,7040,0060,00
20249204,330,00100,00
202510210,900,00100,00

Otro cálculo que he hecho es separar por el sexo de los autores, aparece en las columnas de %X y %Y (no siempre suman 100 porque las antologías colectivas las he dejado en neutro). Y me ha sorprendido darme cuenta de que en los dos últimos años no he leído nada escrito por una mujer, sin que hayan cambiado mis hábitos de lectura. La única explicación que le encuentro es que últimamente suelo comprar los libros en mercadillos de segunda mano, y tal vez ahí haya un mayor sesgo que en las librerías (no sé, que pongan las autoras en la mesa de «romántica», por ejemplo, y ni me fije). En cualquier caso, es raro, sí.

Otro análisis que me apetecía hacer era dividir las obras por año de escritura (más o menos), porque sospecho que me atraen más los libros «antiguos» que a la mayoría. Los he agrupado por periodos definidos un tanto caprichosamente, pero los resultados son estos:

Periodo·Libros
<18003
1800-18491
1850-18743
1875-18994
1900-19203
1920-19299
1930-19392
1940-19499
1950-19598
1960-19694
1970-19798
1980-198914
1990-199918
2000-200910
2010-201918
2020-20295

Como veis, la mayoría se agrupa en épocas relativamente modernas, de 1980 en adelante, aunque creo que otros lectores estarían mucho más escorados hacia el siglo XXI. Personalmente, creo que hacia 1850 (más o menos) está la división a partir de la cual me resulta fácil leer un texto, lo cual no tiene nada de sorprendente pues coincide, prácticamente, con la consolidación de la literatura moderna .

martes, 30 de diciembre de 2025

Lecturas 2025

Pues ya está, otro año finiquitado y esta vez diez lecturas nada más (podía ser peor, ojo). En conjunto, destaco que ningún libro llega a las 300 páginas (cada día odio más los tochos) y también que ninguno es de este siglo: los diez se escribieron entre 1912 y 1986. Lo que no tengo claro es si esto último se debe a que he desconectado de la literatura contemporánea o que, como suelo comprar los libros en puestecillos a precio de risa, las novedades juegan con desventaja.

En cualquier caso, en general estoy satisfecho con las obras elegidas, aunque tengo muchísimas cosas pendientes a las que ojalá pueda dar salida pronto. Mi problema es que suelo empezar bien, pero como me trabe con algún texto que no me convence, tardo meses en superarlo y ya no hay quien recupere la media. A ver qué pasa el año que viene.

Menos que cero [🎥]
Bret Easton Ellis (1985)
Anagrama 1992. 182 págs.

La primera novela de Ellis posee ya el mismo estilo narrativo que usaría luego en American Psycho, pero sin los asesinatos y el gore, por supuesto. Su stream of conciousness sigue las vidas absolutamente vacuas de unos jóvenes de familias ricas de los años 80.

Aunque al principio es un poco aburrido, no se me ha hecho pesado; es una de las cualidades de su prosa. Y como es un libro corto, no llega a cansar. Es verdad que hacia el final, cuando intenta ponerse un poco más serio flojea, pero en general es una curiosa novela sobre... vidas vacías, y poco más.

La muerte en Venecia / Mario y el mago [🎥]
Thomas Mann (1912 / 1930)
Edhasa Pocket 2010. 188 págs.

Elegí este tomo para conocer la obra de Mann, principalmente porque es breve y por la fama del primer texto. Y no me quedan muchas ganas de seguir, la verdad. La prosa tiene mucha calidad, pero es muy densa, muy "introvertida" hasta opacar todo lo demás, y lo que es la trama (dejando de lado lo delicado de la temática) no avanza apenas, ni en La muerte en Venecia (que como sabéis va de la obsesión de un escritor por un jovencito) ni tampoco en Mario y el mago, que se supone que es una crítica al fascismo italiano pero no alcanzo a ver cómo. Vamos, que no es mi estilo, qué le vamos a hacer.

Rhialto el Prodigioso []
Jack Vance (1984)
Martínez Roca 1987. 267 págs.

Me ha dado por releer la Saga de la Tierra Moribunda de Jack Vance, y he empezado por el último volumen (yo soy así). Contiene tres relatos largos de los que destaca sobremanera el segundo, El Hálito del Fader, que condensa ese estilo peculiar de Vance donde la frase adecuada resulta más poderosa que la magia o las armas. Los otros dos son más bien pasables, no malos pero se nota que el autor ya estaba un poco cansado de esta serie. Tengo ganas de ponerme con el resto, a ver si ahora sí en el orden correcto, y preparar un artículo sobre la saga completa.

El cartero de Neruda [🎥]
Antonio Skármeta (1985)
Orbis Fabri 1997. 140 págs.

Lo primero, que no sabía, es que esta novela corta se tituló Ardiente paciencia hasta que el éxito de la película de 1994 llevó a los editores a cambiarle el título. Yo vi esa película en su momento y me gustó bastante, pero la verdad es que el libro es excelente, posee ese encanto indefinible de las grandes obras y mezcla con acierto una figura casi mítica como la de Neruda con las vidas sencillas de los habitantes del pueblo. No obstante, y pese a su brevedad, hay fases en que flojea un poco, sobre todo en el tema del romance. Es demasiado "explícito" para mi gusto y a la vez poco creíble. Quizá se deba a diferencias culturales, no sé.

El hombre enterrado
Ross Macdonald (1971)
Planeta-Bruguera 1985. 280 págs.

Para las vacaciones me apetecía disfrutar de algo de novela negra, y por casualidad encontré esta novela de Macdonald en un puesto callejero por medio euro. ¡Y qué acierto! Es un autor que siempre me ha gustado y aquí cumple con creces, con una trama centrada en la psicología de los personajes más que en la acción, y con el trasfondo de los incendios de California, como si no hubiera pasado el tiempo. Es verdad que al final se alarga un poco más de la cuenta, pero en conjunto muy buena novela, tanto para pasar el rato como para disfrutar de la literatura.

La historia de Poodle Springs
Raymond Chandler (1959) / Robert B. Parker (1989)
Debate 1989. 213 págs.

Al fallecer, Chandler dejó escritos unos pocos capítulos para una última novela del detective Phillip Marlowe, que muchos años después Robert B. Parker se encargó de completar. Para que os hagáis una idea, apenas 20 páginas son de Chandler, menos de un 10% del total, pero ponen su nombre primero por la fama. Así es el mundo literario, amics.

Del libro, qué os voy a contar. Parker hace un trabajo decente, pero no espectacular. Bien es verdad que el punto de partida (que Marlowe se ha casado) no ayuda nada y está todo el rato en conflicto con su trabajo como detective. Para fans de Marlowe puede estar bien, pero tampoco mata.

Bésame antes de morir [🎥]
Ira Levin (1953)
Emecé 1993. 245 págs.

Esta fue la primera novela del autor de Rosemary's Baby (conocida aquí como La semilla del diablo) y de The Stepford Wives, entre otras. Un escritor ecléctico que cambiaba mucho de género y que aquí creó un thriller interesante, donde sigue las acciones y crímenes de un psicópata decidido a maridar con una familia rica y va probando hermana a hermana hasta tener éxito (o casi). Lo único malo es que el momento cumbre se produce a mitad de novela, y el resto es bastante convencional hasta un final un tanto soso. Pero para ser de los años 50, muestra unas actitudes sociales muy modernas que me han sorprendido.

La tregua
Mario Benedetti (1959)
Alianza 2002. 171 págs.

No había leído nada de Benedetti y me he quedado un poco sorprendido con esta novela breve. Está muy bien escrita y el ambiente y personajes de Montevideo en los años 50 me encanta, pero no sé qué pensar del protagonista. ¿Es una tierna historia de amor, o es un caradura que se aprovecha de las mujeres, además de mal padre? Supongo que ahí está la sutileza, que nadie es perfecto.

Historia de la filosofía griega (de Sócrates en adelante) [🎓]
Luciano de Crescenzo (1986)
Círculo de Lectores 1988. 220 págs.

Parece una bobada, pero me ha costado mucho conseguir este libro. El primer tomo lleva en mi casa desde siempre, supongo que lo compraron mis padres a Círculo, pero este segundo es, por algún motivo, difícil de encontrar.

Al igual que el primero, nos ofrece un tratado ligero sobre las principales figuras de la filosofía griega, incluyendo algún capítulo suelto sobre "filósofos modernos cotidianos" italianos, para que el lector conecte esas ideas con la época actual. Es simpático y creo que un buen punto de partida para el interesado en el tema, aunque obviamente no alcanza un nivel profundo que exigiría un porfesional.

La Tierra Moribunda []
Jack Vance (1950)
Martínez Roca 1986. 203 págs.

Pues sí, después de Rhialto el Prodigioso he empezado a leer el resto de la saga en el orden correcto, comenzando por esa primera entrega que reúne unos cuantos relatos relacionados ligeramente entre sí, sobre todo por la reaparición de ciertos personajes y lugares.

El tono es muy distinto, mucho más serio del que adoptarían los libros posteriores, y quizá más fiel al espíritu decadente de "planeta a punto de extinguirse", pero por otro lado no tiene tanto de "capa y espada", que era de lo más interesante de la saga. En cualquier caso, un sólido arranque.

jueves, 20 de noviembre de 2025

Entrevista en Terror Lovecraftiano

A finales de la semana pasada me entrevistaron en el canal Terror lovecraftiano. Les agradezco la oportunidad, y aquí tenéis la grabación.

Estuve charlando con Sconvix, su responsable, durante casi una hora de unos cuantos temas del mundillo del rol, la literatura (incluyendo mis escritos y la antología La Fuente de las Tinieblas), y también un poco de la historia de Leyenda.net (que sigue abierta, pero sin participación de usuarios).

Fue un diálogo afable y entretenido, donde se tocaron diversos aspectos de lo lovecraftiano. Seguramente nos quedamos cortos en unos cuantos que daban mucho de sí, pero no teníamos más tiempo. Confío en que os parezca interesante.

miércoles, 4 de junio de 2025

Antología Premio Domingo Santos

Como quizá recordéis, tuve la fortuna de ganar el premio Domingo Santos allá por el año 2013 (cómo pasa el tiempo), con mi relato Artículo 45.1. Pues bien, tras muchos esfuerzos (pero muchos, en serio), la Asociación Pórtico (la antigua AEFCFT) ha logrado publicar, con la editorial Dolmen, un recopilatorio de los textos ganadores entre los años 1992 y 2019. En la que, por supuesto, está incluido el mío 😉

El relato ya apareció en su momento en el nº 13 de la revista Delirio, del tristemente fallecido Francisco Arellano, pero es difícil de encontrar, lo mismo que sucede con muchos otros de los ganadores, sobre todo si tienen ya un tiempo. Este volumen viene a cumplir una misión muy necesaria para dignificar la literatura de género patria (sí, ya sabemos que también hay grandes relatos que no ganan premios, pero se empieza por algo).

Quiero agradecer desde aquí la labor de Consuelo Abellán y Mariano Villarreal, que como os digo han estado años intentando que este proyecto saliera adelante, sin dar su brazo a torcer hasta que lo han logrado.

Antología Premio Domingo Santos (1992-2019)
Varios autores.
Dolmen Books, 2025. 480 págs, 25€.

martes, 3 de junio de 2025

Adiós, Saco de Huesos

Por circunstancias de la vida, me ha sido hasta ahora imposible comentar algo que ocurrió oficialmente a comienzos del año pasado, pero que se veía venir desde hacía un tiempo: el cierre de la editorial Saco de Huesos.

Aunque se trataba de una editorial pequeña, habíamos hablado mucho de ella en este blog por sus colecciones de antologías de terror, especialmente "Calabazas en el Trastero", en cuyos números fui publicado unas cuantas veces (y, de hecho, un par de relatos que me habían seleccionado se quedaron con las ganas de llegar a ver la imprenta). Su responsable, Juan Ángel Laguna Edroso, guio la editorial casi en solitario durante muchos años hasta que, imagino, las realidades de la vida acabaron por imponerse y el sueño llegó a su fin. No por comprensible es menos triste, y dudo que alguien sea capaz de tomar el relevo.

Estuve involucrado también en varias selecciones de estas antologías, y os puedo asegurar que es la única editorial realmente limpia que he conocido. Podías no estar de acuerdo con el criterio de los seleccionadores (como me ocurría a menudo), pero era un proceso honesto, sin enchufes. Supongo que ese fue uno de los motivos por los que no llegó a hacerse conocida para el gran público (ya sabemos aquí cómo se corta el bacalao). Cada año, cuando Edroso nos enviaba el resumen de ventas de cada publicación, se veía que era una labor hecha por amor porque, desde luego, no por dinero.

Personalmente, voy a echarla de menos (ya llevo un tiempo haciéndolo, de hecho). Habría preferido que se nos enviara algún correo a los autores informándonos de la situación, y no habernos tenido que enterar por su web (que encima ya ha desaparecido), pero no soy quién para pedir a los demás que sean sociables. Si encontráis por ahí alguno de los libros de esta editorial, dadle una oportunidad que seguramente merezca la pena.

martes, 31 de diciembre de 2024

Lecturas 2024

Este año sólo he podido terminar nueve libros. Lo sé, voy a menos ☹️. No sé qué ha pasado; la vida, supongo. También ocurre que algunos tomos se me han atascado, y cuando eso pasa me puedo tirar meses leyendo sólo unas pocas páginas cada vez, sin decidirme a dejarlo.

Al menos, mantengo la variedad (quien no se consuela es porque no quiere). Sólo hay dos novelas contemporáneas en la lista (ambas lovecraftianas, y no casualmente, porque me gusta mantenerme al día del género), y con el resto cubro desde el siglo XIX a los años 90. Por lo visto la mayoría de lectores no se atreven con libros que tengan unos cuantos años a la espalda (o, mejor dicho, "a la contracubierta" 😁), pero a mí suelen ser los que más me gustan.

Los domingos de un burgués en París
Guy de Maupassant (1880)
Eneida Editorial, 2019. 128 págs.

Un bonito regalo navideño de una persona muy especial. Por desgracia, aunque la edición es muy cuidada y la prosa de Maupassant siempre una maravilla (adoro sus relatos cortos), el texto no deja de consistir en unos cuantos capítulos sueltos que no acaban de centrarse en el personaje que le da título y acaban narrando anécdotas inconexas, unidas un poco porque sí. Una obra menor de este gran escritor.

Crónica de una muerte anunciada [🎥]
Gabriel García Márquez (1981)
El Mundo, 2001. 95 págs.

Una auténtica obra maestra que no sé cómo no había leído hasta ahora (también es verdad que tengo una profunda laguna en cuanto a literatura hispanoamericana).

Esta novela corta es intensa, profunda y posee un estilo muy peculiar. En cierto modo, es como una novela negra al revés: todos los personajes son bastante buenas personas y, en el fondo, el crimen sucede casi sin querer. Pero tiene muchas capas de interpretación y una prosa magistral. Rara vez tan pocas palabras dieron para tanto.

La noche púrpura
Ander Pérez (2024)
Uzanza Editorial, 2024. 234 págs.

Una novela lovecraftiana leída dentro del Club de lectura de los Mitos. Un libro raro, quizá por la falta de experiencia del autor. La primera parte es demasiado apresurada y muy tópica, pero en la segunda plantea un entorno más tranquilo y e interesante, un misterio clásico en una mansión extraña, que lamentablemente no acaba de culminarse de forma satisfactoria precisamente porque se termina el libro. Ojalá se hubiera centrado en esa idea, prescindiendo de la más tópica, porque habría dado un resultado mucho más redondo.

El maestro y Margarita [🎥]
Mijaíl Bulgákov (1967)
Alianza Editorial, 2000. 484 págs.

Un clásico de la literatura rusa moderna (entendiendo como moderna el siglo XX), una especie de realismo mágico al estilo eslavo, donde se critica los absurdos de la época soviética trayendo a Moscú nada menos que al diablo y su troupe, junto a una gran dosis de religiosidad reprimida.

Admito que me ha dejado confundido, lo estaba disfrutando mucho pero acaba repitiéndose y hay giros que me impulsan a replantearme las intenciones del autor (claro que eso es positivo, ¿no?). Por ejemplo, la figura del maestro, trasunto del autor, es totalmente irrelevante, casi debería llamarse «El diablo y Margarita» (esta última, otro personaje que tiene muchas interpretaciones…). Aún así recomiendo su lectura, acompañada de posterior reflexión.

A propósito de Lovecraft [🐙]
Álvaro Aparicio (2023)
El Transbordador, 2023. 223 págs.

Buena prosa, cosa rara en los tiempos que corren (y en especial en la literatura de género, aunque nos duela), pero a veces las historias de esta antología acompañan y otras hay una especie de conflicto entre trama y palabras, es como si se anularan mutuamente. A ver, ojalá todas las antologías de relatos lovecraftianos fueran así; suelen resultar un desastre y en cambio aquí hay segmentos muy interesantes, como por ejemplo esa transición del Buenos Aires del corralito al reino de Azathoth, por mencionar una sola. Sustituyendo unos pocos relatos por otros más cuidados, habría quedado una antología excepcional.

La joven vampira
J.H. Rosny Ainé (1911)
Aristas Martínez, 2023. 106 págs.

Curiosa pero aburridilla novela corta de principios del siglo XX, que conjuga el mito del vampirismo con algunos toques de ciencia ficción primeriza. El resultado, como solía ocurrir con la literatura de género hasta mediados del siglo XX, es tan ingenuo que casi enternece, y reduce su interés a meramente histórico. Había más chicha en Carmilla cuarenta años antes, aunque fuera de forma disimulada.

La sonámbula
R.L. Stine (1990)
Ediciones B, 1997. 155 págs.

Pues no había leído nada de Stine, que en su momento fue un famoso autor de «novelas de terror para adolescentes» y tuvo mucho (pero mucho) éxito con su saga «Pesadillas» (Goosebumps en inglés). Esta novela es de otra serie anterior, «La calle del terror», pero igualmente las escribía como churros (llegó a ir a libro cada dos semanas, imaginaos la calidad).

Y lo curioso es que no está tan mal como me temía, aunque es verdad que el argumento no tiene el menor sentido. Por ejemplo, la protagonista es sonámbula y casi se ahoga en un lago; ¿creéis que su madre se plantea siquiera cerrar la puerta de casa con llave por la noche para que la chica no se escape dormida? Pues no. Cosas así, unas cuantas, y un final de esos de telefilme que no se cree nadie. Pero se deja leer y está entretenida, qué más podían pedir los chavales medio analfabetos de los años 90…

El infierno de las chicas
Kyusaku Yumeno (1936)
Satori, 2021. 231 págs.

Muy poco he leido de literatura japonesa, me parece que este es mi segundo libro después de Naomi, de Junichirō Tanizaki, e igualmente se trata de una obra de entreguerras, en este caso algo posterior aunque guarda ciertas similitudes con aquella, seguramente por la época y la cultura.

Contiene tres relatos largos con personajes femeninos como protagonistas. Es interesante la ventana a su época que nos ofrece, pero se nota mucho la diferencia cultural e histórica. No sé si estoy solo en esto, pero con las obras japonesas me ocurre a menudo que me resultan muy melodramáticas e inluso un poco infantiles, si se me permite.

Un diamante al rojo vivo 🎥
Donald Westlake (1970)
Júcar, 1988. 183 págs.

Se trata de una novela interesante y entretenida, que no es poco, pero no sé muy bien qué tiene de género negro. Es más bien de delicuentes chapuzas y bienintencionados, en un mundo de personajes muy ingenuos, lo que viene a ser lo opuesto del noir. Existe una película del '72 con Robert Redford que no he tenido el placer de ver, pero tampoco me va la vida en ello.

domingo, 31 de diciembre de 2023

Lecturas 2023

Este año ha sido otro desastre literario y a duras penas he logrado acabarme diez libros. Y no será por falta de ganas, pero entre que voy menos en transporte público y otras complicaciones en casa, no he tenido mucho margen (y, seamos sinceros, hoy día el móvil es un serio competidor por el tiempo de lectura). Con todo, no está mal la lista de volúmenes, aunque unos cuantos han sido decepcionantes. Y eso siempre ralentiza la lectura, redundando en el efecto acumulado.

Lo que nadie me puede negar es la variedad: hay teatro, poesía, novelas cortas, clásicos, obras posmodernas...

Tidepool [🇬🇧 💻]
Nicole Willson (2020)
The Parliament House, 2021. 292 págs.

Leí este libro dentro del Club de Lectura de los Mitos que organizamos de vez en cuando en Leyenda.net y debo decir que, aunque comienza con cierta gracia, ha sido muy decepcionante.

No es que haya nada terrible, pero tampoco nada maravilloso, va avanzando sin acabar de «romper» en ningún momento, y los personajes no llegan a mostrar todo su potencial. Aunque sí tiene algún toque «lovecraftiano», y la ambientación es interesante, no creo que en conjunto merezca la pena.

Luces de Bohemia [🎭 🎥]
Ramón María del Valle-Inclán (1920)
Letra Minúscula, 2022. 161 págs.

Me daba cosa no haber leído nada de Valle-Inclán, así que por fin me he puesto con Luces de Bohemia, que es su obra más conocida.

Me ha costado entrar en el texto, seguramente porque yo esperaba una historia al uso (o incluso una obra teatral tradicional), y obviamente no es tal, sino una crítica al mundo cultural y social (y político, por supuesto) de su época, con una estructura confusa, pero he acabado disfrutándolo.

Las moras agraces [📜]
Carmen Jodra Davó (1999)
La Bella Varsovia, 2020. 85 págs.

No suelo leer poesía, pero me acerqué a Las moras agraces empujado por la fama de este poemario y la temprana muerte de su autora.

Me faltan tablas para juzgar, pero mi impresión es desigual. Hay poemas magníficos y otros que me parecen meros ejercicios de estilo (con calidad, eso sí). Creo que tendré que releerlo dentro de un tiempo para hacerme una idea cabal del conjunto.

Una habitación con vistas [🎥]
Edward Morgan Forster (1908)
Alianza, 2005. 294 págs.

Pues esta novela ha resultado bastante decepcionante, y eso que tiene mucha fama. Se ambienta en Florencia (donde está la famosa habitación) y luego en Inglaterra, de donde son los protagonistas, y como está muy bien escrita, ha sido fácil de leer, pero toda la parte del romance y de la supuesta emancipación de la protagonista se me ha hecho cuesta arriba.

Todos los personajes, y especialmente los miembros del «triángulo amoroso», parecen unos pánfilos incapaces de valerse por sí mismos en la vida. Y claro, con esos mimbres cualquier conversación profunda parece palabrería de adolescente. Sobre temática similar, es mucho mejor La edad de la inocencia.

Lulú (El espíritu de la Tierra) [🎥 🎭]
Frank Wedekind (1895)
Losada, 2014. 168 págs.

Ya había leído a Wedekind en su polémica Mine-Haha, y me atreví con esta obra de teatro que se supone base de la famosa película de mi admirada Louise Brooks, La caja de Pandora. Mi sorpresa ha sido descubrir que sólo contiene la primera parte, porque falta otra obra teatral de 1905 llamada igual que el film ¯\_(ツ)_/¯

En cuanto al texto, Wedekind vuelve a usar simbolismos y referencias sexuales omnipresentes pero nunca explicitadas. Se supone que Lulú, la protagonista, es fundamentalmente mala y usa su belleza para manipular a los hombres, de un modo que me recuerda a La Mandrágora (Alraune, 1911), pero realmente parece que ellos son bobos, porque no es que la chica sea muy sutil o retorcida. Intentaré conseguir la segunda parte para acabar de formarme una opinión.

La chica que lo enseñaba todo
Martí Sarroca (1987)
Júcar, 1987. 175 págs.

Está escrito bajo pseudónimo por Andreu Martín, autor que fue luego conocido sobre todo por la serie del detective Flanagan, dirigida a un público juvenil y que se publicó con posterioridad a esta novela.

No sé si será representativa de la calidad de Martín, pero me ha resultado decepcionante. Los personajes carecen de registro propio y no tienen reacciones sensatas acorde a la situación, la trama es inexistente y te pone unos infodumpings de enciclopedia cuando no viene a cuento. Ni siquiera la chica del título (claramente pensado para atraer el morbo) tiene mayor importancia en la historia, aunque el giro final pretenda arreglarlo todo.

Tela de sevoya
Myriam Moscona (2012)
Acantilado, 2014. 275 págs.

Este libro es difícil de juzgar. Trata sobre el idoma ladino o judeoespañol (de ahí el título, «piel de cebolla»), y sobre el devenir de los judíos en la diáspora y de la propia familia de la autora, lo que en principio suena bien, y desde luego la prosa es de gran calidad.

El problema estriba en que no es una novela, y tampoco un ensayo, sino una serie de reflexiones inconexas, recuerdos, algunos sueños, historias familiares... De por sí interesantes, pero que no forman un conjunto coherente y acaban por aburrir un poco precisamente por esa falta de conexión narrativa.

Las tumbas de Saint-Denis y otros relatos
Alejandro Dumas (1839-1849)
El País, 2007. 79 págs.

Necesitaba un tomo pequeño que me cupiera en la mochila, y esto apareció por mi mesa como por sorpresa.

Aunque no podemos poner en duda la calidad de Dumas padre, estos tres cuentos son bastante malos. No sólo anticuados en su planteamiento, lo cual es plenamente disculpable, sino como historias propiamente dichas. Están llenos de desconexiones argumentales, reacciones forzadísimas, etc. Vaya, un desastre.

Echidna 🐙
Beatriz Alcaná (2022)
Ayuntamiento de Nava, 2023. 68 págs.

¡Otro tomo delgado que se cuela en la lista de lecturas! Es porque se incluyó en el Club de Lectura de los Mitos, de la web Leyenda.net, lo mismo que Tidepool a principios de año.

Esta novela corta usa la narración epistolar y tiene un estilo decimonónico que a mí, personalmente, me gusta. Pero le falta contenido, no logra que uno conecte con los personajes (tanto por su brevedad como por el distanciamiento de este estilo de prosa) y claro, cuando llegan los sucesos culminantes no tienen la fuerza que debería. Poner a todos los personajes apellidos de escritores conocidos no ayuda precisamente a darle realismo.

Esposa hechicera
Fritz Leiber (1943)
Martínez Roca, 1989. 190 págs.

Qué ganas tenía de echarle la zarpa a este libro, que en castellano sólo se publicó en 1989 (me parece increíble, estando considerado un clásico del terror sobrenatural de su época, y de un autor bastante conocido, creador por ejemplo de la saga de Fafhrd y el Ratonero Gris).

Se le notan los años, y la premisa ya no funcionaría en la sociedad actual, pero sigue siendo una excelente lectura. Mi única queja es que tire por el suspense y no por el terror en sí mismo, porque con un par de cambios habría quedado tremendo.

martes, 29 de agosto de 2023

El portal de la sabiduría

Tenía ganas de pasar a relato esta idea que me rondaba. Admito que en el fondo es muy simple, pero me parecía simpática. Ha quedado cortito, 2063 palabras, pero creo que no tendría sentido alargarlo más, es la longitud que pide de forma natural.

Es curioso, porque inicialmente el enfoque iba a ser distinto (digamos que más abstracto, centrado principalmente en la trama de fondo), pero casi sin quererlo aparecieron unos personajes con más profundidad de la que yo preveía. Escribir tiene estas sorpresas agradables (otras veces no lo son tanto).

Ahí va, espero que os guste.

El portal de la sabiduría

Era difícil asegurarlo, siendo de noche y no disponiendo de iluminación, pero tenía que ser allí. El joven se detuvo ante la puerta y golpeó según la cadencia secreta, ignorando la pertinaz lluvia que se colaba por la basta tela de su sayo y empapaba sus prendas interiores. Por fin oyó descorrerse los cerrojos y se le permitió el paso.

—Llegas tarde —fue el único saludo que obtuvo al entrar en la estancia a oscuras, que volvió a clausurarse tras de él.

—Yo… —intentó explicarse.

—Vamos, rápido —le interrumpió aquel personaje en la penumbra—, el cónclave te aguarda.

Le condujeron apresuradamente hasta una sala alumbrada con candelabros de velas de sebo. Allí se detuvo, con la tela goteando agua sobre el suelo de piedra toscamente pulida. Al otro lado de la mesa que tenía en frente, varios individuos de edad. Debían de ser miembros de la orden, y se sintió amilanado por su autoridad.

—Habla —le conminaron.

—Losab… —tartamudeó nervioso, y luego se aclaró la voz, intentando ganar confianza—. Los sabios del observatorio han realizado la última corrección al cálculo respecto a la activación del portal de la sabiduría.

—¡Vamos, chico, dilo! ¿Cuándo será?

—Esto, pues… será mañana, una hora después del mediodía.

Eso provocó algunos comentarios.

—Es antes de lo que esperábamos —decían entre ellos.

—Pero se puede hacer, la palabra rúnica pronto estará lista.

—No hay que apresurarse, o de nada servirán años de esfuerzo.

—Ante todo nadie debe adelantársenos, eso es fundamental.

Y luego devolvieron su atención al recién llegado.

—¿Se puede saber por qué has tardado tanto en presentarte con tan importante nueva? —dijo el que parecía el principal entre ellos.

—Es que… una turba de supersticiosos atacó el observatorio. Los maestros intentaron calmarlos, pero fueron apedreados. Yo hui y tuve que dar un largo rodeo para venir hasta acá. No sé qué ha sido de ellos pero, cuando me volví a lo lejos, una nube de humo se alzaba allí.

Eso sumió en la desesperación a los presentes.

—¡Qué gran pérdida, de lo poco que quedaba del saber de antaño!

—¡Irreparable!

—No perdáis la esperanza —decía uno de ellos con frágil optimismo—. Con el conocimiento secreto de los ancestros, eso muy pronto cambiará.

—Alabados sean los ancestros —respondieron a coro.

El chaval temblaba y contuvo un estornudo.

—Amigos, son circunstancias muy graves pero estamos olvidando nuestras responsabilidades como anfitriones —dijo el que le había preguntado antes—. Vamos, muchacho, debes abrigarte y descansar. Mi sobrina te acompañará a un aposento.

Ellos se quedaron discutiendo, pero él siguió a la joven que se le había indicado. Llevaba una palmatoria que apenas iluminaba su pelo rojizo y el hombro de su modesto vestido. Los escalones crujían, y no menos los tablones del suelo del piso superior. La chica lo condujo a un cuarto pequeño, dejó la palmatoria en una mesita y, sin mediar palabra y lanzándole una fría mirada, se marchó. No sabía qué mal podía haberle hecho, pero estaba demasiado agotado para pensarlo. Se desnudó y se tumbó, sin molestarse siquiera en buscar chinches.


Despertó de madrugada, reviviendo las imágenes del observatorio en llamas. Creyó oír incluso el crepitar del fuego, pero cayó en la cuenta de que eran los rugidos de sus tripas vacías. ¿Desde cuándo no comía? Ancestros, qué hambre. Logró conciliar de nuevo el sueño un rato más, hasta que notó que alguien lo zarandeaba.

—¡Venga, despierta de una vez!

Se dio la vuelta sobre el jergón y vio que se trataba de esa misma chica. ¿Ya era la hora del desayuno?

—¿Qué traes de comer?

—No soy una criada, y menos tuya —replicó ella de malos modos—. Vamos, tienes que bajar rápido.

Tiró de la manta para apremiarle y él brincó para impedirlo, al comprender que estaba a punto de quedarse desnudo. La muchacha soltó una risita y salió del cuarto. Avergonzado, el joven cogió sus ropas, ya secas pero no por ello cómodas, y se apresuró a cubrirse y a seguirla al pasillo.

Por lo que atinó a ver, toda la parte posterior de aquel edificio, que visto desde la calle pasaba por una simple establecimiento familiar de amanuenses, formaba una enorme y abigarrada biblioteca. No sólo los estantes de las paredes contenían más libros de los que había contemplado a lo largo de su vida, sino que casi toda superficie disponible estaba cubierta de papiros y pergaminos de vitela en aparente desorden. Entre ellos divisó una bandeja con bollos y no pudo resistir el impulso de zampárselos a dos manos. Cuando vino el señor de la casa, trató de disimular los carrillos hinchados.

—Hola, muchacho, gracias por venir. ¿Sabes leer?

Él asintió, intentando tragar a la vez todo lo que le quedaba en la boca.

—Bien, memoriza esto.

Le mostró un retal de papel en el que aparecían escritos unos caracteres a péndola. Se fijó en ella con cuidado, pero las runas de los ancestros se le hacían difíciles.

—¿Es la palabra mágica que abre el portal? —preguntamos.

—Eso creemos, sí.

—¿Qué significa? —dijo, admitiendo su ignorancia.

—Nadie lo sabe, es otro conocimiento que se ha perdido. Pero, si nuestros cálculos son correctos, es una de las palabras de poder habituales.

—¿Una?

—Como sin duda te dijo tu maestro, durante el Gran Colapso se olvidó el modo de acceder al portal de la sabiduría. Otros antes de nosotros intentaron deducir en el pasado cuál sería, sin éxito. Pero sus fracasos nos acercan al triunfo, pues nuestra orden ha conservado las palabras inválidas. En fin, confiemos en que esta sea la correcta. Sobrina, ¿tú también la has aprendido?

—Por supuesto, y mejor que él. ¿Por qué tiene que venir?

—Por el mismo motivo que tú, porque sois jóvenes. —Les agarró a cada uno del hombro—. Escuchad, ya pocos recuerdan la última ocasión en que se activó el portal. Yo no era más que un niño, y casi todos los miembros de la orden han muerto. Por si no lo sabéis, cada vez que fallamos, los ancestros pierden parte de su fe en nosotros, y el periodo hasta que vuelve a activarse se prolonga más y más. Si también marramos esta oportunidad, para la próxima quizá seáis ancianos. Por eso quiero que estéis presentes y recordéis, para cuando os toque. Vamos, hemos de marchar. Sobrina, ya sabes lo que hay que hacer.

La chica fue a quemar el papel en la chimenea.

—Espera —le rogó el muchacho—, déjame mirarlas una vez más.

Ella suspiró, pero lo mantuvo frente a sus ojos mientras él intentaba rememorar las lecciones de sus maestros. ¿Cómo diablos se pronunciaba eso? Imposible.

—¿No la puedo apuntar?

—Por supuesto que no, estúpido, ¿y si alguien te lo roba y es él quien consigue acceder al portal de la sabiduría? ¿Imaginas qué desastre si todo el poder que contiene cayera en malas manos? Vamos, has tenido tiempo de sobra, nos esperan.


Partieron enseguida por un portillo trasero que daba a un discreto callejón. Marchaban siete: ellos dos, el tío de la muchacha y cuatro hombres más que debían de ser guardias o allegados. El chico se asustó al descubrir que portaban fierros bajo las capas, no estaba acostumbrado a esas cosas. Pero mejor eso que caminar desprotegidos, se dijo, y el siete era un número afortunado.

No sabía a qué distancia se hallaba el templo de los ancestros, era un secreto bien guardado. Pero no llevaban provisiones y faltaba poco para la hora marcada, así que no podía ser muy lejos.

Fueron adentrándose en las peores zonas de la ciudad, donde abundaban edificios desvencijados, pavimentos agrietados y llenos de hondonadas que nadie sabía ni quería reparar, con muchas casas clausuradas con tablones y un signo pintado en ellos para indicar que estaban contaminadas de alguna enfermedad incurable (casi todas lo eran). Pero peor que eso eran las turbas de siniestros penitentes que seguían a sus respectivos profetas, dispuestos a traer el paraíso a base de sangre y muerte, los mutilados de guerra que mendigaban, asqueando a la mayoría de los transeúntes, y la horda de pillos y criminales que rodeaban a cualquier desprevenido para robarle o para apuñalarle en una esquina oscura y sacarle lo poco que llevara.

—Si fallamos —comentó en voz baja la chica, que iba a su lado—, el mundo no aguantará hasta la próxima apertura.

No sabía si se dirigía a él o hablaba sola, así que no respondió. Pero lo que había dicho era eco de sus propios pensamientos. Siendo aún joven, él mismo recordaba tiempos mejores. La degeneración de la sociedad se aceleraba.

Siguieron caminando, apretando el paso y evitando los lugares peligrosos. Pasmaba darse cuenta de lo enorme que había sido la ciudad, de la que apenas seguía habitada una pequeña parte. Allá donde estaban ahora sólo quedaban ruinas de cimientos, vegetación y algún que otro edificio suelto invadido por la hiedra, de modo que más parecía que estuviesen a campo abierto.

Entonces cayeron en la emboscada. Todo fue muy confuso, unos tipos embozados saltaron encima de ellos, los guardias sacaron sus armas pero enseguida estuvieron enzarzados en un desventajoso cuerpo a cuerpo, frente a las dagas de sus adversarios. El chico contempló aterrado cómo uno de ellos se le abalanzaba, pero el maestro de la orden le apartó a un lado para protegerle, llevándose él la estocada.

Se llevó las manos al estómago y el asaltante se puso furioso. El muchacho trató de huir, y al hacerlo vio que la chica se había quedado paralizada al ver que herían a su tío. La agarró del brazo y tiró de ella hacia la maleza. No la soltó mientras se escabullían, alejándose cuanto fuese posible de los sonidos de lucha, hasta que por fin pudieron detenerse.

Vio que ella lloraba.

—Mi tío, es todo lo que tenía…

No sabía qué hacer, así que la abrazó.

—Sabían que el portal se activaría —dijo entrecortadamente entre sollozos—, pero les faltaban las runas. Por eso nos han atacado.

—Y no querían matar a tu tío —añadió él—. Pero ha pasado, y ahora no conocen la palabra. Escucha, ¿tú sabes cómo llegar hasta allí?

Ella se desasió, enjugándose las lágrimas, y asintió.

—Es un secreto, pero siempre he sentido curiosidad y finalmente accedió a contármelo. No estamos lejos. Tienes razón, tenemos que hacerlo, se lo debemos a él.

—Y a toda la humanidad. Vamos.


Trataron de seguir sendas apartadas que avanzaran en la dirección correcta. El paisaje estaba lleno de muros derruidos, hechos con materiales que le resultaban desconocidos.

—Aquí hubo enormes torres que llegaban hasta el cielo —comentó ella.

—¿Como las de los castillos?

—Mayores aún.

Era difícil de creer, pero ahora había cosas más importantes de las que preocuparse. La siguió hasta un edificio cubierto de vegetación. No vieron a nadie cerca, pero eso no logró que se sintiera seguro. Sugirió esperar, pero ella se negó.

—Ya es la hora —dijo—, no podemos retrasarnos o alguien se nos adelantará.

Se acercaron al descubierto hasta la entrada. El campo de fuerza mágica casi invisible que la protegía se deslizó ante ellos.

—Eso significa que el portal ha vuelto a activarse. ¡Vamos!

Entraron, aunque él temía que hubiera trampas. Siempre había trampas en los sitios así, ¿verdad? Pero ella ignoró a sus temores.

—A ver, la sala del portal tiene que ser… ¡esa!

No había nadie, pero la inusual arquitectura y los restos de magia olvidada hacían que se les erizara el cabello. Se adentraron con respeto en la estancia. Había una especie de trono de extrañas hechuras, y delante un recuadro que ella identificó como el Portal del Saber.

—Es pequeño —dijo el chico—, no cabremos por ahí.

—Porque no es para pasar, so bobo, sino para que emerja por él todo el conocimiento perdido. ¡Mira! Esta es la tabla de las runas, hemos de seleccionar las correctas.

—Vale, ¿las recuerdas?

Por una vez, ella titubeó.

—Creo que sí. Esta es la primera, ¿no?

—Pues… ¿no era esa otra?

Varias se parecían, pero revisaron la tabla y fueron pulsando las que consideraron adecuadas.

—¡No sucede nada! —se asustó él.

—Espera, al terminar hay que tocar una runa especial, más voluminosa que las demás… ¡Esta!

Entonces el portal arcano cobró vida y, ante sus ojos atónitos, un mensaje rúnico apareció en él:

La contraseña es incorrecta
Acceso denegado
Puede volver a intentarlo en 1893456040 segundos

lunes, 20 de marzo de 2023

Asiento reservado (micro)

Este es un microrrelato que tenía por ahí medio preparado y he pulido un poco. Como veréis, lo escribí en un momento de indignación con la poca educación que muestra cierta gente (aunque no se limita sólo a un tipo de persona, por supuesto). Son 500 palabras justas, incluyendo el título.

Por cierto, otro microrrelato que se desarrolla en el metro (¿se nota que lo he usado muchos años?) es el elegantemente titulado La frialdad de su culo.

Asiento reservado

Entra en el vagón de metro y se deja caer sobre el primer asiento que hay libre, calándose la capucha de la sudadera y sacando de inmediato el móvil. A ver qué se dicen sus colegas…

Nota que algunas personas le miran de reojo. Será por los piercings o los tatuajes, que les den. Estira las piernas hasta más allá de medio vagón y se hunde en el sitio. No las quita ni cuando pasa una señora con carrito de bebé, que tiene que maniobrar por el otro lado pero no se atreve a decirle nada.

La gente sigue observándole. De hecho, diría que sus miradas apuntan un poco por encima de su cabeza. Así que echa la vista atrás y ve una pegatina azul donde pone algo de «asiento reservado» y nosequé mierdas más. Bueno, pues pasando, él no se va a mover de ahí. Si alguna vieja embarazada y coja quiere sentarse, que tenga los huevos de decírselo a la cara, que ya verá dónde la envía.

Está a su música y el móvil, pero de vez en cuando ve que continúan mirándole y cuchicheando. Un par de niños le señalan y comentan algo a su abuelo, pero este se los lleva a otro vagón. Cualquier mierda de lo poco cívico que es, se la suda. Podría cambiarse de sitio, pero no le sale de la polla.

Una chiquilla sentada cerca se dirige por fin a él.

—No debería sentarse ahí, señor.

—Vete a la mierda, puta cría. —Se vuelve hacia el resto—. ¿Y vosotros qué miráis? Dejadme en puto paz si no queréis un par de hostias!

Sonríe al ver la cara que se les queda y vuelve a sus cosas.

Pero el tren no arranca, lleva un rato parado en esa estación. Qué coño pasa, encima llegará tarde con la pandilla. Se gira y ve que, desde el fondo del tren, avanzan unos tipos raros. El rostro oculto por capuchas, pero no como él, sino con una especie de túnicas que llegan hasta el suelo.

Le entran ganas de reírse, pero al ir acercándose ve que canturrean algo y dan bastante mal rollo. Y el metro que sigue sin moverse. Bueno, que pasen de largo. Aparta las piernas cuando llegan, pero ellos se detienen delante y se quedan ahí, quietos.

—¿Qué problema tenéis, tarados? —les espeta.

De repente lo agarraran entre varios, con una fuerza endiablada.

—¡Eh, soltadme, ¿qué pasa?!

Intenta debatirse pero lo sacan a rastras mientras chilla y patalea. En el andén hay un altar de mármol sobre el que lo sujetan, cada uno por una extremidad, con una presa de acero.

Cuando las puertas del vagón se cierran, uno de ellos ya saca el afilado cuchillo.


El tren se aleja por el túnel y los pasajeros del vagón sacuden las cabezas, consternados de que alguien tan joven se preste a eso. A pesar de que va lleno, ese sitio queda vacío, justo debajo de la indicación: «Asiento reservado para sacrificios».

jueves, 29 de diciembre de 2022

Lecturas 2022

Este año ha sido horrible en cuanto a lecturas, no ha habido manera de avanzar. Primero porque he usado menos el transporte público, que es donde suelo leer, y segundo porque sufrí un tremendo bloqueo con la parte final de Un dique contra el Pacífico. No había manera de avanzar ni siquiera un par de páginas, y tampoco me apetecía pasar a otra cosa, ya digo que estaba bloqueado.

Y eso que, en general, las lecturas de este año me han parecido buenas, incluso en libros de los que no esperaba gran cosa. Dejo constancia de ellas, aunque me avergüenza que sean tan pocas:

La ira de N'Kai [🐙]
Josh Reynolds (2020)
Minotauro, 2021. 304 págs.

Los libros escritos por encargo suelen ser un desastre, y este, que pertenece a la licencia del juego de Arkahm Horror, no es una excepción. A ver, se nota de Reynolds es un profesional de la pluma a sueldo y no hace nada terrible en la novela, pero es que tampoco aporta nada interesante, y se nota que le da igual. Y consigue que al lector le suceda lo mismo.

Un dique contra el Pacífico [🎥]
Marguerite Duras (1950)
Tusquets, 2008. 273 págs.

Escrito en base a sus experiencias en la Indochina Francesa, igual que las novelas posteriores y más conocidas El amante (1984) y El amante de la China del Norte (1991). Empieza bien, con personajes interesantes y trasfondos duros, pero va decayendo y parece que se recrea en la complacencia de una familia profundamente tóxica y, en mi opinión, la fea relación cuasi-incestuosa entre los dos hermanos, ninguno de los cuales cae bien.

La noche en que Frankenstein leyó el Quijote [🎓]
Santiago Posteguillo (2012)
Planeta Booket, 2014. 230 págs.

Me lo recomendó un compañero de trabajo y pensé «por qué no, seguro que es una lectura amena». Y sí que lo es, pero para mi gusto demasiado superficial. Posteguillo toma unas cuantas anécdotas de la historia de la literatura y las noveliza un poco, pero la verdad es que no sorprenden a cualquiera que esté un poco familiarizado con el tema, y algunas son un poco forzadas, como la que da título al volumen.

Nada [🎥]
Carmen Laforet (1944)
Destino, 2007. 300 págs.

Tenía ganas desde hace tiempo de leer este libro, que se suele presentar como una de las joyas olvidadas de la literatura española del s.XX, y al principio es interesante por el cuadro que muestra de la Barcelona de la posguerra, pero la trama acaba revelándose bastante decepcionante y los personajes muy poco realistas, parecen de opereta. Con todo, se lee bien (a pesar de una prosa muy alambicada) y no se hace pesado.

La edad de la inocencia [🎥]
Edith Wharton (1920)
Club Internacional del Libro, 2020. 354 págs.

Volví a ver no hace demasiado la película que dirigió Scorsese, y se parece tanto que es imposible no imaginar continuamente a Daniel Day-Lewis, Michelle Pfeiffer y Winona Ryder como los personajes. Pero incluso sabiendo lo que va a pasar, resulta deliciosa esa crítica de la «aristocracia» neoyorquina de la segunda mitad del siglo XIX, con sus sobreentendidos y estrictas limitaciones. Además, las dudas de Newland respecto a las mujeres de su tiempo me han hecho reflexionar (sobre todo en cuánto han cambiado las cosas). Eso sí, perdonadme pero yo creo que le falta una escena de sexo.

La señora Dalloway [🎥]
Virginia Woolf (1925)
El Mundo, 1999. 190 págs.

Tenía cierta aprensión sobre este libro, pese a su buena fama. El stream of conciuosness puede hacerse tan pesado… Pero no aquí, sobre todo porque va pasando de un personaje a otro, tratándolos a todos con un respeto que cuesta hallar en obras actuales. Lo único, la parte del ex-soldado se me ha hecho pesada, estaba deseando que acabaran sus secciones. Pero con todo, no me extraña que se lo considere una obra maestra de la literatura.

jueves, 27 de octubre de 2022

Arrebato, capítulo IV

Relato retrofuturista ambientado en una ciudad sumergida. Podéis acceder al resto de capítulos desde el índice.

¡Atención! Podéis escuchar el audiorrelato 🔊 en el canal Espejo de Átropos.

Llegamos a la conclusión de la historia: la búsqueda de nuestro protagonista llega a su fin, pero está en su mano dar paso a un nuevo mundo, mucho mejor que el anterior. Aunque para ello haya que hacer sacrificios…

4. Seremos arrebatados

Un organismo desplomado en el suelo, sin fuerzas. Respira con dificultad, se atraganta con su propia saliva, incapaz de reaccionar. Los órganos fallan uno tras otro. Nadie duda ya de que su fin está próximo. Y no se puede hacer nada.

Así contemplaba él la ciudad mientras avanzaba por ella con las pesadas botas de buzo. El nivel de las aguas había ido subiendo progresivamente, sin nadie que reparara la inevitable decadencia, conforme las compuertas iban cediendo y los sistemas de dragado oxidándose. Había distritos enteros sumergidos en el océano, y las salas en las que se habían formado bolsas de aire eran ya páramos sembrados de cadáveres al dejar de ser respirables. Los edificios menos sólidos se habían desplomado sobre el fondo marino y los peces culebreaban por sus tripas con la indiferente curiosidad que les era propia. Las luces iban y venían, sin decidirse a claudicar, como los últimos impulsos neuronales del organismo, y los incendios descontrolados consumían el poco oxígeno que quedaba.

¿Cuántas personas habían muerto? Miles, decenas de miles quizá. Sólo quedaban en la ciudad los proscritos, los marginados, aquellos que carecían de recursos o estatus como para ser incluidos en alguno de los intentos de huida, destinados casi todos al fracaso, y que además habían tenido la fortuna (si se podía llamar así) de no perecer en ninguna de las revueltas, atentados, accidentes o simples suicidios colectivos motivados por el inminente desenlace. Y de los que quedaban, la mayoría estaban tan inmersos en las alucinaciones que provocaban los plásmidos que apenas recordaban su pasado. Casi todos ellos habían experimentado además terribles mutaciones que hacían que no parecieran humanos, ni por fuera ni por dentro.

El glorioso experimento social se desploma, dejando un poso de muerte y dolor. El sueño de la razón produce monstruos. Literalmente.

Soltó dentro del casco una risita sardónica ante su propio ingenio. Qué inspirado te vuelve el ocaso de tu mundo, se dijo. Sí, había algo de espléndido en la muerte de la ciudad, ¿no era cierto? Que quienes habían fundado una utopía para huir del caos de la superficie fueran los primeros en caer ante la demencia humana, era en cierto modo justicia poética. Pero no debía distraerse. Tenía una misión que cumplir, lo único que quedaba por hacer. No era momento de permitirse errores.

Llevaba adherido a su manaza enguantada un plano plastificado, manchado y con la tinta corrida en algunas partes, que consultaba periódicamente. Le había costado años conseguir aquello, pero estaba seguro de que era correcto. Esta vez sí.

Los antiguos laboratorios se situaban detrás del barrio de negocios, ahora poco más que una ruina humeante. Como había previsto, estaba inundado y era necesario sumergirse; de ahí el traje de buzo autónomo, con sus pesadas bombonas. Pero estructuralmente la zona aguantaba bastante bien: no había vigas combadas ni amenaza de derrumbamiento. Se notaba que allí los constructores habían cuidado los materiales empleados, no como en el extrarradio. Y por extraño que pareciera, no estaba totalmente deshabitada. Tras las esquinas veía fugazmente a algunos adictos terminales, mutados hasta tal punto que eran capaces de subsistir bajo el agua salada. Seguramente eran peligrosos, más por la desesperación que por las facultades extraordinarias que pudieran quedarles en un mundo donde su combustible estaba agotado. Bueno, él no tenía capacidades sobrehumanas, pero iba protegido y bien pertrechado.

Cuando alcanzó un corredor anodino en el que la techumbre metálica había cedido, bloqueando el paso, y comprobó que el mapa le obligaba a avanzar por allí, arrancó el voluminoso taladro neumático de su otro brazo y lo usó para crearse un acceso prêt-à-porter, ignorando gracias a su traje protector los violentos chispazos del cableado sumergido. Si podía resistir las dentelladas de los tiburones, aquello no era nada. Al otro lado halló una compuerta de seguridad aún funcional que no fue rival para sus explosivos. Y detrás, por fin, su destino. La sala secreta de criogenia.

No estaba totalmente inundada, sólo hasta un metro de altura, aproximadamente. Los muros eran de un tono gris indefinido con pantallas empotradas (y apagadas), y los pequeños cubículos dispuestos frente a la pared, como un palmo por encima del agua, parecían ataúdes infantiles. Y bien podían estar cumpliendo esa función. Después de tanto tiempo, las posibilidades eran… Pero no, se negaba a aceptarlo. Se aproximó a ellos y limpió con su guante la escarcha de los paneles frontales. Los primeros estaban vacíos, pero al tercero la encontró.

Tal como la recordaba. Apenas una niña, los ojos cerrados en un sueño eterno y el mismo gesto inocente que ponía cuando dormía. ¿De verdad seguía viva? Bueno, aquella sala aún tenía electricidad y las lucecitas parpadeaban, ¿no? ¡Tenía que estarlo! Si algo positivo se podía decir de los dementes que idearon todo aquello era que sabían inventar cosas.

Pulsó con un temblor imperceptible el botón de deshibernación y el proceso dio comienzo. Lentamente al principio (tanto que temía que estuviera fallando, que el tiempo transcurrido hubiese provocado algún daño irreparable), pero luego con mayor celeridad. El color regresó a sus juveniles mejillas, la gélida condensación del vidrio dio paso al vaho de su pausada respiración y esos molestos pitidos de la máquina, que por fin relacionó con los latidos del corazón, comenzaron a marcar un ritmo reconocible.

Las luces verdes se activaron, provocando la apertura automática de la cápsula. Vio que los párpados de la chiquilla temblaban y se apresuró a quitarse el casco para no asustarla. Cada vez le resultaba más costoso, era ya como una segunda piel, pero lo logró justo a tiempo, cuando ella ya abría los ojos.

—¡Hermanito!

Él sonrió, la primera vez que lo hacía de corazón desde hacía mucho tiempo. Desde que ella desapareciera, de hecho. Tantos años buscándola, con la esperanza prácticamente perdida y sólo su vieja promesa obligándole a mantener el empeño. Y por fin la había encontrado.

Leyó los indicadores. Aunque no sabía interpretarlos, estaban todos a verde y las agujas en zona media. Eso tenía que ser bueno. Y de todos modos ella se incorporó casi de inmediato.

—¿Cómo has crecido tanto de repente? —preguntó asombrada—. ¡Si tienes barba! —Y mirando a su alrededor, añadió—: ¿Dónde estamos?

—En la ciudad. Ha pasado mucho tiempo, pero no te preocupes, todo ha terminado. Esas personas malas ya no podrán hacerte daño.

—¡Bien, sabía que vendrías a rescatarme!

La alegría que se dibujó en su rostro infantil despertó en él un sentimiento cálido que se extendió por sus miembros y que hacía años que ni el alcohol lograba avivar.

—Pero aún hay peligro —dijo, tratando de apaciguar su entusiasmo—. No sé dónde podremos vivir, si es que podemos.

Eso no pareció inquietarla.

—Yo sé lo que hay que hacer. ¡Sígueme!

Saltó con agilidad al agua que cubría la parte inferior de la sala antes de que él pudiera impedirlo y, para su asombro, culebreó por el fondo como si fuese su medio natural. Cuando volvió a asomar, sonriente, le bufó un chorro de agua encima.

—Me dijo que podría —exclamó contenta—, ¡y es verdad!

—¿No te ahogas? —preguntó él, más asombrado que asustado después de todo lo que había visto en su vida—. ¿Cómo puedes respirar?

La pequeña se encogió de hombros con naturalidad, salpicándole en el proceso.

—Supongo que él se encarga. ¡Venga, vamos!

Su hermano se quedó mirándola anonadado por unos segundos, pero echó a caminar detrás de ella antes de que se escabullera por el corredor inundado y se perdiera de vista.

—¿Adónde vamos? —preguntó, no muy seguro de que fuera a escucharle.

—A donde hay que ir —fue la críptica respuesta—. Ha estado hablándome, ¿sabes?

—¿Quién… cuándo?

—Pues el bichito, claro. He tenido sueños muy bonitos. Ven.

Atravesó la zona sumergida con mucha mayor facilidad que él (que, para empezar, tuvo que ponerse el casco y luego conectar la respiración), y cuando volvió a verla al otro lado caminaba confiada entre las ruinas del distrito, sin ningún miedo a escombros o metales oxidados. Su hermano captó movimiento próximo y preparó su enorme pistola remachadora, capaz de agujerear a cualquier ser vivo a decenas de metros, pero en ese momento la niña se volvió hacia él y con una sonrisa le desarmó, de un modo prácticamente literal. Era como si la escuchara en su cabeza y no pudiera desobedecer. Y le pedía que no hiciera nada.

Así, tuvo que contemplar cómo una criatura deforme, de alargadas extremidades, se descolgaba de su percha en lo alto y se dejaba caer delante de ella. Parecía peligrosa, en su cuello boqueaban rítmicamente una especie de branquias rugosas y entre sus largos dedos se veía una membrana interdigital casi traslúcida. Pero la niña, sin ningún miedo, se giró y siguió caminando. Y aquel antiguo ser humano, en lugar de atacar, comenzó a seguirla, a su mismo ritmo y manteniendo una respetuosa distancia.

Pronto fue otro de aquellos seres mutados el que dejó de hurgar en un montón de desperdicios y chatarra y, como atendiendo a un comando que sólo él pudiera escuchar, se puso detrás de la anterior. Y después otros dos, y varios más. Pronto formaron una dispar comitiva que el buzo observaba asombrado. Como en el cuento del flautista de Hamelín que les narraba su madre cuando aún vivía, la pequeña parecía tenerlos hechizados y los conducía… ¿hacia dónde?

Pronto estuvo claro su destino: los muelles. Él conocía muy bien aquel lugar. Diablos, había trabajado ahí durante años, malganándose la vida cuando eso aún era posible en la ciudad. Pero allí no quedaba nada, era una de las zonas que primero fueron abandonadas, cuando ya no hubo nadie vivo o cuerdo capaz de arreglar los submarinos. Sin embargo, los recién llegados no pretendían reparar nada. Precedidos sin temor por su hermana, se zambulleron en el puerto inundado, entre los muelles de madera podrida y las redes y los aparejos abandonados, y atravesaron grácilmente las viejas esclusas entreabiertas para salir a mar abierto. ¿Adónde diablos iban? Allí fuera sólo estaba…

Entonces lo comprendió. Aquellos eran los elegidos, ese era el arrebato de los justos que había sido profetizado para el apocalipsis y que completaba el destino de la ciudad. Recordó las palabras de aquel sacerdote estrafalario que ya no era más que huesos y que él siempre había tomado por loco… Puede que lo fuera, pero en eso estaba en lo cierto. Lo estaba contemplando con sus propios ojos: los pocos supervivientes que habían completado la transformación, dejando atrás su humanidad, estaban preparados para la nueva vida eterna. Y a falta de cielo, su hermana los conducía al reino de las profundidades.

Ella iba la primera, nadando con una habilidad que parecía innata, mientras que él andaba pesadamente por el lecho marino con el bentos apartándose a su paso, quedándose poco a poco rezagado. Los últimos ya se perdían a lo lejos en aquella extraña masa bioluminiscente, donde se difuminaban en un halo de claridad como si fueran ángeles. Ángeles caídos, si acaso, que retornaban al edén. Al lugar de origen de la humanidad. Los hijos pródigos regresan.

Comenzaba a distinguir lo que había al otro lado de la neblina resplandeciente, y en verdad parecía una ciudad. Pero si de verdad lo era, tenía proporciones ciclópeas, e incluso el fondo oceánico se le hacía pequeño. Las espiras dibujaban ángulos imposibles que resultaban mareantes, ¿o es que padecía el mal de las profundidades? Y esas sombras que se movían en el gran templo, si de verdad eran seres vivos, su tamaño tenía que ser… no, eso no podía estar bien. Algo le ocurría. En realidad las bombonas de oxígeno que llevaba debían de estar ya en las últimas, no aguantarían mucho más. La escasa pureza del aire que respiraba le agotaba más de lo debido y cada paso se le hacía un mundo. Estaba inmerso en la nube y parecía el limbo, una masa de plancton fosforescente donde nada era real. Se detuvo, desorientado, sin saber bien por dónde marchar. Entonces una figura nadó delante de su traje. Era ella, flotando feliz; parecía que volaba como un hada sobre el prado de algas.

—Gracias, hermanito. Tenías razón, al final todo ha salido bien. Me da mucha pena que no puedas venir, pero el bichito dice que allí no hay sitio para ti. ¿Lo comprendes?

Él asintió, ya medio hundido hasta las rodillas en la fina arena del lecho marino. La muchachita le dio un beso en el casco, justo encima de su nariz.

—Adiós, hermanito, siempre me acordaré de ti.

Se marchó y le dejó solo, pero se sintió extrañamente feliz. Su papel había concluido. Todo estaba bien.

Fin

viernes, 14 de octubre de 2022

Arrebato, capítulo III

Relato retrofuturista ambientado en una ciudad sumergida. Podéis acceder al resto de capítulos desde el índice.

¡Atención! Podéis escuchar el audiorrelato 🔊 en el canal Espejo de Átropos.

Tras la separación de los hermanos en el orfanato, han transcurrido unos años y la ciudad prosigue su acelerado descenso a la anarquía. Surgen luchas por el poder y grupos que tratan de dar sentido a la existencia bajo las aguas.

3. Los que quedamos…

La puerta no era tal, sino unos tablones enmohecidos y cubiertos de lapas secas que había que echar a un lado al entrar, para dejarlos caer luego tras de uno con un golpe sordo. No es que fuera un lugar secreto, si sabías a quién preguntar, pero ciertamente nadie iba pregonando lo que había allí.

Detrás de las tablas nacía un pasillo largo, sorprendentemente amplio y bien iluminado para lo ajado de la decoración. Tenía entendido que fue parte del atrio de un cine, cuando aquella barriada aún era «de las buenas», y puede que fuera cierto a juzgar por los carteles pegados a las paredes, ya ilegibles, los viejos adornos geométricos de chapa barata y los apliques de las lámparas, de falso oro. Lo cruzó con pasos pesados, aún chorreando agua tras de sí: llegaba tarde. Al fondo había una hilera de personas, un irónico remedo de las colas que debieron de formarse allí cuando la gente compraba sus entradas. Pasó de largo y entró directamente en la iglesia.

No era una iglesia como tal, por supuesto; eso estaba prohibido por el mandamás. Así que pasaba por un simple centro de caridad para los desfavorecidos, algo que, sin estar tampoco bien visto, era al menos tolerado, en particular desde que parte de la aristocracia de la ciudad decidiera reinvertir parte de sus riquezas en lugares similares a aquel. Se decía que lo hacían para mitigar el malestar de la masa de pobladores que malvivía siempre al filo del hambre y la desesperación, y evitar así posibles revueltas. Puede que tuvieran razón, pero él sabía bien que no era la única motivación. El recuerdo de las inclusas en las que había pasado su última infancia y de donde su hermana había desaparecido aún era un dolor lacerante en sus entrañas.

Unas cuantas cabezas se giraron hacia él cuando pasó por delante de los que esperaban para recibir su tazón de sopa caliente y un trozo de ese asqueroso pan de algas. No era de extrañar: había venido directo de su puesto de trabajo y llevaba aún puesto parte del traje de buzo, dejando tras de sí un rastro de agua salada y con la escafandra colgando de su firme brazo izquierdo. No resultaba una imagen demasiado inusual en la ciudad, en especial desde que todo iba a peor y cada vez había más filtraciones y fallas funcionales, y continuamente había que tapar fugas y revisar el exterior de los muros de contención.

Ignoró su curiosidad del mismo modo que él no prestaba atención a las rugosidades de sus cuellos, los párpados protuberantes o la alopecia temprana, incluso en las mujeres, y se sentó en la parte posterior de la antigua platea del cine, en uno de los toscos bancos de madera que sustituían a las butacas. Un poco más allá comía una familia de cuatro miembros, encorvados sobre sus platos y engullendo con rapidez al tiempo que miraban de soslayo a su alrededor, como si temieran que alguien viniera a robarles el caldo aguado. Los hijos, niño y niña de ojos hambrientos y desconfiados, le recordaron a sí mismo y a su hermana años antes, cuando se quedaron solos y vagaron por lugares similares antes de acabar en esos malditos orfanatos. Fue más tarde, tras cumplir la edad reglamentaria y que lo devolvieran a las calles, sin nadie con quien contar, cuando conoció al pastor.

Como invocado por su pensamiento, un hombre se paseó por la fila de quienes aún aguardaban, saludándoles e interesándose por su situación. Recordaba muchos de sus nombres y de las circunstancias que los habían llevado hasta allí, y no eran pocos los que le abrazaban e incluso trataban de arrodillarse para besarle el dorso de la mano. Llevaba un sencillo traje negro con una estola púrpura al cuello que caía sobre su pecho, pero sin símbolos. Así como aquella no era una auténtica iglesia, su pastor tampoco lo era realmente. Nunca hubiesen dejado bajar hasta allí a un sacerdote de la fe que fuera, pero eso no había impedido conversiones nacidas de la progresiva decadencia de la urbe, que de igual forma que sacaba lo peor de muchos ciudadanos, despertaba lo mejor en otros. Como solía decir el pastor, «es la gracia bajo presión».

Después, y bajo la atenta mirada del joven, improvisó una especie de sermón dirigido a cuantos allí estaban. No desde el presbiterio, que de todos modos no existía, sino allí en medio del corro que se formó para escucharle, entre sonidos de masticación, toses y llantos infantiles.

—No perdáis la esperanza, pues es lo que nos mantiene vivos. Las cosas pintan mal, lo sé. La ciudad a la que vinimos esperando el paraíso se ha convertido en un purgatorio…

—En el infierno, padre —dijo una voz.

—No, en el purgatorio —le corrigió con seguridad, sobreponiéndose a las risas y las voces de asentimiento—. Porque en el infierno están los condenados, para los que ya no queda esperanza. Pero las almas del purgatorio anhelan el momento en que se acabe su suplicio y accedan al reino del Señor. Como dijo el apóstol Pablo sobre el final de los tiempos: «Luego nosotros, los que vivimos, los que quedamos, seremos arrebatados para recibir al Señor, y así estaremos siempre con Él». El arrebato de los justos. ¿Y cómo se llama esta ciudad? Exacto, de aquí seremos arrebatados para ir al cielo, pues así está escrito.

El joven buzo pudo comprobar que muchos se sentían impresionados por su arenga. Él ya le había acompañado en ocasiones anteriores y tenía algo de iluminado cuando hablaba así, como poseído por una idea fija. ¿Pero acaso no se podía decir eso de todos los visionarios? Empezando por los que habían construido aquella ciudad submarina que era ahora su prisión permanente.

—Sé que algunos que no pretenden vuestro bien —prosiguió el pastor, alzando la voz desatado— os dicen «conservad vuestros cuerpos puros, no toméis plásmidos». ¿Pero así qué se consigue? Que los poderosos tengan aún más poder y las ovejas sean todavía más sumisas. —Su rebañó le jaleó con fervor—. No, yo os digo que para alcanzar el paraíso hemos de transformarnos, hemos de transformar nuestro cuerpo pecador y trascender la forma humana. ¡Sólo así podremos huir de este purgatorio hacia la luz!

La ovación sumergió sus siguientes palabras, así que optó por dejarlo ahí y permitió, con una sonrisa beatífica, que la gente pudiera comer tranquila. Fue entonces cuando se fijó en el chico y se dirigió hacia él.

—Hijo mío, ¿has conseguido lo que te envié a buscar?

Él asintió. Sacó de uno de los bolsillos acolchados de su traje un pequeño bulto envuelto en un pañuelo de tela empapada. El pseudosacerdote lo desenvolvió con la reverencia que se otorga a una reliquia, para revelar un vial de jugo de babosa procesado. Rojo brillante, libre de impurezas, listo para adulterar y dejar pingües beneficios. Con sólo pensar de dónde sacaban esa cosa se le encogía el corazón… Pero en el pastor sólo provocó un temblor de manos nacido de la ansiedad.

—¿El resto? —preguntó.

—Donde siempre.

—Bien, bien. Enviaré a alguien a por ello. Nuestra congregación pervivirá un tiempo más gracias a esto.

Y sus bolsillos engordarían también un poco. Pero eso no lo dijo. Confiaban en él para introducir los cargamentos de contrabando, que un suministrador para él desconocido sacaba al exterior de tapadillo, en contenedores impermeables, saltándose así los controles internos. Aprovechar su trabajo de buzo para meterlos luego era una aguda artimaña, seguramente inspirada por la divinidad.

—Padre, también he encontrado esto.

Lo que mostraba en la palma de su mano era una pequeña piedra desgastada de forma pentacular, como una estrella de mar fosilizada pero muy regular y con un extraño esquema trazado sobre su superficie, difícil de reseguir. Estaba tan erosionada por el océano y el tiempo que resultaba complicado determinar si era de origen natural o no.

—¿De dónde ha salido?

—También de fuera —indicó con un gesto difuso; al fin y al cabo fuera estaba por todos lados—. Tuve que apartarme de las cuerdas guía para evitar el submarino de vigilancia y casi me extravié por completo en la nube luminiscente. Pensaba que no sabría volver. Y justo entonces me topé con unas cuantas como estas en el lecho marino. ¿Sabe lo que es?

El hombre negó con la cabeza.

—He oído hablar de cosas parecidas, pero nunca había visto una.

—Otros compañeros han desaparecido por esa zona —continuó explicando el muchacho—, y a uno lo hallaron vagando sin rumbo con el oxígeno casi agotado. Había perdido el juicio y balbucía cosas sin sentido. ¿Puede haber algo de verdad en la leyenda de la otra ciudad?

El pastor se encogió de hombros.

—Tal vez, los caminos del señor son inescrutables. Pero ahora te mereces tu recompensa, he encontrado lo que buscas.

Eso le llenó de repentina inquietud.

—¿La ha localizado? —preguntó, temeroso de escuchar una negativa.

—Casi. Su nombre aparece en un programa secreto que fue oficialmente abortado unas semanas después de que la vieras. Algo relacionado la refrigeración, no lo he entendido bien. Pero voy a darte las señas del hombre que sabrá dirigirte hasta ella.

Lo primero que se oyó, de forma repentina, fueron unas voces allá por el patio de entrada, como de una trifulca, y casi de inmediato las detonaciones de los disparos. Ambos volvieron la mirada hacia allí. Los encapuchados armados con escopetas y subfusiles se precipitaron al interior del templo, disparando de forma indiscriminada. Algunos de los presentes conservaban aún cierta reserva de la sustancia genética que potenciaba los plásmidos, pero en su mayoría se trataba de gente pobre que consumía por adicción, sin poderse permitir un verdadero poder capaz de enfrentarse al plomo acelerado. Cayeron como moscas. Aunque evidentemente a los asaltantes no les importaba dejar cadáveres tras de sí, no era ese su objetivo principal: en cuanto localizaron al sacerdote centraron sus ráfagas en él, acribillándolo como un títere desmadejado que sólo espera que las cuerdas le liberen por fin. Cayó detrás del banco de madera, al lado de donde el joven se había parapetado.

—¡Padre, deme esa dirección, rápido!

Pero el agonizante sólo soltó un gorjeo estertóreo. El chico le zarandeó en vano intentando sacarle la información, pero en pocos segundos oyó los pasos de los sicarios que se aproximaban. Seguramente los enviaran los alguaciles, que recurrían con cada vez mayor frecuencia a paramilitares para sus asuntos turbios, o puede que pertenecieran a alguna de las «empresas» que vendían plásmidos, un ajuste de cuentas para quitarse de en medio la competencia.

El chico no pensaba quedarse a ver qué hacían con él. Se colocó rápidamente la escafandra, aunque fuera sin asegurarla, y se lanzó hacia el pasadizo de la parte posterior que llevaba directamente a los muelles, por donde el padre introducía sus cargamentos clandestinos. Ni un segundo tarde: de inmediato sintió los impactos de los proyectiles repelidos por el metal, empujándolo hacia donde quería ir, junto a los silbidos que resonaban a su alrededor de las balas que no acertaban su objetivo. Ni se detuvo a abrir la puerta disimulada: arrambló la madera, que voló en mil astillas, y se perdió en la oscuridad.

jueves, 29 de septiembre de 2022

Arrebato, capítulo II

Relato retrofuturista ambientado en una ciudad sumergida. Podéis acceder al resto de capítulos desde el índice.

¡Atención! Podéis escuchar el audiorrelato 🔊 en el canal Espejo de Átropos.

Tras el extraño experimento del primer episodio, la niña sueña con ver cumplido su sueño de reencontrarse con su hermano. Sin embargo, la ciudad no es generosa con sus habitantes más desafortunados…

2. Los que vivimos…

El celador tomó el manojo de llaves que colgaba de su obesa cintura y fue pasándolas paulatinamente hasta elegir una que a la niña le pareció idéntica a las demás. Pero debía de ser la buena, porque el hombre la introdujo en la cerradura oxidada y aplicó presión con su manaza hasta que cedió y comenzó a girar. Luego tiró de la pesada puerta, que con un chirrido comenzó a abrirse. La científica dio un empujoncito en los hombros a la pequeña para que pasara. Cuando esta lo hizo, notó sobre sí la mirada del bedel y oyó que le susurraba a la mujer: «¿ese es el monstruito?», y le pareció que ella asentía.

Al otro lado había un patio pequeño, recorrido de parterres geométricos de plantas mustias, cuyas ramitas se extendían por el suelo de cemento y que, bajo esa luz azulada que lo inundaba todo, parecían negras. Al fondo se alzaban los muros de la otra ala del orfanato.

—¡Hermanita!

Al oír la familiar voz, la niña corrió hasta la reja que dividía en dos mitades aquel jardincillo abandonado. Se abrazaron a través de los barrotes como buenamente pudieron, palpando sus cuerpos tan añorados.

—¡Eres tú! —sollozaba—. ¡Sí que eres tú!

—¿Quién iba a ser si no? —rió entusiasmado su hermano, al que ella no llegaba ni al pecho.

—No sé, pensé que me estaban engañando, que era otro de sus juegos…

—Yo tampoco podía creerme que fuera a verte de nuevo. —El chico se apartó un momento de la reja—. Deja que te vea… Te han cortado el pelo, pero sigues tan guapa como siempre.

La niña sonrió y le miró a su vez. Tenía el rostro manchado de hollín o aceite, no se veía bien, y en su mandíbula se insinuaba una rala barba. Llevaba la camisa arremangada y se fijó en los incipientes músculos de sus brazos.

—Has crecido mucho —le dijo—. Pareces más duro.

—A la fuerza, aquí quien no se espabila no sobrevive. —Torció el gesto al recordar—. Nadie cuida de los débiles, los machacan sin piedad.

—¡Suena horrible!

—Ay, hermanita, si tú supieras. Los chicos mayores te pegan para quitarte la comida, y los guardias también si no obedeces o no les pasas una mordida de lo poco que ganamos. Todos quieren que trabajemos duro y traigamos dinero para el orfanato, es todo un negocio.

Ella soltó unas lágrimas.

—Pobre hermano.

—No llores, esto puedo soportarlo. Pensar en el día en que todo termine me da fuerzas. Pero como alguien se atreva a ponerte un dedo encima…

Ella sacudió la cabeza.

—En nuestro lado no pasa eso. Pero nos hacen cosas feas, prueban medicinas con nosotras y nos quieren volver locas, que creamos que todo es maravilloso para que así no nos escapemos.

Enjugándose las lágrimas, la pequeña contempló el techo acristalado del patio, de donde provenía la cenicienta iluminación azulada. No muy lejos se divisaban los letreros de neón de los edificios importantes de la ciudad, deformados y ondulantes por efecto del brazo de océano que los separaba, lo mismo que las estilizadas estatuas que adornaban sus fachadas. En ese momento un cardumen de arenques cruzaba por encima de ellos, acelerando y reagrupándose como si fuera un organismo colectivo que respirase.

—Qué bonita es, ¿verdad? Allí seríamos libres…

El muchacho miró hacia donde ella señalaba, más allá de donde habría estado el horizonte si allí existiera eso.

—No veo nada —admitió—, sólo esa claridad difusa en el mar.

—Pero detrás está la otra ciudad, mira las espiras alrededor del gran templo, y el millar de columnas donde nadan sus hijos…

—¿Te encuentras bien?

Lo cierto era que no mucho. Se sentía mareada. Su visión se volvía borrosa, y no sólo por efecto del agua.

—Puede que… Piensan que estoy loca, ¡pero te prometo que la veo!

—Yo te creo, hermanita. Si tú lo dices, sé que está ahí.

Quería abrazarlo fuerte, sentirse segura de nuevo a su lado, pero resultaba imposible. Era insoportable estar allí, tan cerca pero no juntos.

—¡Qué va a ser de nosotros! —se desesperó—. Estamos perdidos.

—No, eso no, hermanita. ¿Te acuerdas de mamá? Le prometimos que si algo le pasaba, cuidaríamos siempre el uno del otro.

—¡Pero estamos separados —protestó ella, pateando frustrada su lado de la reja que los distanciaba—, no podemos cuidarnos!

—Llegará un día en que sí —le aseguró él—. Cuando salga de aquí, por mucho tiempo que pase, iré a buscarte y viviremos juntos. Y me da igual lo que espere de nosotros esta condenada ciudad.

Fue entonces cuando el celador del ala femenina vino a por ella, con las llaves sacudiéndose y tintineando en su cinto.

—Vamos, bicho raro —le advirtió—, ya habéis estado demasiado tiempo. Van a descubrirnos y eso no hay dinero que lo compense.

—¡No —chilló asustada—, no me separaré más de él!

Trató de colarse entre las rejas para estar junto a su hermano, pero pese a su reducido tamaño era demasiado grande para atravesarlas. Al otro lado, el chico se revolvió y forcejeó con su guardia, que al final tuvo que sacar la porra de su cinturón y golpearle una y otra vez hasta dejarlo sin sentido. Se lo llevó a rastras hacia el edificio mientras la niña aullaba impotente. La científica tuvo que abrirle a la fuerza los deditos, apretados a los barrotes con tal firmeza que se ponían blancos.

—¡No me llevéis, no me llevéis!


—No me llevéis… —murmuró, y su propia voz la despertó. Sorprendida, se descubrió agarrando las barras del cabecero de su camastro, en la sala donde dormía con sus compañeras. Se obligó a soltar el oxidado metal y recordó la pesadilla, una evocación tan vívida de lo que había sucedido días atrás que aún sentía en su nariz el olor a hojas muertas. ¿Qué habría sido de su hermano? No lo había vuelto a ver desde entonces, ni nadie se había dignado a explicarle nada.

Oyó pasos y al girarse sobre el colchón vio que, desde la sala anexa, una cuidadora avanzaba por el pasillo que formaba el resto de camas. Una mujer ya mayor, o por lo menos eso parecía por sus arrugas, con ese uniforme similar al de las enfermeras, aunque ella sabía bien que no lo eran.

—Ah, estás despierta —dijo con voz ronca—. Mejor así, porque quieren que te presentes en un despacho. ¡Ahora mismo, vamos!

La pequeña se dejó caer con las piernas por delante, y sus pies descalzos recorrieron el frío suelo de madera, pasando por delante de las demás niñas. Algunas se incorporaron para mirarla, pero no abrieron la boca, demasiado inmersas en el mundo de fantasía que les habían metido en la cabeza como para plantearse reaccionar a cualquier cosa que no supusiera una amenaza inmediata.

La escalera carecía de contrahuella y los peldaños colgaban sobre el vacío, algo que siempre le había dado mucho miedo. Quizá era deliberado, para que no se atrevieran a subir solas. Pero esta vez la cuidadora la obligó a seguir adelante y la condujo a uno de los cuartos del piso de arriba, donde los pasillos del orfelinato femenino daban disimuladamente paso a instalaciones más modernas.

Allí la esperaba la científica. Ya no le caía bien, y al parecer el sentimiento era mutuo.

—¿Y mi hermano? —le preguntó de sopetón en cuanto la introdujeron en el despacho.

—Tu hermano me importa poco, ¿sabes lo que me costó sobornar a esos celadores? Encima al repartírselo les pareció poco y me exigieron… otras cosas. ¿Y todo para qué? Tengo aquí los resultados de tus últimos tests de aptitud. —Palmeó unas gruesas carpetas amarillentas—. Has malogrado miserablemente todo el proceso de condicionamiento, cuando ya lo tenías casi hecho. Te niegas a aceptar la protección de un «gran papá».

—¡Yo no tengo papá! Y sé que mi hermano volverá para protegerme, no necesito a nadie más.

—Oh, sabía yo que era mala idea permitir que lo vieras —se lamentó la mujer—. ¿Por qué demonios me dejé convencer? Escúchame, recapacita. Esta es tu gran oportunidad, no hay futuro en esta ciudad para una niña como tú si no te dejas malear.

—No quiero quedarme en esta ciudad, pienso huir a la otra.

La científica se la quedó mirando.

—¿Qué dices? Eso no tiene sentido, no se puede regresar a la superficie. Nadie puede.

—¡Pero hay otra ciudad aquí abajo, yo la vi! ¡Esta justo ahí fuera!

—No hay más ciudad que esta, so boba. Lo que señalabas en el patio es la masa bioluminiscente de la fosa marina. Su resplandor se parece a las auroras boreales de allá arriba, aunque por supuesto tú no puedes saber lo que es eso. De ese lugar precisamente provienen las babosas que generan los plásmidos.

La niña abrió los ojos asombrada.

—¡Claro, por eso yo puedo verla y los demás no!

Eso terminó de enfurecer a la mujer.

—No —exclamó—, no puedes verla porque ahí no hay nada. Lo que te pasa es que te estás volviendo loca. No has asimilado bien la simbiosis, te resistes a ella y te afecta al cerebro. Y eso que eres el sujeto más prometedor de cuantos hemos manejado, los conteos de plásmidos producidos por tu cuerpo son simplemente asombrosos, la doctora T. está de acuerdo conmigo en eso. ¡Y qué pureza! Si simplemente fueras más dócil, serías la mayor proveedora de toda la ciudad.

—Yo no quiero eso para nada, sólo quiero volver con mi hermano.

La científica se masajeó las sienes con las yemas de los dedos, harta de su terquedad. Al final cogió una golosina de un cuenco que tenía sobre la mesa y se la llevó a la boca.

—Acabaré engordando. Te ofrecería una —dijo al captar su mirada golosa—, pero puede interactuar con el metabolismo de la babosa que llevas dentro. Escúchame, he estado hablando con la doctora T. Se resiste… nos resistimos a perderte como sujeto experimental, dadas tus extraordinarias cualidades. Queremos darte otra oportunidad. Quién sabe, es posible que en el futuro mejoren las técnicas de condicionamiento y podamos completar tu proceso de aprendizaje.

—¿Me vais a tener encerrada?

—No, eso no serviría de nada. Seguirías creciendo y en unos pocos años dejarías de ser adecuada para mantener la simbiosis con la babosa. En otro departamento han estado haciendo unos experimentos muy prometedores con una cámara… Bueno, es demasiado complejo para explicarlo, pero digamos que te quedarás «dormidita» hasta que lo tengamos todo listo y consigamos que te portes bien.

—¡No! ¡Les contaré que te has saltado las normas y me pediste que no lo contara! —amenazó la pequeña.

Pero lejos de amedrentarse, la científica sonrió.

—Cielo, eso es lo mejor: no podrás.